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sábado, 15 de enero de 2005
Reportaje:MAPA LITERARIO DE ARGENTINA

La riqueza de un país de ficción

Del thriller a la parodia, pasando por la experimentación más audaz, los narradores argentinos de hoy reescriben su historia, cuestionan sus mitos y polemizan sobre los criterios de mercado. Martín Caparrós, Liliana Bodoc, Martín Kohan, Anna- Kazumi Stahl, Washington Cucurto y Marcelo Birmajer son algunos de los herederos de clásicos del siglo XX como Roberto Arlt, Borges, Cortázar o Manuel Puig y de escritores consagrados como Juan José Saer, Héctor Tizón o César Aira.

Una cucharada y engullías el "mar". Otra, para tejer "luna"... La sopa de letras ha sido siempre una marca de infancia en Argentina, la primera página en blanco para todo cachorro de escritor. A esa tradición de invierno, que anima a imaginar mundos distintos en cada plato, quizá haya que agradecerle el germen de una literatura cada vez más calidoscópica, que desconoce hoy poéticas hegemónicas y que frente a los nombres de exportación del siglo XX (Arlt, Borges, Cortázar, Silvina Ocampo, Bioy, Sábato...), ya tiene músicas y geometrías narrativas hijas de otras influencias (las de Puig, Saer y Aira, por ejemplo).

Diversidad parece ser el apellido de la ficción argentina de los años 2000. Existen, con todo, temas y preocupaciones que destacan los escritores consultados y que permiten si no componer un mapa exhaustivo ("no sé si es útil ni sensato pedirle a un insecto que se haga entomólogo", advertirá Eduardo Berti, finalista del Premio Herralde 2004 por Todos los Funes), sí delinear un retrato hablado de la narrativa actual, rico en matices.

Carlos Gamero y Daniel Guebel se atreven con lo antes intocable: una relectura del peronismo desde la parodia

Martín Kohan reflexiona sobre el horror de la dictadura militar con la perspectiva de "quienes la vivieron pero no la protagonizaron"

"Lo que marca cierta diferencia es la recuperación de Argentina como escenario. A fines de los ochenta, parte de mi generación situaba sus novelas en China, Grecia, Malaisia o en lugares inexistentes, embarcada en una excursión al exotismo. Casi todos los que pertenecíamos a la revista Babel -Alan Pauls, Daniel Guebel, yo mismo- hemos vuelto", destaca el periodista y escritor Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), premio Planeta de Argentina 2004 por su novela Valfierno, un thriller que recupera la vida de un argentino involucrado en 1911 en el robo de La Gioconda. ¿Por qué el regreso? "Quizá porque la patria nos hizo el favor de desaparecer", ironiza, "y sentimos que de los restos, de los fragmentos vale la pena hacer literatura".

Sin grandes maestros

Leer las señas de otras escritu

ras en la propia se parece bastante a mirarse al espejo. "Con justicia se puede nombrar a escritores de trayectoria impecable que marcaron las últimas décadas: Aira, Saer, Griselda Gambaro, Juan Gelman, Abelardo Castillo, Héctor Tizón, Angélica Gorodischer, entre otros. Sin embargo, parece haber cedido el tiempo de los grandes maestros", sostiene Liliana Bodoc (Santa Fe, 1958), una de las autoras más atípicas del panorama reciente. Su trilogía La saga de los confines (Norma) supone no sólo una renovación de la épica fantástica que la crítica ha destacado por su calidad, sino también un boom editorial. Sus guerras sin fin, duelos entre el Bien y el Mal y largos y esforzados viajes siguen un proyecto literario personalísimo: "Mi intento fue el de entrecruzar un género de raigambre europea con un imaginario americano", en el que dialogan Tolkien y Ursula Le Guin con el Popol-Vuh y las leyendas mapuches. Y parece que funciona: la primera novela de la saga, Los días del venado, aparecida en 2000, va por la 10ª edición, con 35.000 ejemplares vendidos; la segunda lleva 16.000 y la tercera (publicada en 2004) vendió 5.000 en su primer mes de librerías, en un país donde colocar 3.000 ejemplares construye un best seller.

Literatura nada tímida a la hora de cruzar fronteras (rasgo que explica la veta autobiográfica en libros como Papá, de Federico Jeanmaire), en la ola de intercambios más reciente destaca una relación más inmediata entre la escritura y la crítica. Martín Kohan (Buenos Aires, 1967), narrador y profesor de Teoría Literaria, señala como un logro "que Aira, cuya primera novela es de 1975, haya dejado de ser el nuevo" en los congresos de literatura. Un caso similar, afirma, fue el de Marcelo Cohen, autor de los cuentos de La solución parcial (Páginas de Espuma), "otro gran escritor de la generación intermedia", cuya obra tardó demasiado en ser leída. "Desde hace unos tres años la Academia Argentina se ha hecho cargo del estudio de la narrativa que le es contemporánea", señala Kohan, y suma a su propio nombre los de Juan José Becerra (que acaba de publicar Miles de años, su tercera novela) y Gustavo Ferreira (El amparo), como ejemplos de una línea que privilegia "el relieve del lenguaje, la intensidad, el riesgo y la reducción de la anécdota". En una lectura generacional, afirma, César Aira (1949) tiene casi todos los boletos de la rifa de las influencias: "Ciertas peripecias, ciertos disparates se construyen al estilo Aira; de él aprendimos también la velocidad narrativa".

Peronismo, dictadura y exilio

Bucear en tonos y voces distintos de los ya transitados para contar el pasado es otra línea de fuerza de la nueva ficción argentina. En su cuarta novela, Dos veces junio (Norma), Kohan parte de una pregunta escalofriante ("¿a partir de qué edad se puede empezar a torturar a un niño?") y reflexiona desde la ficción sobre el horror de la dictadura militar con la perspectiva de "quienes la vivieron pero no la protagonizaron". Con un claro antecedente en Villa, de Luis Gusmán, el relato rompe con el tipo de representación realista costumbrista, común en los autores que habían tocado antes el tema y muestra cómo interroga la joven ficción las cuestiones aún abiertas de la historia reciente. Tendencia que ha encontrado una espeluznante vuelta de tuerca en Auschwitz, de Gustavo Nielsen.

La revisión se atreve con los mitos. Novelas recientes como La aventura de los bustos de Eva, de Carlos Gamerro, y La vida por Perón, de Daniel Guebel, se atreven con lo hasta hace poco intocable: una relectura del peronismo y sus figuras desde la parodia, la sátira o la farsa, con un tono desacralizado que se sitúa en los antípodas del usado, por ejemplo, por Tomás Eloy Martínez en La novela de Perón (1985) o en Santa Evita (1995).

En un país atravesado por tantos exilios no extraña una rica tradición de extrarradio. La lista de autores que escriben en argentino desde el extranjero es suculenta y en ella se encuentran estéticas tan diversas como las de Juan José Saer (en París), Rodrigo Fresán (con sede en Barcelona), Sergio Chejfec (afincado en Caracas, que acaba de publicar Los incompletos, sexto título de una opción literaria experimental a la que algunas voces auguran un impacto futuro similar al del Aira actual), Andrés Neuman (hispano-argentino en Granada) y Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964), otro parisiense por adopción. Berti se enrola en la tradición que trabaja en torno "al extrañamiento, a lo siniestro, a las epifanías cotidianas, al fantástico razonado" y percibe un clima de "reconsideración y renovación" de la literatura argentina leída en Europa, que hasta hace siete años no incluía nada de lo escrito después de los años ochenta.

Del mestizaje al 'corralito'

El reverso de salir de Argentina para contar es llegar para hacerse escritor. Anna-Kazumi Stahl (Estados Unidos, 1962) visitó Buenos Aires por primera vez en 1988, se enamoró de su vida cultural signada por el "intercambio dinámico" entre autores, periodistas y críticos. Desarmó las maletas definitivamente en 1995, se convirtió en una porteña de ojos rasgados con sangre japonesa y alemana y comenzó a escribir en español del Río de la Plata. "La estrechez lingüística", afirma, "despeja la tabla" y da claridad narrativa: se queda sólo con "lo fundamental de lo que se elabora escribiendo". Sus historias integran la tradición nipona y las voces literarias del sur de Estados Unidos (Faulkner, Welty, Capote...) con la música de esa ciudad que los nativos llaman Baires. Catástrofes naturales y Flores de un solo día (Seix Barral), señala, son hijos del mestizaje y narran "los encuentros entre culturas distintas, con la confusión y la riqueza que surge al entrar en el mundo del otro", creando pares: Oriente-Occidente, Norte y Suramérica, hombre y mujer.

Las novelas no son noticieros, pero la crisis de 2001 aún se deja oír en ellas. La cartografía de ciudades heridas por la marginación monopolizó los argumentos de los 815 originales que aspiraron en 2004 al Premio Clarín de Novela. Las cicatrices tiñen el ánimo de la ficción. "La marca más profunda y duradera es el cambio en la percepción de la ciudad y la incorporación de la idea de peligro, que era algo totalmente ausente", apunta Pablo de Santis, periodista y escritor que viene imaginando ficciones para jóvenes y adultos desde los años ochenta. Huella de esa ciudad enrarecida es, por ejemplo, la incorporación del asesinato de un joven cuyo padre no ha pagado el rescate pedido por sus secuestradores, que Aira incluye en la trama de la reciente Las noches de Flores (Mondadori).

Eco del derrumbe es, también, cierto efecto dejá vù: "Se han reflotado temas que parecían anacrónicos en los noventa", señala Leopoldo Brizuela (La Plata, 1963). "Se habla nuevamente de la relación entre la realidad política y su representación en la ficción, del papel del escritor en la crisis... Hay en algunos casos mucho de moda, mucho de pose, mucho de culpa. Pero el cambio es, en sí, positivo", sostiene el autor de Inglaterra, una fábula (Alfaguara), una novela en la que las tradiciones indígenas de la Tierra del Fuego dialogan con el teatro de Shakespeare y la corte isabelina.

Otros ritmos están sonando. Mientras editoriales medianas y pequeñas (Adriana Hidalgo, Beatriz Viterbo, Alción y Vox, entre otras) rescatan para lectores curiosos libros que las multinacionales no consideran aptos para el paladar del gran público, la literatura argentina suma en los márgenes acordes tropicales. En las dos nouvelles que integran Cosas de negros (Interzona), de Washington Cucurto (nacido como Santiago Vega en 1973), el lenguaje oral de la inmigración reciente (paraguayos, dominicanos...) recuerda que el obelisco también es América Latina. "Mi mayor influencia literaria es la cumbia", sostiene Cucurto, con un desparpajo que recuerda a Copi, cuando la alta cultura se rasga las vestiduras.

El mercado manda

En un contexto empobrecido por la tataranieta de la primera crisis, el mercado (contra cuyas acciones y omisiones se lanzan dardos desde tiempo inmemorial) es una referencia ineludible. Su peso se multiplica cuando se lo vincula con la visibilidad de la obra. Martín Kohan dispara: "Siempre ha habido una escritura de la convención, pero hoy su promoción excesiva implica la invisibilidad de muchos otros autores. Que los referentes de la joven literatura argentina sean Marcelo Birmajer, Guillermo Martínez, Federico Andahazi y Pablo de Santis que si por algo se caracterizan es por no tener nada de nuevo, nada audaz, nada distinto para decir y que en el mejor de los casos son buenos ejecutores de reglas de género me parece una injusticia literaria".

Las réplicas también vienen con pólvora: "A mí no me interesan las polémicas, me interesan las historias", resume Marcelo Birmajer (Buenos Aires, 1966), para quien los argumentos de Kohan suenan a los de "una amante despechada". "Ni mi estilo ni mis relatos pretenden ser modernos. Cuento las mismas historias de amor que ya aparecían en la Biblia", afirma. Periodista, guionista de cine y autor entre otros de Nuevas historias de hombres casados (Alfaguara), Birmajer sitúa desde hace 20 años sus ficciones en su barrio, el Once, y asume el judaísmo como su "punto de partida para mirar el mundo". Más allá de Piglia, Saer, Aira y Fogwill (que España ha empezado a leer con décadas de retraso), Birmajer es uno de los autores que ha logrado cruzar el Atlántico y cuyos libros junto a los de Pablo de Santis, Guillermo Martínez y Roberto Fontanarrosa (escritores con los que reconoce cierta afinidad) se hallan con facilidad en las librerías españolas.

Segundo round (De Santis-Kohan): "No creo que hoy existan polémicas en el ámbito literario. Existen ataques personales, que luego se disfrazan como polémicas con algún ingrediente teórico. El resentimiento es el código samurái del escritor argentino", define Pablo de Santis (Buenos Aires, 1963), autor de El calígrafo de Voltaire (Destino), que se suma a la línea de la "literatura de imaginación, no realista". Siempre que se habla de "poéticas arriesgadas", apunta, vale recordar aquello de: "Todo cambia en el mundo, menos los escritores de vanguardia".

Librería Clásica y Moderna, en Buenos Aires, con un escaparate de autores argentinos.

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