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domingo, 13 de abril de 2008
Necrológica:

Diego Catalán, filólogo y hombre de bien

Dialectólogo hijo de científicos, continuó desarrollando la gran obra de su abuelo Ramón Menéndez Pidal

JOSÉ ANTONIO PASCUAL / JOSÉ M. SÁNCHEZ RON 13 ABR 2008

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Diego Catalán lo tenía todo para brillar: se había formado desde muy joven en la mejor escuela de filología -la que había fundado su abuelo- y continuó su aprendizaje dejando por un tiempo la comodidad que le daba su cátedra española, para contrastar sus saberes con los de los mejores lingüistas de Estados Unidos, en un momento en que, tras la Guerra Civil, nuestro país estaba muy encogido en lo científico. Percibió como nadie lo que habían entendido bien los institucionistas: que un investigador no podía fiarlo todo a la seguridad que da el corto horizonte del terruño. Este hombre libre, independiente, decidido a no dejarse llevar por la inercia y la desidia y obsesionado por la perfección en el trabajo, vivió alejado de los focos de lo mundano, a pesar de tener todos los medios para aparecer en el candelero de tantos barcos en que hubiera podido embarcarse a lo largo de su vida. En sus últimos años vivía en la provincia de Segovia, en medio del campo, el lugar que más quería y que aprendió a amar de niño, en la casa de San Rafael de su abuelo donde, por cierto, le sorprendió la Guerra Civil, que pasó con sus padres, sufriendo no pequeñas penalidades y riesgos en la ciudad de Segovia. En aquellos tiempos ser un familiar de Menéndez Pidal no era un buen salvoconducto. Se movió, en cambio, con seguridad y placer por el ancho mundo de la investigación filológica en la que ha sido un referente para los hispanistas.

Realizó profundos trabajos referentes a la Historia de la Lengua

Aparte de su propia obra, o mejor, enquistada en ella, es preciso hacer hincapié en que continuó desarrollando la obra de Menéndez Pidal por medio de largos y profundos trabajos referentes a la Historia de la lengua, a ese patrimonio de la humanidad que es nuestro romancero, a nuestras crónicas y textos medievales. Se movió por estos campos de la filología hispánica con el refinamiento metodológico de quien supo desde el principio que el cultivo de la filología no podía dar la espalda a la lingüística teórica. Ello le llevó a mostrar, a través de sus trabajos sobre el asturiano, hasta dónde se puede llegar en la investigación dialectal si se aúna el esfuerzo con el refinamiento metodológico. Eso mismo ocurre con sus aportaciones a la fonética histórica o con la aplicación que hizo de los datos cartográficos a la interpretación del pasado de una lengua. Es gracias a él que la Historia de la lengua española en la que tantos años trabajó su abuelo no se ha perdido en algún cajón de la historia. En 2005, en efecto, culminó una labor de reconstrucción de décadas presentando dos cuidados tomos que ya forman parte de lo mejor de nuestra heredad cultural. No queremos olvidar tampoco los dos volúmenes de El archivo del romancero, patrimonio de la humanidad, indispensable para comprender la obra de Ramón Menéndez Pidal.

Basten estas leves y apresuradas pistas para mostrar la importancia de una obra cuyas dimensiones no pueden medirse por las habituales de los mejores currículos, sino por las de las biografías científicas, las de quienes, como Diego Catalán, tienen reservado un lugar en la historia de la ciencia. Los autores de estas líneas, que tuvieron el privilegio de conocerlo, pueden dar fe de la dignidad e independencia -que algunos confundieron, muy erróneamente con tosquedad o con un carácter difícil- con las que recorrió ese alambicado camino que es la vida.

José Antonio Pascual y José Manuel Sánchez Ron son académicos de la RAE.

 
 

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