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Reportaje:

Una comunidad bajo sospecha

Los hebreos están presentes en Persia desde hace 2.500 años

La enemistad política y verbal de Israel e Irán hace difícil casar la condición de judío con la de habitante de la República Islámica. Sin embargo, los judíos iraníes son una de las diásporas más antiguas, tal como recoge la Biblia. Aunque el reconocimiento como minoría que les otorga Teherán no garantiza un trato como ciudadanos de pleno derecho, pocos piensan en emigrar. Orgullosos tanto de su cultura iraní como de sus raíces judías, han encontrado en la discreción la mejor fórmula para su supervivencia.

Trazan sus orígenes hasta los tiempos de Ciro el Grande, en el siglo VI antes de Cristo. Aquel rey aqueménida les liberó de la esclavitud cuando conquistó Babilonia y les permitió regresar a su tierra para levantar un segundo templo. Los actuales judíos de Irán son descendientes de quienes decidieron quedarse y de otros que se les unieron atraídos por su florecimiento bajo el imperio sasánida. Unos siglos más tarde, la invasión árabe-musulmana cambió su estatus sociopolítico. Desde entonces, su situación en lo que era conocido como Persia ha fluctuado.

Las persecuciones y la discriminación les hicieron emigrar a lo que más tarde sería Israel con los primeros movimientos sionistas en el siglo XIX. A partir de 1925, con la dinastía Pahlevi, la occidentalización y laicización de la vida social les permitió prosperar en el mundo de la economía y la cultura. Pero la instauración de la Revolución Islámica en 1979 supuso un nuevo retroceso a su estatus. Las cifras hablan por sí solas. De entre los 100.000 y 140.000 judíos que había en Irán en 1948, cuando se creó el Estado de Israel, 30 años después quedaban 80.000, y hoy son 25.000.

La República Islámica se jacta de que los judíos, como el resto de las minorías religiosas (a excepción de los bahais), tienen libertad de culto e incluso disponen de un escaño reservado en el Parlamento. En Teherán, donde se concentra el grueso de la comunidad, tienen tres sinagogas, tres escuelas, una organización para la enseñanza religiosa y un hospital, la mayoría de cuyos empleados y pacientes son musulmanes. Sin embargo, sus representantes, políticos o religiosos, se niegan a hablar sin autorización de las autoridades.

"Vivimos en una situación muy difícil", confiaba recientemente una judía iraní. No obstante, esta mujer, que trabaja como secretaria para una compañía extranjera, nunca se ha planteado la emigración a Israel. Como la mayoría de sus correligionarios, no habla bien el hebreo, algo que obliga a la sinagoga a la que asiste en el barrio de Yusef Abad a hacer los anuncios en persa. Sus quejas, al igual que las de otros miembros de la comunidad, se refieren a una suerte de discriminación sancionada oficialmente en la educación, el empleo o el acceso a las viviendas públicas.

Aunque no parece que exista ninguna ley que así lo determine, los judíos no pueden ser oficiales en el Ejército, miembros de los servicios secretos o alcanzar altos cargos en el Gobierno. Tampoco se les permite dirigir los tres colegios en los que los alumnos judíos son mayoritarios. Y a pesar de la libertad de culto que les reconoce la Constitución, algunas normas, como la obligación de que sus escuelas abran los sábados, dificultan la práctica de los más ortodoxos, que ese día tienen que observar el sabbath.

En principio, el discurso oficial distingue judíos de sionistas, pero muchas veces la línea aparece borrosa en los medios de comunicación oficiales, dando la sensación de que todos los judíos apoyan las medidas que adopta Israel y poniendo a los judíos iraníes bajo sospecha. Hace ocho años, 13 de ellos fueron detenidos en Isfahán y Shiraz acusados de espionaje. Los 10 finalmente condenados han ido quedando en libertad poco a poco.

De hecho, una de las limitaciones de su representante en el Parlamento es que por ley debe apoyar la política exterior y la postura antisionista del régimen. Sin embargo, Maurice Mohtamed, reelegido diputado en 2004, ha tenido un amplio margen para criticar al presidente, Mahmud Ahmadineyad, por su negación del Holocausto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 19 de febrero de 2007