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martes, 20 de marzo de 2007
Tribuna:

Aniversario

Los aniversarios se celebran o se quieren olvidar. Es curiosa la costumbre de celebrar el cumplimiento de las efemérides. Para mí, carecen de sentido, como no sea para hacer una reflexión sobre el objeto que con ellas se pretende recordar.

El día de hoy, 20 de marzo, se cumplen cuatro años del inicio formal de la guerra de Irak. A instancias de Estados Unidos y Gran Bretaña y apoyado por España, entre otros países, dio comienzo uno de los episodios más sórdidos e injustificables de la historia de la humanidad recientes. Quebrantando todas las leyes internacionales, y, so pretexto de potenciar la lucha contra el terrorismo, se ha desarrollado, desde 2003, un ataque demoledor contra el Estado de derecho y la propia esencia de la Comunidad Internacional. En el camino, hechas jirones, quedaron instituciones como Naciones Unidas, que apenas se han recuperado todavía.

Si enfocáramos la celebración de los aniversarios en el sentido apuntado, ahora mucho más que entonces -en vez de conmemorar el de la guerra de Irak- tendríamos que aterrarnos, gritar y manifestarnos, más que en aquel momento, contra la masacre actual, consecuencia de esta guerra. Porque entonces no sabíamos, aunque intuíamos lo que había detrás. Los ciudadanos no conocíamos, sólo nos imaginábamos que todo era una burda mentira. Ahora, sin embargo, sí sabemos, "incluido" el señor presidente del Gobierno español de la época, que, según ha reconocido recientemente, no existía causa para la guerra, aunque con gran frivolidad añadió la excusa de su falta de listeza para saberlo.

Como ciudadano, se me representa fundamental que el señor presidente haya, por fin, asumido su equivocación y que no sabía lo suficiente, porque si esto era así habría que preguntarle por qué no actuó como aconsejaba la prudencia, dando más margen a los inspectores de Naciones Unidas en vez de hacer lo contrario, con una fidelidad y sumisión totales al presidente Bush, aceptando la tesis más inverosímil, como a la postre se ha demostrado, y defendiendo lo que de antemano tenía decidido la Administración norteamericana. Asimismo, debería explicar por qué se prestó, junto con unos cuantos líderes más, para dar cobertura y coartada a esta acción ilegal. Probablemente, sin esta cooperación o apoyo, o incluso con la acción en contra, la decisión podría haberse cambiado o retrasado. Nunca lo sabremos. Por ello, la acción de los que acompañaron en la guerra contra Irak al presidente de los Estados Unidos tienen tanta o más responsabilidad que éste, porque a pesar de las dudas y a pesar de tener información sesgada, se pusieron en las manos del agresor para consumar una innoble acción de muerte y destrucción que aún continúa.

Creo que ha llegado el momento de hacer una reflexión seria y detenida sobre lo sucedido y lo que está ocurriendo en Irak, en una doble dirección. Por una parte, debería profundizarse sobre la eventual responsabilidad penal de quienes son o fueron responsables de esta guerra y si existen indicios bastantes para exigirles dicha responsabilidad. Para muchos se tratará de una mera responsabilidad política, pero comienzan a aflorar acciones judiciales en EE UU, como se ha demostrado con la condena de uno de los colaboradores del vicepresidente Cheney, que apuntan en la otra dirección. Seiscientos cincuenta mil muertos son un argumento suficiente para que esa investigación o indagación se aborde sin más dilación.

Por otra parte, y sin incidir en las culpas pero sin olvidar quienes fueron los responsables del inicio de esta ceremonia de horror y terror, debemos centrar nuestro análisis en un hecho incontestable, reconocido hoy día a todos los niveles: la acción bélica norteamericana, y la de los que la siguieron, ha determinado o cuando menos ha contribuido a la creación, desarrollo y consolidación del mayor de los campos de entrenamiento de terroristas en el mundo, con espacio, tiempo y medios más que suficientes para preparar a los más avezados terroristas. Ahora, los terroristas de Al Qaeda tienen un escenario idóneo para prepararse hasta que llegue el momento en el que estratégicamente les interese ampliar el radio de operaciones hacia su enemigo ancestral en Occidente. De una u otra forma, con una inconsciencia terrible, hemos estado y estamos contribuyendo a que el monstruo crezca cada vez más y se haga a cada instante más fuerte y, probablemente, invencible.

La organización terrorista Al Qaeda, o las redes que como hidras han ido naciendo, creciendo y fortaleciéndose, a la vez que entretejiéndose en diferentes partes de mundo, nos acecha y espera a la vuelta de la esquina. Mientras tanto, ante nosotros nuestros líderes andan enzarzados en otras batallas o contiendas que, presumen, les pueden dar mejores réditos electorales.

Europa, y España en particular, se encuentran en la encrucijada de poner en práctica lo que han aprendido tan dolorosamente en estos últimos años, y no estoy seguro de que se esté haciendo todo lo necesario. Por de pronto, el consenso en materia de terrorismo es básico, algo que parece hoy inalcanzable, pero aún lo es más el convencimiento de que se pueden afrontar los retos pendientes como, de una vez por todas, disponer la dotación de medios modernos humanos y materiales, la preparación y especialización de los cuerpos de inteligencia y de seguridad, la coordinación de los mismos -generando un espacio común en el que la solidaridad y confianza reine-, el fortalecimiento de la coordinación judicial, y tantos otros que se podrían enumerar, para adelantarnos a las intenciones de aquellas redes que antes o después -quizás nunca dejaron de hacerlo- vuelvan a poner sus ojos sobre nosotros. Unos ojos que miran más próximos desde sus nuevas bases del Magreb y del Sahel, con objetivos cada vez más concretos y más cargados de odio y de rencor porque se consideran injustamente masacrados en Irak.

En este tiempo, no lejano, España y Europa estarán al alcance de cualquier bomba o acción terrorista, y entonces será demasiado tarde. Es ahora, pues, cuando se tienen que hacer las cosas y no luego, cuando ya no tengan remedio, otra vez.

La indiferencia puede convertirse, de nuevo, en la invitada inoportuna y adueñarse de las mentes para adormecer nuestras conciencias con cortinas de humo que nos alejan de los problemas y riesgos reales del terrorismo, de cualquier terrorismo.

Sólo la ley y el Estado de derecho nos hará combatir al monstruo antes de que nos devore y nos permitirá realizarlo sin ninguna concesión a los "espacios sin derecho" que nada bueno han aportado a la seguridad del mundo actual. Lo cierto es que se puede conseguir si nos esforzamos todos. Éstas serían unas buenas razones para celebrar el aniversario de la guerra de Irak.

Baltasar Garzón Real es magistrado de la Audiencia Nacional.

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