Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

Bartali, salvador de judíos

El mítico ciclista italiano colaboró en una red de ayuda frente al fascismo

Sus gestas en el Giro y en el Tour, en los años previos y en los inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial, hicieron de Gino Bartali uno de los mayores héroes del deporte italiano. Sus funerales, celebrados en Florencia, donde murió en mayo de 2000 a los 86 años, fueron una impresionante demostración de duelo popular. Pero sus compatriotas ignoraban entonces que el ciclista, un católico convencido que apoyó siempre a la Democracia Cristiana, pedaleó también por una causa arriesgada en los años álgidos del fascismo: el salvamento de los judíos italianos. En el bienio negro 1943-1944, Bartali recorrió las carreteras secundarias y los caminos secretos de la Toscana encima de su bicicleta, llevando consigo documentos falsos que serían utilizados por numerosos judíos de la región en su fuga hacia la libertad.

Solía esconder en los tubos de su bicicleta fotos y papeles para fabricar documentos de identidad falsos

La participación de Bartali en una red clandestina de resistentes que llegó a poner a salvo a 800 judíos de Toscana acaba de salir a la luz gracias a tres cuadernos de apuntes de su principal organizador, Giorgio Nissim, un judío toscano fallecido en Italia en 1976 que tuvo una participación fundamental en los movimientos de asistencia a los prófugos hebreos. La historia, recogida ayer por el diario milanés Il Corriere della Sera, será abordada, además, en un simposio especial que las autoridades toscanas se proponen organizar a finales de mes.

Nissim formaba parte de la Delasem, organización creada por la Unión de las Comunidades israelíes con el objeto de ayudar a los fugitivos de la persecución nazi, especialmente a los que se encontraban en los campos de concentración italianos. En los años cuarenta la organización sufrió graves golpes, hasta el punto de que en el otoño de 1943 Nissim se encontró solo para hacer frente a la tarea de asistencia a los judíos de Toscana. Fue entonces cuando encontró la ayuda de las comunidades religiosas. En sus cuadernos, Nissim relata detalladamente el engranaje de la pequeña red, en la que participaron desde el arzobispo de Génova hasta monjes oblatos de Lucca, frailes franciscanos, religiosas de clausura y diversos políticos de tendencia católica, además de Gino Bartali.

La situación de los judíos italianos se hizo insostenible a partir de la promulgación, en 1938, de las leyes raciales que les obligaron a abandonar las cátedras, las consultas médicas, la Administración pública y hasta los comercios. Pese al carácter pacífico de los italianos, en los años siguientes los ciudadanos de origen judío se vieron completamente expoliados de sus bienes, con escalofriante eficacia, mientras la maquinaria represiva, dirigida por los aliados alemanes, se ponía en marcha. De la estación Tiburtina de Roma partieron un millar de judíos rumbo a Auschwitz, donde perdieron la vida 5.595 hebreos italianos.

En un contexto adverso como el de la Italia de los años cuarenta, Nissim encontró, sin embargo, una red de apoyos de incalculable valor que le permitió organizar la fuga del país de unos 800 judíos. Piero y Simona Nissim, hijos del activista, entregaron las memorias de su padre a dos estudiosos, Silvia Angelini y Paola Lemmi, que están reconstruyendo ahora este episodio desconocido gracias al testimonio de algunos de los judíos y de los partisanos salvados por la red. Nissim relata que llegó a instalar una verdadera fábrica de documentos falsos en algunos de los más remotos conventos y abadías de Toscana. Muchas veces eran los propios monjes los que firmaban los papeles sustituyendo la firma del podestà . La misión de Bartali, según ha recordado su hijo Andrea, era "llevar a las tipografías clandestinas las fotos y los papeles para fabricar los documentos de identidad falsos. Llegaba al convento, recogía el material, lo escondía en los tubos de la bicicleta y se volvía a marchar. Otras veces servía de guía indicando a los fugitivos los caminos más seguros para llegar a un determinado lugar".

En los años 1943-1944, Bartali era ya un héroe del ciclismo italiano después de haber ganado el Tour de 1938. Si alguna patrulla lo detenía, no se dejaba intimidar: "Me estoy entrenando" solía decir, y seguía su camino. Pese a que la policía fascista nutría sospechas respecto a su implicación en alguna oscura misión, nunca se hubiera atrevido a detener a un héroe como él. Bartali tenía aún una larga carrera profesional por delante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003