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Tribuna:APROXIMACIONES

El suprarrelato

Las grandes obras literarias emiten un resplandor nacido de la incidencia de la expresión sobre el contenido. Ilumina al lector. Es el suprarrelato.

Cuando evocamos una de esas lecturas que en su momento supuso un hito en nuestra vida aunque en el presente no recordemos con exactitud el argumento, lo que viene a nuestra memoria es lo que yo llamo el suprarrelato. Se trata de una cualidad que se manifiesta en determinadas obras -sólo en unas pocas- y constituye uno de los rasgos más extraños de la creación literaria. El suprarrelato reside en el relato sin que por ello deba ser confundido con la trama o argumento, ni tampoco con lo que se suele entender por contenido. Se trata más bien del resplandor que emana del relato y que, más que la lectura, ilumina al lector, la vida del lector, de cada lector, con la persistencia de la luz de una estrella ya extinguida. Es consustancial a la expresión verbal por lo que, al ser interiorizado, hace de la lectura una experiencia personalizada, distinta para cada lector.

El resplandor del suprarrelato es más intenso en la Ilíada que en la Odisea, más en Sebald que en McEwan

El suprarrelato es algo que posiblemente ha existido siempre en determinadas obras de carácter narrativo, con independencia del género al que puedan ser adscritas. Se halla presente, por ejemplo, en la Ilíada (más que en la Odisea), en La commedia y en El paraíso perdido, así como en la práctica totalidad de los dramas de Shakespeare, lo que explica el valor referencial de esas obras a lo largo del tiempo, al margen incluso de su consideración propiamente literaria. Se da con mayor frecuencia en la narrativa que en la lírica -siempre más próxima a la música y a la impresión instantánea- y ofrece mejores ejemplos la novela del siglo XX que la del XIX en la medida en que se distancia más de los grandes retablos que pretendían reflejar la realidad como un espejo, propios de la sensibilidad decimonónica. Cuando empecé a escribir, nada sabía del suprarrelato; fue en plena redacción de Antagonía cuando empecé a formularme el concepto hasta cobrar conciencia de que éste era precisamente el aspecto que mejor distinguía las obras que me resultaban afines de las que para mí carecían de interés.

Aunque, como ya he dicho, el suprarrelato no debe ser asimilado ni a la trama argumental ni a lo que se entiende por contenido, tampoco debe ser considerado como algo meramente subjetivo, el recuerdo que el lector pueda tener de la obra o, más en general, la memoria personal de ese lector, uno de los componentes de su imaginario. El suprarrelato de una obra es fundamentalmente de carácter objetivo, y aunque tampoco se refiere al estilo propio de esa obra, lo cierto es que se halla estrechamente vinculado a las palabras de las que surge el relato, y que la dificultad de expresarlo, explicarlo o definirlo, obedece a la imposibilidad de hacerlo satisfactoriamente en palabras distintas a las que componen ese relato. Ni siquiera cabe identificarlo con el tono, lo que Proust llamaba le ton, a su entender -y no sin razón- el rasgo que mejor distingue la obra de un autor de la de cualquier otro.

El suprarrelato no tiene equiva-

lente en ninguna otra forma de expresión artística, por más que la emoción que suscita se parezca a la que pueda provocar determinada pieza de música o, en ocasiones, una realización arquitectónica, un rascacielos, el interior de una catedral, el Partenón, las Pirámides. El fenómeno surge única y exclusivamente de la expresión verbal, del nudo de fuerzas que esa expresión recoge, cuya suma rige el desarrollo del relato, y según el relato es leído, proyecta su luz sobre la realidad interna de cada lector y sobre su visión de la realidad externa circundante, y las modifica. No se trata de conceptos, susceptibles de ser razonados, de que uno esté o no de acuerdo con ellos, sino, si acaso, de la incidencia de la belleza de la expresión verbal sobre el significado de las palabras empleadas, que, al ser asimilada por el lector, le transforma o modifica y, a través de su conducta, modifica incluso la realidad material circundante. A diferencia de lo que sucede en el terreno del pensamiento no hay aquí verdadero o falso, acertado o erróneo. Obras como Guerra y paz o En busca del tiempo perdido son irrebatibles.

El hecho de que el suprarrelato sea desde siempre una cualidad de la creación literaria no significa que sea algo habitual en las obras de ficción. Al contrario: en la mayoría de los casos su presencia es muy débil o nula. Eso es lo que sucede actualmente con la práctica totalidad de las novelas adscritas a la fórmula del best seller, de perfil plano. En general, el relato será tanto más plano cuanto más se aproxime al guión cinematográfico, cuanto más sea descripción de un objeto en vez de expresión verbal constituida en objeto. De ahí que, puestos a buscar ejemplos recientes, el suprarrelato sea intenso en Sebald, débil en McEwan. La otra condición permanente del suprarrelato es el lector, por lo que podrá hablarse de suprarrelato en tanto haya lectores capaces de percibirlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de marzo de 2003