COLUMNA

Naranjito de Triana, el último renacentista

La muerte de Naranjito de Triana el pasado 23 de abril ha traído a la memoria la grandeza de uno de los más destacados cantaores. Cuando nació el flamenco ya vivía en casa de su padre. Años difíciles los de la guerra y la posguerra.

'Nació a contrapelo', dice Romualdo Molina, que lo promocionó en televisión y lo quiso como a un hermano. 'Los clásicos de los años veinte ya habían pasado y en los sesenta todos buscábamos a los cantaores gitanos'.

Pero empezó con ellos. Con cinco o seis años alguien lo lleva al Bar del Pinto y enjareta ante Pastora, Tomás Pabón y El Gloria un martinete y una soleá sin guitarra. Este niño es un viejo, dicen que dijo la Niña de los Peines. Y, a partir de ahí, comenzó su carrera profesional en el omnipresente espectáculo de variedades.

Y en medio de esa niñez inexistente, un episodio: cuando Eva Perón viene a España, en una recepción los jerarcas la sorprenden con una tarta al más puro estilo americano; solo que de ella salen Naranjito y una niña para que Evita se alborote y recojan la escena las cámaras del NO-DO. El niño, ya hombre, no recordaba todo aquello con agrado; le asustaba la oscuridad, decía, pero quizás también más cosas.

Cuando remansa en Triana va captando minuciosamente los entresijos del territorio de la soleá. Aprende con Vallejo y asimila los melismas de Pastora. Después, conoce a Antonio Mairena en Ceuta, y pasa a regustar también el cante de Alcalá y los Alcores. Manuel Herrera, director de la Bienal de Arte Flamenco de Sevilla, resalta eso, su mesurada equidistancia y su aquilatada capacidad para ser el vértice capaz de unir los cantes trianeros con los de Antonio Mairena y los tangos de Pastora.

Serio, concienzudo y ordenado, todo lo contrario del cliché flamenco, dejaba de lado al consabido duende para centrarse en el pellizco. Según él, lo que la gente llamaba duende estaba muchas veces contaminado por las tórridas temperaturas alcohólicas de los cuartitos.

No protestaba nunca por la hora ni por el guitarrista. Es algo en lo que coinciden compañeros de fatigas como Juan Peña, El Lebrijano. Su concepto del flamenco casó sin reticencias con la idea innovadora de la Bienal de Sevilla.

Tuvo que inventarse todo un método para que las guitarras pudieran seguir los tonos de la orquesta y dar la entrada correcta al cantaor. Pero es que Naranjito se conocía el instrumento hasta el punto de fabricarlo. Veintitantas montó a lo largo de su vida desde que el Niño Ricardo lo llevara en Madrid al taller de Esteso. Y, a decir de José Luis Postigo y Manolo Sanlúcar, sonaban muy bien.

Consecuente con su afán investigador dedicó, casi por hobby, los últimos años de su vida a enseñar a chavales en la Fundación Cristina Heeren, donde trabaja su hija a la que estuvo dictando, casi hasta el momento de su muerte, datos sobre las variantes de la soleá de Triana. A lo mejor se nos ha ido sin saber que un alumno abre en estos días una peña con su nombre en México.

A lo mejor se fue sin saber que era el último renacentista.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de mayo de 2002