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viernes, 26 de octubre de 2001
COLUMNA

Ezkioga, hoy

La película de Manuel Gutiérrez Aragón Visionarios recupera un episodio olvidado de la Segunda República: las supuestas apariciones de la Virgen en un pueblito guipuzcoano, Ezkioga. Al margen de sus valores cinematográficos, Visionarios enmarca adecuadamente la gestación del milagro en un clima de violencia integrista que surge por rechazo de la laicización impuesta por el nuevo régimen. Es entonces cuando se reproduce el mecanismo de Fátima y unos chiquillos ponen en marcha el fenómeno, al proclamarse videntes y mencionar unos mensajes de la Virgen que expresará claramente su toma de posición al presentarse como Dolorosa, con una espada que llega a atravesarle el corazón. A partir de ahí entra en juego una compleja repercusión político-social, y en la película también sentimental que según los títulos de crédito hizo posible su realización, ya que se dice basada en el relato del enamorado de una de las videntes. Es difícil pensar que Gutiérrez Aragón no haya contado también con la consulta del espléndido libro que sobre Ezkioga, y titulado también Visionarios, publicó el antropólogo norteamericano William Christian. La referencia de ambos a la figura de Carmen Medina, protectora de los videntes, eso sí, una auténtica doña Urraca en las fotos del libro, una señora relamida y mona en el filme, sugiere ese enlace.

Sorprende que en Visionarios la Segunda República sea objeto de cierto maltrato, tal vez para exhibir una equidistancia a modo de signo de imparcialidad. No sólo es la escena donde se ridiculiza la figura del gobernador republicano que encarcela a los videntes hasta que llegan los militares sublevados, cosa tan incierta como los supuestos sucesos reseñados en el filme del 13 de mayo de 1936. La primera aparición de la Virgen no es de 1932, siendo reseñada el 29 de junio de 1931, al día siguiente de celebrarse las elecciones para las Cortes Constituyentes de la República. Era la entrada en combate de la Dolorosa contra la democracia republicana, y no hubiera sido inútil recordarlo, fijándose de paso en el contexto de la vida religioso-política en el País Vasco rural de cuyo interior surge el contenido de los mensajes de futura guerra victoriosa de los creyentes, auxiliados cómo no por las armas celestiales, contra los no-católicos.

No en vano los principales defensores de las apariciones fueron los integristas guipuzcoanos, los mismos que desde La Constancia se opondrán al Estatuto, declarándolo ateo porque en su articulado no figuraba la palabra 'Dios'. Frente a la leyenda rosa que presenta al PNV como aliado de la República, lo cierto es que en el primer bienio su actitud antirrepublicana coincidió muchas veces con los carlistas, y no sólo en palabras, sino también en actos de violencia contra las personas. Integristas, carlistas y nacionalistas, unidos entonces bajo el estandarte de la catolicidad, forjaron un microclima de guerra civil, basado en la exigencia de la expulsión, y si ello era necesario, del aniquilamiento del otro. Es lo que en Visionarios refleja el episodio, posiblemente también forzado para Ezkioga, de las agresiones y luego de la muerte del maestro laico.

Las ideas y las etiquetas políticas cambian y crean la apariencia de una transformación irreversible del paisaje histórico, pero en las mentalidades prevalece la continuidad. En el fondo de los valores y de las actitudes de la izquierda abertzale sigue latiendo un rasgo fundamental del integrismo vasco: la intransigencia cerril propia de quien cree defender una causa sagrada, y está por tanto dispuesto a aplicar al otro la receta de San Miguel. Igual que sucede en la umma del tradicionalismo islámico, no hay hombres, sino creyentes y no-creyentes en la causa nacionalista. Aquellos que practican el crimen político son los nuestros, los que merecen ser protegidos de los terribles riesgos que les acechan en la detención dentro de un Estado de derecho, mientras que las víctimas, o son irrelevantes, o se convierten en culpables, y por tanto en dignas de ser eliminadas si se manifiestan como no creyentes. Nada tiene de extraño que esa deshumanización radical se haya expresado mediante la declaración conjunta de todos los nacionalistas en Azkoitia, lugar donde la semilla ilustrada del conde de Peñaflorida quedó pronto sepultada bajo la hegemonía indiscutible del carlismo.

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