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jueves, 21 de marzo de 2002
COLUMNA

Dialogar hasta morir

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Sucesos. Página par, abajo. Esa zona de los periódicos donde la vista naufraga inevitablemente. Noticia de agencia, lenguaje de oficio. El 4 de marzo, un subinspector, de guardia en la oficina de denuncias de la comisaría de Linares, es alertado por un vecino de la misma localidad. Acaba de contactar por Internet con una mujer valenciana que anuncia su suicidio inmediato. Algo especial en el diálogo que sostiene con ella por el chat, el canal de los otros naufragios, le hace pensar que no se trata de una argucia, como tantas, para llamar la atención. Mediante la fuerza insistente de la palabra, el internauta consigue el teléfono móvil de la depresiva mujer y se lo traslada al policía. Éste la llama y empieza con ella otra larga conversación disuasoria, mientras avisa a sus colegas de Valencia para una posible intervención rápida. Pero la mujer no suelta su domicilio y su voz se apaga por momentos. Sólo en el último instante, el policía consigue arrancarle dónde vive. Cuando los otros agentes logran entrar en la vivienda, encuentran a la mujer efectivamente desangrada en el charco de su soledad, pero todavía con un hálito de vida. Otra intervención de urgencia médica consigue salvarla. La mujer ha reconocido que lo que le impulsó a facilitar sus señas en el penúltimo latido fue la promesa del policía de Linares de seguir hablando con ella, en persona, sin ningún aparato por medio.

Poco después del 11 de septiembre, leí en otro periódico que la policía neoyorquina cuenta con un equipo singular de 'agentes del diálogo', especializados en desarmar a secuestradores y suicidas con el mismo instrumento de la palabra, la palabra viva. Y que sus logros son muy notables. Lástima que no pudieron hablar con los fanáticos de Al Qaeda.

A la edad de 102 años, acaba de fallecer en Heildelberg Hans-Georg Gadamer, filósofo del 'diálogo emancipador' -según lo ha definido en este mismo periódico Manuel Cruz-, y emancipado él a su vez de la sombra fraudulenta de Martin Heidegger. 'La hermenéutica es el arte de comprender la opinión del otro', afirmaba Gadamer. Otro filósofo alemán, aunque de otro círculo, Habermas, lleva también años propugnando la búsqueda de una nueva racionalidad en torno a las condiciones implícitas del lenguaje real, vale decir, del lenguaje oral, directo, en sintonía con la pragmática norteamericana. Según esta escuela, y según Habermas, en las estructuras mismas del diálogo, en sus reglas de uso, están implícitas las condiciones para un entendimiento universal de los seres humanos. Es decir, no en las ideologías, sino en las entendederas mismas de la comunicación, como diría Machado. ('En mi soledad he visto cosas muy claras, que no son verdad'). Ponerse a dialogar -sin trampas, claro, y sin armas debajo de la mesa-, es por fuerza llegar a conclusiones compartidas. Ojalá alguien consiguiera trasladar este principio de la nueva ilustración a Sharon y a Arafat, a Bush y a Sadam, a Aznar y a Arzallus... Nos ahorraríamos muchos sufrimientos, muchas manifestaciones multitudinarias contra el muro de las ideas petrificadas, de los falsos diálogos hasta morir.

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