Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:VIAJE DE AUTOR

Donde las musas andan sueltas

Cervantes, Quevedo, Góngora y Lope, entre cuatro calles de Madrid

"Polvo en el suelo, / damas y caballeros". Los versos de Emily Dickinson sirven para recordar las calles que pisaron los más portentosos escritores del castellano. Confluencia de amores, odios y literatura.

Sueño de sombras, polvo, viento y humo. Al menos dos veces por semana, durante el curso, atravieso el barrio de las Musas. Pero no todo él, sino el cuadrado que forman la calle del Prado con San Agustín y la de Huertas con la de León. En esta pequeña encrucijada vivieron cuatro de los más grandes escritores españoles de todos los tiempos: Cervantes, Lope de Vega, Góngora y Quevedo. Y al menos los dos primeros también murieron aquí.

En la calle de Cervantes, que sube desde la del Duque de Medinaceli hasta la de León, habitaron Cervantes y Lope. Mientras que la casa del autor del Quijote fue ignominiosamente derribada, la de Lope, que el autor compró en 1610, se salvó de milagro. Vivía entonces con su segunda esposa, doña Juana de Guardo, y permaneció viviendo en ella durante los últimos veinte años de su existencia, siempre entre alegrías y tristezas. Allí murió, a los siete años de edad, su hijo Carlos Félix (al que dedicó una larga y desgarradora elegía). Juana falleció al dar a luz a su última hija legítima, Feliciana. Más tarde, ya ordenado sacerdote, esa misma casa cobijó los amores sacrílegos con Marta de Nevares, que murió en ella, ciega y medio loca (Lope le dedicó numerosos poemas llamándola Amarilis y Marcia Leonarda, y lloró su ausencia con estos versos: "¡Oh, luz, que me dejaste!, / ¿Cuándo será posible / Que vuelva a verte el alma / Y que esta vida animes?").

El perro del hortelano, El caballero de Olmedo, Peribáñez y el comendador de Ocaña, El castigo sin venganza o Fuenteovejuna, entre otros cientos de obras teatrales y poemas, fueron concebidos y redactados entre esas cuatro paredes. El edificio, restaurado en 1931 por Pedro Muguruza, recuperó muchos muebles y objetos del escritor que, tras su fallecimiento, habían sido depositados en el vecino convento de las Trinitarias. Allí era monja Marcela, hija de Lope y Micaela de Luján. Hoy la casa está casi tal cual la disfrutó su habitante más famoso: salas, dormitorios, capilla, biblioteca. También el huerto, el jardín, el palomar. La casa estaba muy próxima a los corrales de comedias y a los mentideros de la corte, su ciudad natal: "Hermosa Babilonia en que he nacido / para fábula de propios y de extraños, / centro apacible, dulce y patrio nido. / Cárcel de la razón y del sentido, / escuela de lisonjas y de engaños...".

Amanecer entre libros

Lope murió en 1635 y fue enterrado, multitudinariamente, en la muy cercana iglesia de San Sebastián, entre la calle de Atocha y la plaza del Ángel. "Entre los libros me amanece el día / hasta la hora que del alto cielo / Dios mismo baja a la largueza mía". Las musas, quizá incluso Dios mismo, inspiraron aquí al Fénix de los Ingenios, que trabajaba sin parar desde la madrugada hasta la noche.

Si seguimos calle arriba por la de Cervantes, a mano izquierda, antes de toparnos con la de León, se encontraba la casa donde se albergó en sus últimos años y murió en 1616 el manco de Lepanto. Pero Cervantes no era su propietario, sino que ocupaba, de alquiler, una muy modesta habitación. Antes esta calle se llamó de los Francos por el propietario de una de las casas que allí hubo, la de don Pedro Suárez de Francos, regidor de la villa a principios del siglo XV. Era sólo un camino que atravesaba los huertos anejos al monasterio de San Jerónimo. Pero ésta no fue la única casa que habitó Cervantes en Madrid; antes vivió en la calle de la Magdalena, y también en la plaza de Matute, y en la calle de Huertas, y en la del Príncipe. A pesar de la campaña emprendida por Mesonero Romanos contra la demolición de su última vivienda en la calle de León en su esquina a la calle de los Francos, el inmueble sería derribado en la tercera década del siglo XIX. El rey Fernando VII intentó comprarlo, pero al negarse el propietario renunció. Éste debió de ser el único gesto de magnanimidad de un monarca fatídico y absolutista. Según se contaba, el dueño se quejaba del escaso ofrecimiento recibido por una casa "donde había muerto Don Quijote". En su lugar se levantó un edificio de varios pisos con balcones de hierro. Mesonero Romanos consiguió al menos que en la nueva fachada figurase el busto del escritor, así como una lápida que dice: "Aquí vivió y murió / Miguel de Cervantes Saavedra, / cuyo ingenio admira el mundo. / Falleció en MDCXVI". Poco después de inaugurarse dicha lápida, el viejo nombre de la calle de los Francos se sustituyó por el actual.

De la calle de Cervantes a la de Lope hay una pequeña travesía, antiguamente denominada del Niño y ahora de Quevedo. Se la nombraba así porque ahí hubo una capilla donde se veneraba una imagen del Niño de la Guardia. Una manifestación de antisemitismo, pues este niño, según se creía, había sido martirizado por judíos en ese pueblo de Toledo. En la esquina, a mano izquierda, estuvo la casa propiedad de Quevedo (Picasso, en carta enviada a Apollinaire, adjudicaba a Quevedo la autoría cervantina de la que él calificaba como extraordinaria novela El licenciado Vidriera). La casa del poeta daba frente por frente con el convento de las Trinitarias. Pero antes, durante casi una década, vivió allí alquilado Luis de Góngora. Quevedo la compró y echó a la calle, en pleno invierno, a su rival. El poeta cordobés había sido nombrado capellán de Felipe III. Trasladado a la corte, su vida dispendiosa (se gastaba su sueldo y las rentas familiares en lujos y juego) le acarreó problemas económicos: "... me he comido / medio mes que aún no he vivido, / enviadme el otro medio".

Dormir en español, soñar en griego

Debido a la pérdida de influencia de sus protectores, el conde de Lemos, el duque de Lerma o el conde de Villamediana (que fue asesinado), y a la ascensión al trono del nuevo rey Felipe IV, coincidiendo con la pérdida del albergue, don Luis se vio obligado a regresar a Córdoba, su ciudad natal. Murió allí, pocos meses después, en 1627. Claro que el autor de las Soledades no sólo se llevaba mal con Quevedo: "Las puertas le cerró de La Latina / quien duerme en español y sueña en griego, / pedante gofo que, de pasión ciego, / la suya reza y calla la divina", sino también con Lope: "Por tu vida, Lopillo, que me borres / las diez y nueve torres del escudo, / porque, aunque todas son de viento, dudo que tengas viento para tantas torres".

Cuenta Joaquín de Entrambasaguas que una antigua calle de Góngora, que entraba por la de Gravina y salía a la de San Lucas, se refería a un don Juan Jiménez de Góngora, posible pariente del poeta, valedor de un convento de mercedarias que se llamaron góngoras por él. En todo caso, la expulsión se mantiene hoy día, pues el nombre inmenso del poeta no figura en las calles del entorno. Tampoco estuvo en el callejero madrileño hasta 1939. Es el destino de la poesía oscura, culta, racional, barroca, impopular. Hoy, al menos, el enemigo no te echa de casa; tan sólo te echa de las antologías, de las enciclopedias, y las historias.

Quevedo, que fue un gran escritor pero un personaje sin entrañas, a diferencia de su odiado Góngora, escribió obras ascéticas y morales, y textos edificantes y piadosos. Murió en Villanueva de los Infantes en 1645, pero, debido a su compleja actividad política, desde 1625, fecha en que echó a Góngora, apenas volvería a utilizar este inmueble, del cual dijo el autor del Polifemo: "En el tamaño es dedal, y en el precio, de plata". A pesar de que Góngora fustigó a Lope ("que con tus versos cansas aun a Job"), éste estimaba al autor de las Soledades y el Polifemo. En cambio, entre Quevedo y Góngora había un odio a muerte. El primero escribiría sobre el otro denunciando sus orígenes de cristiano nuevo: "Yo te untaré mis versos con tocino / porque no me los muerdas, Gongorilla". Y sobre la compra de la casa, comentó en estos versos insultantes: "... Y págalo Quevedo / porque compró la casa en que vivías, / molde de hacer arpías; / y me ha certificado el pobre cojo / que de tu habitación quedó de modo / la casa y barrio todo, / hediendo a Polifemos estatíos, / coturnos tenebrosos y sombríos, / y con tufo tan vil de Soledades, / que para perfumarla / y desengongorarla / de vapores tan crasos, / quemó como pastillas Garcilasos: / pues era con tu vaho el aposento / sombra del sol y tósigo del viento".

GUÍA PRÁCTICA

Las direcciones
- Casa de Lope de Vega (914 29 92 16). Calle de Cervantes, 11. Se puede visitar, de martes a viernes de 9.30 a 14.00; sábados de 10.00 a 14.00. Entrada, 1,50 euros.
- Iglesia de San Sebastián (914 29 13 61) donde yace Lope de Vega. Calle de Atocha, 39.
- Convento de las Trinitarias, donde reposan los restos de Miguel deCervantes. Calle de Lope de Vega, 18.
- Sendas placas señalan las desaparecidas casas de Quevedo (calle de Quevedo, esquina calle Lope de Vega) y Cervantes (Cervantes, 2).

Más información
- Patronato de Turismo de Madrid (915 88 29 06).
- Oficina de Turismo de Madrid(915 88 16 36).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de marzo de 2003

Más información