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lunes, 31 de octubre de 2005
Tribuna:

La nación, entre el diccionario y la enciclopedia

El primer choque de trenes parece que se sitúa entre los respectivos títulos preliminares de la Constitución y la propuesta de Estatuto de Cataluña. Dice la primera, en su artículo segundo: "La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas". Dice la segunda, en su artículo primero (con clásico laconismo catalán): "Cataluña es una nación". El conflicto está servido, y ya hierven los mejores cerebros del país analizando las derivadas políticas, sociales y económicas del duelo de asertos entre cartas magnas. A título todavía más preliminar que los anteriores, tal vez no está de más interrogar a la propia lengua en busca de un poco de luz.

Del diccionario hace ya años que Umberto Eco invitó a desconfiar, pero por algún lado habrá que empezar. El de la RAE da tres acepciones: "1. Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno. 2. Territorio de ese país. 3. Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común". Mal lo tenemos por ahí. En el caso que nos ocupa existen dos gobiernos legítimamente constituidos y reconocidos, de modo que apelar a la relación unívoca con una administración es un anacronismo que no cabe en la España de hoy. Dejando de lado la poco útil referencia territorial -tan territorio es Cataluña como el conjunto de España-, meterse en los orígenes, las tradiciones y las lenguas es salirse del campo del diccionario, para ingresar de lleno en el de la enciclopedia. Ésta en efecto ofrece de la misma palabra distintos significados, según los contextos en los que aparezca. Y en el caso de "nación" deberíamos por lo menos convocar a la historiografía, la antropología, la filología comparada, la sociología y la psicología social. Dicho de otro modo, nos iríamos por las ramas del árbol semántico, y acaso acabaríamos por perder la noción del tronco.

Volvamos un momento a los fundamentos de derecho que la Constitución se otorga. Afirma basarse en "la indisoluble unidad de la Nación española", pero a la vez reconoce "la autonomía de las nacionalidades y regiones". De nuevo el diccionario nos deja en la estacada: por "nacionalidad" no registra más que "condición y carácter peculiar de los pueblos y habitantes de una nación". Es decir, estamos ante un atributo que nuestro texto normativo convierte en substantivo, contra toda norma sintáctica y semántica. ¿Cómo es eso posible? El diccionario no puede explicarlo y no lo registra: está fuera de sus normas, al menos hasta tanto no decida incorporarlo como neologismo. En cambio, la enciclopedia política registra que en 1977 en este país se estaba elaborando con penas y fatigas una carta a satisfacción de sectores duramente enfrentados. Y que buena parte de los militares, que en 1981 llegarían a dar un golpe de Estado, no tragaban con la pretensión nacionalista de que España fuera definida como un conjunto de naciones y regiones autónomas. De modo que Adolfo Suárez, a la sazón presidente del Gobierno, llamó a Miquel Roca, ponente nacionalista de la Constitución, y acordaron salvar el temible escollo -detrás había espadones en alto, poca broma- dejando la cosa en "nacionalidades". También así se construye la lengua, aunque el diccionario no lo admita.

Han pasado casi 30 años y el contexto ha cambiado radicalmente. Los militares se dedican mayormente a tareas solidarias en el marco europeo y no existe más presión que la política en una democracia normalmente construida. Pero parece que todavía asusta que Cataluña se nombre a sí misma como nación y que también lo haga España, que en este caso pasaría a denominarse una "nación de naciones" (y regiones). Desde luego, el diccionario se limitará a subrayar la tautología y ahí te las compongas. Estos días ha surgido ya, como ejemplo para ridiculizar la fórmula, la expresión "bicicleta de bicicletas". ¿Alguien en su sano juicio se atrevería a utilizarla? Bueno, el diccionario no, ya se ha dicho, pero la enciclopedia lo hace con absoluta tranquilidad. Si para el primero una bicicleta es un artefacto definido por dos ruedas, un manillar y unos pedales, para la segunda es la evolución de un cierto invento del señor De Sivrac, que hacia 1790 creó el célérifère, un cacharro de dos ruedas pero todavía sin pedales, los cuales serían añadidos por el señor Pierre Lallement y así, tras sucesivas mejoras de los rodamientos y las transmisiones, hasta 1879 cuando el señor Lawson dio con una bicicleta muy aproximada a la que hoy conocemos, por supuesto sin amortiguadores ni frenos de disco como nuestras mountain-bike. A la vista de todo ello, ¿tan descabellado es considerar que la actual es una bicicleta de bicicletas? Por no hablar de la Biblia, el libro de libros, o de El Quijote, novela de novelas. En realidad, el más humilde de los libros es un libro de libros: no es concebible un libro que de un modo u otro no se refiera a otros libros (ver La biblioteca de Babel, el supremo cuento de Borges). Dicho de otro modo, la enciclopedia procede por metonimias, esto es por proximidades de significado: la pluma y la obra de Cervantes forman parte del mismo frondoso árbol semántico. En cambio, el diccionario es referencialista: no puede entender el nombre sin "la cosa" concreta. Es muy difícil moverse entre tanta restricción.

Cuando, hace algo más de 200 años, surgió en oposición al absolutismo monárquico el concepto de nación se definió como conjunto de ciudadanos con un gobierno, una historia y unas tradiciones comunes. Estaba claro que fuera de su círculo de inclusión quedaba espacio para otras naciones, como también que un material fluido como la cultura, que es el sustrato de la noción, puede experimentar cambios sin que haya que rasgarse las vestiduras. Por lo demás, ese gran revuelo sobre si Cataluña es o no una nación desde dentro de la nación catalana suena a chino. Nos desayunamos por la mañana con noticias que nos ofrece la Radio Nacional de Cataluña, luego acaso asistamos a un concierto de la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña o nos acerquemos al Museo Nacional de Arte de Cataluña. Tenemos incluso un Museo Nacional de Historia de Cataluña y también un Teatro Nacional de Cataluña. Y, casi se queda en el tintero, el máximo órgano de decisión entre congresos del mismo PSC adivinen cómo se llama: Consejo Nacional, nacional catalán, faltaría más. Así que desde las profundidades catalanas nos ocurren principalmente dos cosas. Primero, que desde hace muchísimos años convivimos con instituciones oficiales llamadas "nacionales" sin que esto haya producido especiales temblores de tierra registrados por la escala de Richter. Y segundo, que a fuerza de oír que Cataluña es una nación nos ocurre como con la rosa de Gertrude Stein ("una rosa es una rosa es una rosa es una rosa"): a fuerza de acumular sentidos acaba perdiéndolos todos, como cuando el niño repite muchas veces una palabra nueva hasta dejarla en mera sonoridad, no vinculada a ningún significado concreto.

En fin, quizá haya una manera de salir de este atolladero. Si uno se fija bien, el texto constitucional habla de "la Nación española", con la ene mayúscula. En cambio, la propuesta de Estatuto remitido a las Cortes asegura que "Cataluña es una nación", con la ene minúscula. La ortografía también crea sentido. Así pues, ¿qué tal "España es una Nación (mayúscula) de naciones (minúscula)" y a otra cosa mariposa? Aunque el diccionario seguiría enfadado, los demás, enciclopedistas convictos, nos quedaríamos muy tranquilos.

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