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sábado, 9 de febrero de 2008
Reportaje:FIN DE SEMANA

La abadía de 'El nombre de la rosa'

Sacra di San Michele, el símbolo medieval que fascinó a Umberto Eco

La memoria es algo extraño. Yo no había estado nunca en la Sacra de San Michele y no podía conocer ni los edificios ni el paisaje. Sabía que fue el escenario sobre el que Umberto Eco hizo mover sus personajes mientras escribía la novela El nombre de la rosa. Incluso acababa de ver por casualidad la maqueta original sobre la que se rodó la película. Pero no podía imaginar que cuando estuviera delante de los muros de la abadía mi memoria iba a reconocer sus perfiles, como si los hubiera visto antes o se correspondieran con los soñados. Lo cual, por otro lado, no haría sino confirmar aquel antiguo aforismo según el cual no se conoce, sino que se reconoce; o lo que es lo mismo, sólo se encuentra lo que se desea hallar.

La Escalinata de los Muertos, el Portal del Zodiaco y la biblioteca. Tres detalles de un conjunto que desata la imaginación del visitante y ayuda a fijar el escenario de una gran novela.

La abadía benedictina de San Michele de la Chiusa, más conocida como Sacra de San Michele, es una extraordinaria construcción que envuelve la cumbre rocosa del monte Pirchiriano. Comenzada en los últimos años del siglo X, fue desarrollada entre los siglos XI y XIV y luego cayó en un cierto abandono. Hoy, tras una importante restauración, se ha convertido en el símbolo del Piamonte.

Situada en un lugar estratégico, el centro de la Via Francigena, que comunica Canterbury y el Mont Saint Michel con Roma, sus 1.000 metros de altura sobre la altiplanicie turinesa explican que fuera el lugar que eligieron los longobardos para enfrentarse al ejército de Carlomagno. La entrada es imponente; sobre la puerta hay 42 metros de edificio, y tras ella, una empinadísima escalera rodeada de tumbas a cuya derecha se alza un enorme pilar que sostiene el suelo de la iglesia, 20 metros por encima. Mientras ascendíamos la Escalinata de los Muertos, el guía señala enfáticamente: "En este lugar domina el silencio de los siglos".

La iglesia está precedida por el Portal del Zodiaco, una delicada obra del Maestro Nicholaus del siglo XII, y tiene frescos con escenas pintorescas, como la dormitio de María, o uno que hay bajo el viejo coro que cuenta la historia y la leyenda de la fundación del santuario: ángeles y palomas transportando vigas desde el monte Caprasio hasta la cumbre del monte Pirchiriano.

Historia de una doncella

En la salida, tres pequeñas joyas. Un templete llamado Sepulcro de los Monjes, que parece ser una reproducción del Santo Sepulcro de Jerusalén. La Torre de la Bonita Alda, cuya historia recuerda a una doncella que se arrojó desde la cima para evitar un asalto y salió ilesa, pero quiso repetir la hazaña por vanidad y dinero, y su cuerpo se estrelló contra las rocas. Y por último, el mejor escenario de la imaginación de Umberto Eco, la biblioteca. O sus restos. En 1301, el prior, Benedicto el Joven, la describía así a los representantes de las grandes abadías benedictinas reunidos en el concilio de Limoges: "Tengo dos cuartos llenos de libros y todavía no los he leído todos, si bien me dedico a ello cada día. No existe libro en el mundo del cual no tenga un ejemplar".

Abandonamos la abadía intentando comprender la fascinación que ejercen éste u otros monasterios medievales. No es tan fácil entender su significado; nuestro mundo se basa en principios opuestos. Ideas esenciales desde el Renacimiento, como el valor del dinero, el individualismo o la creencia en el valor de la técnica, son ajenas a la Edad Media.

Nosotros partimos del principio incuestionable del ser humano como protagonista de la historia, dueño de sus fuerzas y capaz de intervenir y transformar el mundo. Por el contrario, para los hombres del medievo, el mundo y ellos mismos son entes sin mayor importancia cuya sola trascendencia deriva del hecho de haber sido creados por Dios.

Con un mundo considerado constitutivamente insuficiente, la única posibilidad de perfección de quienes habitaban estos muros consistía en recluirse e interiorizarse para tratar de estrechar los lazos con la divinidad. Ahora bien, como lo divino era la única fuente de poder, y los sacerdotes, los depositarios exclusivos de las verdades de la revelación, debían comunicarlas al resto de los hombres. Éste es el origen del simbolismo y la ambigüedad de su arte, que estaba obligado a captar más allá de las cosas y ser capaz de transmitir su significado. De esta forma, mediante el arte, la revelación se materializaba en formas y figuras. Y gracias a su contenido simbólico, las pinturas y esculturas, los capiteles y las vidrieras, permitían que cualquiera pudiera acceder a los valores esenciales del cristianismo y pudiera distinguir entre la virtud y el pecado.

Un libro que mata

Quizá sea ésta una de las causas de la fascinación antes comentada, o quizá sea que a ambos, a nosotros y a los hombres medievales, nos ha tocado vivir en épocas oscuras, lejos de los momentos de esplendor de nuestra civilización.

De vuelta en Turín me senté en un café del siglo XVIII a beber un bicierin, la especialidad del lugar, compuesta de café, chocolate y nata. Después, con el vaso de agua en los labios, me asomé tras los ventanales hasta el centro de la Piazza Statuto y recordé que esa plaza temible (bajo su empedrado está una de las bocas del infierno) es uno de los lugares marcados de la esotérica ciudad de Turín, la que con Lyón y Praga conforman la llamada columna del dragón, es decir, el eje de las tres villas mágicas en las que confluyen las redes biomagnéticas del planeta.

Mientras recordaba que mi paseo me había conducido entre estatuas de ángeles caídos hasta la esquina de la Via Carlo Alberto y la Via Po -donde un Friedrich Nietzsche enloquecido se abrazó a un caballo para salvarlo de los latigazos de un cochero-, caí en la cuenta de que, en la novela de la Sacra de San Michele, Umberto Eco menciona un libro mítico, La comedia, de Aristóteles, un libro que mata a quien lo lee porque sus páginas están impregnadas de un veneno letal y tan resecas que el lector no tiene más remedio que humedecerse con la lengua la punta del dedo para poder ojearlas.

Se trata de una obra perdida, que sólo conocemos por referencias, pero Eco imagina que el libro plantea una tesis revolucionaria: convertir la risa en un don divino, un atributo que permitiría al hombre trascender su bestialidad y acercarse a Dios. Esta tesis contradecía la esencia de la doctrina de la Iglesia, según la cual la vida humana debe ser un calvario destinado a expiar nuestras culpas, y, en consecuencia, la melancolía, el estado natural de las criaturas nacidas con el estigma del pecado original, pues, como los Evangelios no dejan de recordar, aunque sea por omisión, Jesús de Nazareth nunca se rió.

Ante esta disyuntiva, el bibliotecario de El nombre de la rosa -que, por muy herética que fuera, era incapaz de destruir una obra de Aristóteles que sabía probablemente perdida- encuentra la solución perfecta: que el mismo libro castigue con la muerte a quien se atreva a leerlo. Y fue allí, con todas estas imágenes confluyendo en mi cabeza, cuando recordé lo primero que había pensado en la Sacra. Sin duda, la memoria es algo extraño.

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PEDRO JESÚS FERNÁNDEZ es autor de las novelas Peón de rey y Tela de juicio (Alfaguara)

GUÍA PRÁCTICA

Dormir

- B&B Il Giardino delle Farfalle (0039 011 932 76 85). Viale Belvedere, 22. Vilaggio Primavera. A los pies

de la Sacra, inmersa en el bosque. La habitación doble, 45 euros.

- Hotel Susa e Stazione Ristorante (0039 01 22 62 22 26; www.susa.it). Corso Stati Uniti, 4. En la Via Francigena, antigua locanda (pensión) puesta al día con un restaurante interesante. La doble, 80 euros.

Comer

- Eataly (0039 011 19 50 68 01; www.eataly.it). Nizza, 230. Turín. Bajo la supervisión de Slow Food, 11.000 metros de superficie para comer, comprar o aprender a cocinar con las mejores especialidades agrícolas italianas. Desde unos 10 euros.

- Al Bicerin (0039 011 436 93 25; www.bicierin.it). Piazza della Consolata, 5. Turín. Un café histórico que también tiene una tienda gastronómica de alta calidad.

Información

- Sacra di San Michele (0039 011 93 91 30; www.sacradisanmichele.com).

- www.turismotorino.org.

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