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viernes, 16 de febrero de 2007
Reportaje:

Flatulencias contra Kioto

El imparable auge ganadero de Nueva Zelanda daña la atmósfera

Si hay un país respetuoso con la naturaleza, ése es Nueva Zelanda. Si hay un lugar donde el dinero no puede destruir una brizna de hierba, ése es Nueva Zelanda, el primer país que se declaró libre de centrales nucleares; un país que prohíbe mover las conchas de sus playas. Sin embargo, desde hace años, los neozelandeses viven en la contradicción de comprobar que la naturaleza también mata a la naturaleza; que las flatulencias de su extensa y sanísima cabaña de rumiantes emiten tanto metano que el protocolo de Kioto va a ser imposible de cumplir.

La Flatulence Tax fue una idea, entre otras, lanzada para rebajar las emisiones al medio ambiente

En un país de sólo cuatro millones de personas, es imposible contener los gases emitidos por 41 millones de ovejas y unos 10 millones de vacas. Cabras, ciervos y otros rumiantes unidos lanzan a la atmósfera el 40% de toda la contaminación del país, cuando en Europa o Estados Unidos las emisiones de la ganadería no superan el 2%.

Ante esa situación, en 2003 el Gobierno planteó la posibilidad de crear un impuesto sobre las cabezas de ganado, la Flatulence Tax. El dinero recaudado, unos cinco millones de euros, iría a investigar la reducción del impacto de las flatulencias en el cambio climático.

Parte de culpa de tanta vaca y tanta oveja, en definitiva tantos gases, la tiene Jeremy Absolom. Su

granja Rissington, en la isla del norte, se ha especializado en la reproducción artificial. Dirige un imperio silvestre de 1.500 hectáreas por donde pastan libremente 3.000 ovejas, 10.000 corderos, 400 vacas y 400 terneros. Con tal cantidad de cabezas de ganado, Absolom hubiera tenido que pagar anualmente unos 1.500 euros del impuesto de la flatulencia. Si se hubiera llegado a ejecutar.

Absolom recuerda perfectamente la iniciativa gubernamental. "Fue una idea, entre otras, lanzada para rebajar las emisiones que afectan al medio ambiente. La iniciativa despertó el interés de todo el mundo, porque parecía que era divertido".

Absolom dirige su reino con sólo tres personas y dos perros. Sus 14.000 animales viven al raso todo el año. En el caso de los corderos, un perro va a buscarlos el día del esquile; después, otro perro los disgrega por los montes a ladridos. Gracias a sus técnicas de reproducción, Absolom ha logrado que sus ovejas paran dos corderos a la vez. "La diferencia entre parir uno o dos es la de perder o ganar dinero con la ganadería".

El Protocolo de Kioto, firmado por Nueva Zelanda en 2002, le comprometía a cumplir unos niveles de emisión de gases que, dado el nivel de reproducción de su cabaña, va a ser difícil que cumpla. Y más en sus condiciones de vida, paradisiacas, todo el año al aire libre, nunca estabulada ni obligada al menú diario del pienso compuesto.

Desechada la Flatulence Tax, se ha barajado la posibilidad de manipular genéticamente el sistema digestivo de los rumiantes; o cambiar sus hábitos alimenticios, ya que la vaca europea emite, al parecer, bastante menos metano por una dieta no tan nutritiva. Divertido o no, lo cierto es que una vaca neozelandesa produce 90 kilos de metano al año, equivalente energéticamente a 120 litros de gasolina.

"Yo entiendo que el Gobierno quisiera invertir dinero en investigar las emisiones de metano", razona Absolom, "sin embargo, incentivar la reducción de emisiones poniendo impuestos a las cosas sólo da resultados si hay un método, razonable y económico, para ejecutarlo".

Con impuesto o sin él, y dado la dependencia del petróleo y del gas, quizá el Protocolo de Kioto debería sopesar que las flatulencias anuales de 10 vacas neozelandesas pueden propulsar un automóvil durante 9.000 kilómetros.

Terneros de la granja neozelandesa Rissington. / ANTONIO ESPEJO

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