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Reportaje:DIEZ AÑOS DE LA MATANZA

Un infierno llamado Srebrenica

El tribunal de La Haya y los relatos de los supervivientes reconstruyen lo ocurrido en julio de 1995

Srebrenica
Mañana se cumplen 10 años de la caída de Srebrenica, que precedió a la matanza más grave cometida en suelo europeo desde el final de la II Guerra Mundial. Más de 8.000 musulmanes, la inmensa mayoría hombres de entre 16 y 60 años, fueron asesinados en siete días, del 12 al 19 de julio de 1995, por las tropas serbobosnias del general Ratko Mladic. El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, creado poco después de esa matanza, investiga desde hace 10 años lo ocurrido. De las vistas orales y del testimonio de los supervivientes que han regresado a Srebrenica se conocen los detalles de aquel genocidio. Veinte son los acusados en La Haya, pero el principal responsable, Mladic, sigue en libertad.

En Srebrenica, el tiempo es vertical: las matanzas y los recuerdos se entremezclan en un presente continuo. Más de 8.000 varones musulmanes de edades comprendidas entre 16 y 60 años fueron asesinados del 12 al 19 de julio de 1995 por fuerzas dirigidas por el general serbobosnio Ratko Mladic. Diez años después, Srebrenica es una ciudad habitada por viudas que se preparan para conmemorar mañana el aniversario de la peor matanza en suelo europeo desde el final de la II Guerra Mundial.

Las fachadas de los edificios están mordidas por la metralla; los cristales fueron apedreados y las balaustradas robadas. En algunas viviendas se acomodaron serbios que escribieron junto a la puerta: vivienda ocupada. "No existen casas donde viva una familia musulmana entera; hay casas en las que no hay nadie vivo que pueda regresar", afirma Abdulá Burkovic, uno de los 4.000 que retornaron y a quien en 1995 le salvó ser cocinero de Médicos Sin Fronteras.

A cinco kilómetros al norte, en Potocari, se yergue el esqueleto de una vieja fábrica de baterías. En las caras del mojón de la entrada está escrito: Dutchbat y UN. Son restos de lo que también fue cuartel de las tropas holandesas encargadas de defender este enclave de Bosnia-Herzegovina de 536 kilómetros cuadrados, declarado seguro por el Consejo de Seguridad el 16 de abril de 1993, y que la propia ONU fue incapaz de defender.

Preguntas para Clinton

Frente a la fábrica donde un 11 de julio de 1995 se hacinaron 25.000 civiles aterrorizados se extiende el memorial a las víctimas: césped cuidado y monolitos prometiendo otra vez el nunca más. En él hay enterradas 1.327 personas. Mañana serán sepultados en una ceremonia a la que asistirá el presidente de Serbia, Borís Tadic, otros 500 identificados tras años de trabajo. En Tuzla y Visoko, 5.000 bolsas con restos humanos aguardan en las morgues el derecho a un apellido y a regresar junto a sus familias. Los demás permanecen ocultos en fosas aún no descubiertas.

Hatidza Mehmedovic tiene 53 años y es presidenta de Madres de Srebrenica, una ONG dedicada a buscar desaparecidos, aunque ella aún no ha localizado a su marido y a sus hijos, de 21 y 18 años. "Si supiera que los mataron enseguida, sin torturarlos, se me quitaría la mitad de la pena", dice en su casa de Potocari. Muestra un par de fotos y un cuaderno escolar: "Si no fuera por estos recuerdos, los únicos que conservo, pensaría que jamás tuve familia". En 2003, en la inauguración del memorial, no le permitieron hablar ante las autoridades, pero Hatidza pudo gritarle al ex presidente de Estados Unidos, Bill Clinton: "¿Por qué no hizo algo? ¿Por qué no hizo nada?".

Las lápidas verdes de Potocari son de madera; destacan en letras plateadas los nombres y las fechas de nacimiento: 1948, 1955, 1962... De algunas penden símbolos religiosos; en otras, reposan ramos sobre la tierra abombada. Esas 1.327 tumbas y las que puedan llegar tienen algo terrible en común, 1995, el año del fin del mundo para esta pequeña población encajonada entre montañas, hermosa y tranquila, y que los británicos calificaron de "polígono de tiro" por su indefendible posición estratégica.

En 10 años de investigaciones del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY) -con 20 acusados de genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad sólo en Srebrenica-, se ha logrado, tras cientos de audiencias, establecer los hechos.

El 2 de julio de 1995, Mladic decidió atacar el enclave. Ese día espetó a sus hombres: "Ha llegado la hora de acabar con los turcos". Mantuvo en silencio sus comunicaciones y cuando en la mañana del 6 lanzó un doble avance desde el sur sorprendió a los defensores de un enclave con 40.000 habitantes, todos ellos musulmanes. Los 400 cascos azules, diseminados y escasos de armas, moral y municiones, y sin un mandato claro para defender el territorio, optaron por el repliegue a la fábrica de baterías. El Ejército serbobosnio (BSA) tomó como rehenes a 55 holandeses para dificultar un ataque aéreo de la Unprofor (Fuerza de Protección de Naciones Unidas en Bosnia-Herzegovina) y el 11 de julio, sin oposición de la Armija (Ejército bosnio), la ciudad cayó.

"El 10 de julio [las autoridades bosnias] nos sacaron de nuestras casas. Dormí en el hospital y el día 11 por la mañana caminé a Potocari. Caían granadas y se escuchaban muchos disparos. La gente se volvió loca; tenía miedo: todos corríamos y gritábamos. Me dio tiempo a recoger una muda de ropa", asegura Razija Smajlovic, de 68 años, quien regresó a Srebrenica hace dos años con una pensión equivalente a 40 euros. El día de la caída del enclave, mientras los jefes de la Unprofor en Zagreb vacacionaban o asistían a un concierto en Dubrovnik, los habitantes de Srebrenica se organizaron en dos grupos. Unos 25.000, la mayoría mujeres, niños y ancianos, se refugiaron en la fábrica-cuartel del batallón holandés y otros 15.000, entre ellos los 5.000 defensores del enclave, se agruparon en un bosque próximo. Su única opción era escapar campo atraviesa hacia Tuzla, en territorio controlado por el Gobierno de Sarajevo. "Mis hijos y mi marido decidieron irse con ellos; a mí me mandaron a Potocari porque soy muy lenta caminando", dice Hatidza. "Fue mi hijo pequeño el que más insistió. Cuando nos separamos se tapó los ojos para no verme. Cada vez que me giraba le veía plantado con las manos en la cara. Aún siento sus brazos en mi cintura. Fue un error dejarles".

El día 12, un Mladic eufórico apareció en Potocari acompañado de cámaras de la televisión serbobosnia, repartió chocolatinas entre los niños y prometió a los civiles que serían evacuados en autobuses a una zona segura para ellos. Después, con los focos apagados, ordenó la separación de los varones en edad de combatir para "localizar a los criminales de guerra".

Cuando Ramiza Jabuboric, de 55 años, lo vio supo que algo grave iba a suceder. "Mi hija

[Amidza] era traductora de los holandeses y había escuchado en alguna reunión que ningún varón iba a salir con vida". Los cascos azules se dejaron desarmar y franquearon la entrada de la fábrica a las tropas de Mladic para localizar a los presuntos combatientes. De ahí salieron presos 1.700 hombres en dirección a Bratunac, Petkovci, Kozluk, Kravica y Orohovac. A algunos les pasaron los blindados por encima; a los otros, los dispararon. Los holandeses elaboraron una lista de 242 varones a los que pretendían salvar. Ninguno ha aparecido con vida.

La noche del 12 de julio, Mladic -a quien el general británico Rupert Smith, segundo jefe de la Unprofor en 1995, describió como un Pit bull: "Si muestras miedo, te salta a la yugular"- citó en el hotel Fontana de Bratunac, un edificio desvencijado de dos plantas y con una discoteca llamada Imperio, al coronel Thomas Karremans, jefe del batallón holandés. El general serbio alternó promesas con amenazas. Karremans, asustado, exhausto y desde esa mañana sin comunicaciones exteriores, aceptó fotografiarse junto a Mladic brindando con rakija (aguardiente). Fue la imagen de la claudicación.

Durante las negociaciones del hotel Fontana, los soldados serbios degollaron en la calle a un cerdo y al salir, Mladic espetó al holandés delante del charco de sangre: "Esto es lo que le espera a sus hombres si no obedece". El teatro del terror funcionó: Karremans se negó incluso a ampliar los salvoconductos a los familiares de los musulmanes que trabajaban para el batallón. Fueron los casos del hermano y el padre del traductor Hasan Nuhanovic, ambos asesinados después.

El investigador holandés Cees Wiebes, quien participó en el informe encargado por el Parlamento holandés para dilucidar la responsabilidad de sus tropas, sostiene que la masacre no estaba planificada, que algo sucedió el día 12 para que Mladic y sus mandos, militares profesionales procedentes del Ejército yugoslavo, perdieran el control.

Abdurahman Malkic, ex concejal de Srebrenica, no está de acuerdo: "Fue un crimen sistemático. Movilizaron 60 autobuses y camiones, tenían excavadoras y destruyeron la documentación. Había una orden para exterminar y ocultar lo sucedido. Desplazar las fosas comunes de un lado a otro tras la matanza demuestra la existencia de un plan para eliminar las pruebas".

Ese constante cambio de los lugares de enterramiento, de una fosa primaria a otra secundaria e incluso a una terciaria, realizado de noche, complica ahora la labor de los forenses y el establecimiento de la verdad, pues muchos restos están mezclados. Se han descubierto 31 fosas; sólo dos son primarias. Cuando ese 12 de julio, el BSA tuvo conocimiento de la huida de 15.000 personas, un tercio de ellos militares de la Armija, el general Ratislav Krstic, mano derecha de Mladic, cometió un error: ordenó por la radio a sus soldados: "Matadlos; no necesitamos a nadie con vida". Esa emisión, captada por la OTAN, ha sido una prueba clave en el juicio que se sigue en el TPIY en La Haya. Krstic fue condenado a 37 años de cárcel.

Hakija Memoljic, de 57 años, ex jefe de la policía de Srebrenica, era unos de los comandantes de la Armija que dirigieron la escapada hacia Tuzla. "Los chetniks

estaban el día 10 en las laderas. Nos fuimos al monte para contraatacarles pero Karremans nos informó de que se iba a producir un bombardeo aéreo en el sur. Nos mintió. A mediodía del día 12 decidimos marcharnos".

Algunas de las 5.000 bolsas que aguardan una identificación en las morgues de Tuzla y Visoko pertenecen a los muertos de esa columna. Pueden contener restos de dos o más personas o una sola estar diseminada en varias. La ONG Madres de Srebrenica ha elaborado un registro de 8.106 desaparecidos. "No es la cifra final", afirma Mehmedovic, "conozco familias cuyos muertos no están en esa lista".

De los más de 30.000 habitantes de Srebrenica que en 1995 salvaron la vida, han retornado 4.000. De los más de 8.000 muertos y desaparecidos se sabe que 1.042 eran menores de 18 años. Los pocos hombres que deambulan por la ciudad son supervivientes de la columna de Tuzla; los 1.700 varones de Potocari fueron asesinados.

Memoljic volvió a Srebrenica en 2002 junto a su familia (su mujer e hijos se refugiaron en Galicia, un paisaje muy similar al del enclave). El ex jefe de policía es extremadamente duro con el fallecido presidente musulmán de Bosnia, Alija Izetbegovic: "Tras el viaje de una delegación a Sarajevo, nos preguntó: '¿Cómo están mis queridos de Srebrenica?'. Después habló de un proyecto para abandonar la ciudad y dejar que mataran a 5.000 para provocar la intervención de la OTAN. No lo aceptamos. (...) Fuimos entregados para usar las víctimas en el mejor momento. La comunidad internacional necesitaba un genocidio para acabar la guerra. Srebrenica fue la elegida".

El ataque de las tropas de Mladic sobre la columna fue devastador. Les tendieron emboscadas en un camino minado. Se movían en fila a lo largo de 10 kilómetros rotos en tres secciones: delante, la Armija; detrás, los civiles. "Cuando te disparan, bombardean y atacan con carros de combate, las personas sienten miedo y se rinden. Muchos se entregaron porque los serbios llevaban uniformes de la ONU y les gritaban: 'Ahora estáis seguros'. Los ingenuos les creyeron", afirma Memoljic.

De los 15.000 que salieron a mediodía del 12 de julio llegaron a Tuzla 3.000 cuatro días después. Durante un mes fueron apareciendo pequeños grupos de rezagados. En total, 7.000 supervivientes. Muja fue uno de los últimos en alcanzar el objetivo. "Han pasado 10 años y todavía me despierto por las noches. No hay palabras para describirlo: fue un infierno sin comida ni agua. Algunos hombres enloquecieron y se suicidaron". Muja es delgado y a menudo se le humedecen los ojos. "Veo por Srebrenica, Bratunac y en otros pueblos a gente que estuvo implicada, pero ¿qué puedo hacer?". Muja enseña la fábrica de los cascos azules holandeses. En las paredes de la planta baja hay dibujos eróticos y frases garabateadas. Una de ellas parece una metáfora macabra del papel de la ONU en Srebrenica: "Mañana me voy a casa".

En la terraza de Abdulá Burkovic se come bien, se nota su mano de experto cocinero. Cuenta que después de la primera evacuación de Potocari, el día 12, algunos cascos azules regresaron llorando. "Habían visto cómo sacaban a los hombres de los autobuses". Las tropas de Mladic obligaron a Burkovic a leer un comunicado ante las cámaras de la televisión serbobosnia. "Me dijeron que si me equivocaba me matarían; me equivoqué pero una periodista les convenció para repetir la toma". En el texto, los radicales proclamaban la liberación de Srebrenica. El propio Mladic dijo: "Esta conquista es mi regalo al pueblo serbio después de siglos de humillaciones".

En diciembre de 1995, tras una intervención de la OTAN en Bosnia, se firmó la paz en Dayton. Aunque se sabía la gravedad de lo ocurrido, EE UU y la UE entregaron Srebrenica a la República Srpska, la zona Bosnia habitada por serbios. "Les premiaron la limpieza ética", dice el ex jefe de policía.

Han pasado 10 años y Mladic sigue fuera del alcance de la justicia. Han pasado 10 años, pero en el calendario de las víctimas, el tiempo es otro. Hatidza, la presidenta de Madres de Srebrenica, lo explica sin alterarse: "Todo está presente, como si hubiese sucedido ayer".

El fracaso holandés

Diez años después, Holanda sigue viviendo Srebrenica como un trauma nacional. "El jefe de nuestros soldados, el coronel Karremans, fracasó porque representaba el modelo de una sociedad fracasada", asegura el sociólogo holandés Paul Scheffer. "No es una casualidad que los tribunales internacionales estén en La Haya. Siempre hemos sido exportadores de valores; siempre nos creímos moralmente superiores y Srebrenica representa la quiebra de la imagen que teníamos de nosotros mismos. Los asesinatos de Pym Fortune y de Theo van Gogh

rompieron el otro mito, que somos un país tolerante y organizado. Hemos perdido la inocencia; nos sentimos confusos y por eso hay un repliegue soberanista que se ha reflejado en el referéndum de la Constitución europea. Ya sabemos que no somos la Suecia de Olof Palme".

El investigador Cees Wiebbes, que trabajó en el informe que provocó la caída del Gobierno holandés en 2002, cree que el error fue enviar las tropas a una ratonera. El primer batallón llegó a Srebrenica en marzo de 1994 en sustitución de otro de Canadá. "Primero ofrecieron la misión a los británicos. Tampoco quisieron ir los suecos y los daneses pusieron la condición de llevar con ellos carros de combate. Fuimos allí sin medios, sin conocer el terreno y sin hacer una sola pregunta a los canadienses".

Wiebbes cree que Srebrenica fue un fracaso del Consejo de Seguridad, que declaró zonas seguras a enclaves bosnios que no supo ni pudo defender, y de la propia Unprofor, su fuerza de protección, que no reaccionó a las peticiones de Karremans.

El general francés Bernard Janvier, al mando de la Unprofor en julio de 1995, había prometido a Ratko Mladic que no habría ataques aéreos. Fue una concesión secreta para lograr la liberación de unos cascos azules franceses retenidos tras un bombardeo sobre Pale. Karremans pidió por enésima vez apoyo aéreo en la mañana del 11 de julio, el día de la caída de Srebrenica. Unprofor le respondió que su petición no cumplía con el procedimiento reglamentario.

"Fallamos a la población, que creyó que estábamos allí para protegerla y nunca fue así. Enviamos tropas sin preparación, sin un plan B y sin los medios adecuados; sólo para acallar nuestra conciencia, para sentirnos un país importante tras el final de guerra fría", dice Scheffer.

Un libro publicado estos días en Holanda, y que recoge los testimonios de 171 de esos soldados, afirma que el 65% dejó el Ejército, el 40% sigue con tratamiento psicológico y un 10% muestra síntomas de estrés postraumático.

"Holanda como antigua potencia colonial en Indonesia cometió atrocidades. Todo país rico tiene un cuarto oscuro en el que nadie quiere mirar. No supimos enfrentarnos a ese pasado y cuando un pueblo no reconoce la brutalidad en su historia es incapaz de verla en los demás", dice Scheffer.

Wiebbes cree que ni la ONU ni otros países implicados han hecho una autocrítica como Holanda. El que fuera jefe de la policía de Srebrenica, Hakija Memoljic, añade: "No culpo a los soldados, obedecían órdenes; culpo a sus mandos y a la ONU y en Naciones Unidas no está sólo Holanda, también están Francia y España. Si no podían protegernos hubiera sido mejor decir la verdad y no venir a engañarnos con promesas falsas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de julio de 2005

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