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domingo, 20 de julio de 2003
Crónica:EL PLAN DE PAZ ENTRE ISRAELÍES Y PALESTINOS REQUIERE UNA MEDIACIÓN EXTRANJERA | INTERNACIONAL

Vigilantes de la Ruta

La idea de que, tras la guerra de Irak, la Hoja de Ruta respaldada por Estados Unidos ha dado lugar a una nueva fase de pacificación en el conflicto entre israelíes y palestinos debe tomarse con una buena dosis de sal, ya que los hechos sobre el terreno muestran grandes contradicciones.

Hay factores que empujan hacia el fin de esta guerra de baja intensidad iniciada hace casi tres años. La fatiga de las dos partes, sobre todo, juega a favor de la superación de la crisis. En los territorios palestinos, las condiciones de vida han empeorado dramáticamente. En Israel, a pesar de las promesas de seguridad hechas por Ariel Sharon, las medidas del Gobierno no han contribuido a atajar el terrorismo palestino. Y, tras un crecimiento espectacular en 2000, la economía israelí se ha contraído en 2001 y 2002, a lo que se añade el descenso de otros indicadores importantes, como inmigración, turismo e inversión extranjera.

No es suficiente con ofrecer una Hoja de Ruta para Oriente Próximo; también hay que vigilar su cumplimiento

En cuanto a los actores externos, EE UU necesita avanzar en la pacificación del conflicto de Oriente Próximo con el fin de hacer más soportables los quebraderos de cabeza que le está ocasionando la reconstrucción de Irak. Los aliados europeos presentes en la coalición reclaman de manera explícita una mayor atención a la crisis, mientras que todos los europeos piensan que la pacificación del conflicto es una asignatura pendiente que debería haberse afrontado hace tiempo. Por ello, la UE en su conjunto apoya los esfuerzos norteamericanos. Los países árabes, empezando por Egipto, también presionan a los palestinos para conseguir una tregua efectiva.

Otros factores, sin embargo, actúan en sentido contrario. Tanto en la sociedad israelí como en la palestina existen escisiones que impiden asumir el nuevo plan de paz con la suficiente convicción. Dos tendencias políticas opuestas en Israel mantienen concepciones muy diferentes de su destino como Estado. Están aquellos que básicamente quieren continuar la expansión territorial, y aquellos que piensan que es necesario encontrar un compromiso con los palestinos para repartir el territorio. La coalición de Gobierno tiende hacia la primera postura (con algunos partidos que propugnan incluso la deportación de los palestinos), por lo que la respuesta a la Hoja de Ruta es más bien ambigua: el desmantelamiento de las colonias se hace con cuentagotas y la construcción de un muro de aislamiento continúa.

Los palestinos tampoco han dado una respuesta positiva a la Hoja de Ruta. A pesar de su aceptación formal y de la declaración de una tregua, algunas fuerzas políticas y movimientos armados consideran que el nuevo plan no es garantía suficiente para reiniciar la vía pacífica, lo que constituye un grave error. Los palestinos deberían renunciar a la violencia y al terrorismo, y deberían respaldar sus reclamaciones sólo a través de medios políticos. Pero los palestinos también están profundamente divididos, como muestran las luchas internas cruzadas y las dificultades del primer ministro, Mahmud Abbás, para hacer oír su voz.

Por su parte, EE UU tampoco garantiza una ejecución firme de la Hoja de Ruta, ante todo porque está dispuesto a considerar algunas de las condiciones impuestas por Ariel Sharon, que en gran medida desvirtúan su contenido. El presidente Bush lanzó la Hoja de Ruta en la cumbre de Áqaba del 4 de junio, cuando hubiera sido más ventajoso que todos los que habían participado en su redacción (el Cuarteto, que incluye también a Naciones Unidas, Rusia y la UE) hubieran intervenido en su aplicación desde el principio.

¿Qué hacer frente a esta situación, preocupante y esperanzadora a un tiempo? La única respuesta posible es una intervención internacional mucho más activa. El conflicto está tan arraigado en la historia, con tantas connotaciones políticas y religiosas, que se hace imprescindible una mediación eficaz. Solamente aquellos que saben mirar con objetividad esta lucha sin cuartel, y comprenden su carácter atávico y primitivo, pueden ayudar a las partes a salir de su deriva destructora. No es suficiente con ofrecer una Hoja de Ruta; también hay que vigilar su cumplimiento.

Dos rasgos deben inspirar la mediación internacional. En primer lugar, es precisa una acción con los medios necesarios, incluidas todas las medidas diplomáticas y económicas. EE UU y Europa disponen de suficientes instrumentos para obligar a las partes a detener la violencia y guiarlas hacia una solución negociada. Es un error dejar que proyecten sus desencuentros sobre nosotros, del mismo modo que es un error pensar que el conflicto es "imposible", porque podría ser resuelto si existiera un acuerdo de fondo entre los mediadores. La clave para la solución del conflicto se encuentra en la relación transatlántica.

En segundo lugar, la mediación exterior debe ser objetiva para garantizar la paz y la estabilidad a largo plazo. El Cuarteto es un marco multilateral idóneo que puede servir de guardián privilegiado de la Hoja de Ruta. Desde luego, hasta ahora, la UE, por medio de las declaraciones del Consejo Europeo, y de la acción infatigable de su alto representante, Javier Solana, y de su enviado especial, Miguel Ángel Moratinos, ha sabido mantener una posición equilibrada, condenar la violencia de las dos partes y reclamar la solución de dos Estados basada en las normas internacionales. No obstante, nuestro compromiso debería reforzarse todavía más. Es evidente que la violencia en Oriente Próximo no produce ningún beneficio para las partes, propaga el terrorismo, perjudica nuestra seguridad y atenta contra los principios y valores que defendemos.

Martín Ortega Carcelén es investigador en el Instituto de Estudios de Seguridad de la Unión Europea en París.

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