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miércoles, 2 de julio de 2003
COLUMNA

Fútbol no es fútbol

No sé de cuándo data la fructífera asociación, la frecuente simbiosis, parasitismo en algunos casos recientes, entre los profesionales de la construcción y los equipos de fútbol profesional; pero está claro que en las últimas décadas del pasado siglo se expandió y consolidó en España, encarnada en las figuras de los presidentes de muchos clubes de Primera y Segunda División. Hoy me temo que el cáncer se haya democratizado y circulen por ahí presidentes de clubes regionales y tercerdivisionistas soñando con la recalificación de los terrenos del estadio local.

Debería sorprendernos, pero no lo hace, el hecho de que existan tan cerca de nosotros tantos empresarios y constructores dispuestos a sacrificar su tiempo por defender sus colores desde un puesto no remunerado, mecenas entregados a hacer las cosas por deporte, no para ganar, sino para participar, aunque en realidad sea para participar en las ganancias.

Uno sospecha que muchos de esos forofos que invierten dinero, fama, horas y prestigio en sus candidaturas no emergieron de las gradas, ni siquiera de las tribunas, ni mucho menos de los equipos de alevines de los clubes que aspiran a presidir. Yo por lo menos no llego a imaginarme al matrimonio Ruiz Mateos animando todos los domingos al Rayo Vallecano en su estadio, ni a Jesús Gil con una pancarta reclutando a los precursores del Frente Atlético en el Manzanares. Sospecho que alguno de ellos acudió por primera vez al campo de sus presuntos amores en calidad de agrimensor más que de hincha, para calcular los metros cuadrados disponibles para una posible urbanización.

El poder y el prestigio, bastante maltrecho ya, que comportan los cargos directivos de los grandes equipos podría ser un acicate para algunos candidatos, pero el afán de lucro subyace en otros muchos y aflora descaradamente en el caso emblemático y al mismo tiempo único de Jesús Gil y Gil, constructor fraudulento y especulador redomado, al que, en uno de los múltiples casos que se le incoan en los más variopintos tribunales y por las más heteróclitas causas, los magistrados acusan de haber actuado en todo momento contra los intereses económicos y deportivos del club que presidía y en beneficio propio, utilizando al Atlético como tapadera, una tapadera más de una de las muchas ollas en las que se cocieron y se cuecen sus más apestosos enjuagues.

El estadio Vicente Calderón nació de una descarada recalificación de terrenos, terrenos que una aristócrata madrileña había legado al Ayuntamiento para que los destinara a fines benéficos, y el beneficio fue a parar a manos de sus directivos de entonces. En cuanto al Real Madrid, fijo en sus terrenos de Chamartín, ya le recalificaron una esquina de uso deportivo a comercial, y hoy se halla en vísperas de la mayor operación urbanística de una capital especialmente sensible en estos momentos ante los temas de construcción y especulación, por muy olímpicos y deportivos que se presenten y muchas ligas que gane el dream-team de la casa blanca, con el marketing y el merchandising de la NBA, un buen negocio llevado por emprendedores hombres de negocios.

No es un síndrome madrileño, el Barça tuvo como edificante presidente al constructor Núñez, terror de los chaflanes modernistas de Barcelona, y por todos los rincones del territorio futbolístico, ladrillo a ladrillo, peldaño a peldaño, subieron al podio presidencial los más avispados negociantes para usarlo como trampolín en lo económico y en lo político. El GIL de Gil y Gil vuelve a ser emblemático y caricaturesco.

Aún recuerdo con repelús la retransmisión televisiva hace unos años de una asamblea de presidentes de clubes de Primera División en la que Gil y sus colegas debatían sobre lo suyo, asuntos de cuentas y de fiscos; recuerdo el caos, las manos que se levantaban para preguntar qué era lo que se iba a votar exactamente y que inmediatamente eran contabilizados como votos a mano alzada a favor de lo que decía don Jesús, que era el que más gritaba. Suficiente como para provocar un pasmo en cualquier demócrata que extrapolara sus modales y sus argucias a la escala parlamentaria.

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