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miércoles, 8 de marzo de 2000
Tribuna:

Pastiche político

ADELA GARZÓN

La campaña electoral se debate entre el realismo y el pastiche. La falta de energía de los principales candidatos se disimula con promesas y más promesas. Aquí, en Valencia, es aún más palpable porque se alimenta de suspicacias bastante justificadas. Ni Ciscar ni Camps provocan confianza en el ciudadano, uno por su imagen manipuladora y maquiavélica, al estilo de Casio en Julio César, el otro por su imagen abúlica y atónica, mal disimulada por una risa forzada. Y además, existen grandes desconocidos para los ciudadanos, como Serna por la izquierda o Martorell por la derecha, nuevas en campaña y gestoras de tradición.

Hay realismo en el pacto PSOE-IU. Desaparece el abismo entre estas dos izquierdas. Los nuevos socializquierdistas, que no socialcomunistas, vieron que unidos restarían fuerza al partido de la derecha. De un plumazo intentan acercarse al sentir del ciudadano, que ve al PSOE demasiado derechón y a IU excesivamente radical, y lanzan la consigna de frenar a los nacionalismos. Su esperanza está en la investidura.

Hay realismo en el PP, porque utiliza la amnesia política. Se acabó la tercera vía, Blair y Giddens. Ya no habla de la democracia de calidad, basada en la responsabilidad y el protagonismo compartido entre ciudadano y Estado. Ni siquiera Zaplana, el de la "España de las oportunidades", nos dice aquello de "elevar el discurso". Realismo, mucho realismo.

Ahora hay que tocar tierra y convencer al ciudadano, y así nos enteramos que los políticos tienen una imagen muy pobre de nosotros. Unos, como Almunia y Aznar, nos hacen guiños económicos. Otros como Camps, un tanto despitado, arenga a los jóvenes diciéndoles lo mucho que el partido popular ha hecho por ellos, y lo repite como un padre sacrificado mientras recrimina al inconsciente de su hijo.

Hay pastiche en el menú político. Izquierda y derecha se mezclan en sus contenidos. Ahora se lleva hablar de política social. No es ideología sino moda, imperativo social y, sobre todo, un gancho electoral. En un caso, la política social se adereza con la liberalización de lo público, y en otro se aliña con el viejo ideal de la distribución igualitaria. Pastiche porque izquierda y derecha se distinguían antes en el estilo y manera de defender sus ideas. Ya no. Hoy unos y otros utilizan las mismas artes: desacreditar y negar al contrario. Utilizan las formas maniqueas, donde sólo existen buenos y malos. Y pastiche es para el ciudadano socialista votar para el Senado a dos del PSOE y a uno de IU. Sí señor, como cualquier familia postmoderna que se precie.

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