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lunes, 22 de septiembre de 1997
Reportaje:

Una vida en las carreras

Los gemelos Bittni, de 82 años, decanos del periodismo hípico, cuentan los avatares de los hipódromos madrileños

El 4 de mayo de 1941, hace más de medio siglo, el hipódromo de la Zarzuela abría sus puertas con una fiesta inaugural animada gastronómicamente con un cóctel de Perico Chicote. Allí se habían dado cita, según un rotativo de la época, "Ias caras más conocidas de la vida social madrileña: aristócratas de sangre, de los negocios, altas jerarquías del Ejército, representantes de la diplomacia, de las letras y las artes. Y realzando todo ello, un nutrido contingente de bellísimas señoritas". Su construcción, en 1935, con un presupuesto de tres millones de pesetas, no se libró de la polémica al ocupar terrenos del monte del Pardo.La guerra civil pospuso su inauguración, a la que también asistieron los hermanos Bittini, una especie de hermanos Marx del periodismo hípico madrileño. si Groucho hubiera coincidido con esta original pareja de gemelos formada por Ángel y Pepe Bittini, de 82 años, les hubiera ofrecido, seguro, un papel protagonista en alguna de sus películas.

La extraña pareja -es difícil toparse con gemelos octogenarios- va vestida igual. Lo han hecho así desde niños, para incrementar la confusión que su parecido físico provoca y que les permitió en su juventud compartir más de una novia. Juntos se les puede distinguir; por separado, es muy difícil. Han utilizado incluso el mismo modelo de coche, de peinado, corbata y hasta de bigote. Ambos están casados, pero sus respectivos matrimonios no mermaron su intensa relación.

Son los menores de una familia de cuatro hermanos, muy aficionados todos a las carreras de caballos. Los dos mayores fundaron en 1929 la revista Hipódromo, la primera publicación que nació para informar de los resultados de las carreras que se celebraban entonces en el hipódromo de la Castellana, que se abrió en 1878 y se cerró en 1931 para construir los Nuevos Ministerios. Editaban la revista en una casa de la calle de Malasaña, donde aún reside uno de los gemelos.

En la Castellana, Ágel y Pepe contemplaron por primera vez, a los 13 años, la primera carrera equina de su vida. Todos los domingos cogían el tranvía, El Cangrejero, en la glorieta de Bilbao, para acercarse al hipódromo, donde solían coincidir con el rey Alfonso XIII, propietario de una de las principales cuadras y que acudía acompañado de la reina Victoria y las infantas. "El Rey era muy campechano, como todos los borbones, y te podías acercar a él sin inguna dificultad", recuerda Angel. "El ambiente era muy selecto, estaba formado exclusivamente por las grandes familias aristocráticas, que se vestían de manera llamativa y elegante, con sombreros y perifollos, al estilo dé la época".

Las mejores cuadras fueron monopolio, al menos hasta los años cincuenta, de los nobles. Fueron ellos quienes promovieron a mediados del siglo XIX las carreras en la capital, a las que se habían aficionado en Londres y París. La primera carrera pública en Madrid de la que se tienen noticias se celebró el 20 de abril de 1843, en una finca ubicada en la ribera del Manzanares, con un premio de 6.000 reales. Antes se habían organizado algunas, privadas, en una finca de la Alameda de Osuna, propiedad del duque de Osuna, primer presidente de la Sociedad de Fomento de la Cría Caballar en España. Esta institución, fundada en 1841 a semejanza del Jockey Club inglés, logró un permiso real para abrir un hipódromo en la Casa de Campo, que se mantuvo hasta el año 1867.

Los Bittini frecuentaron también el hipódromo de Legamarejo, en Aranjuez, que tomó el relevo cuando se clausuró el de la Castellana. Los veteranos periodistas, que trabajaron para la agencia Efe y los periódicos As y Madrid, tienen una memoria prodigiosa en la que permanecen archivados los nombres de los caballos más famosos de los años treinta, como Colindres, Atlántida y Rubán, y a los mejores joqueis, ya legendarios, como Carlos Belmonte, Lucien Lyne y Victoriano Jiménez. Aseguran que no han ganado dinero con las apuestas. "Es muy difícil ganar, y además nosotros íbamos a trabajar y hubiera sido una tontería jugarnos el sueldo".

"Hasta después de la guerra", comentan, "Ias carreras habían sido un entretenimiento de la aristocracia y los militares. En la década de los cuarenta, la burguesía adinerada comenzó a frecuentar el hipódromo de la Zarzuela. Había un grupo conocido como los teleros, formado por los propietarios de las principales industrias y comercios textiles de Madrid".

La llegada de Ramón Mendoza a la presidencia del hipódromo en 1983 -fue el primer presidente sin título nobiliario- supuso la democratización de las apuestas, ya que durante su mandato se creó la quiniela hípica. Pero la popularización definitiva se produjo un lustro más tarde, cuando ocupó el cargo Lorenzo Sanz. Éste puso en marcha las carreras nocturnas de verano. Los madrileños acogieron con gusto estas noches estivales, en las que se podía apostar, ligar y tomar una copa. El recinto registró los mayores llenos de la historia.

" Los primeros meses de la quiniela fueron de euforia, pero la gente se cansó porque las apuestas requieren cierta especialización y por tanto era imposible que se convirtieran en un fenómeno de masas, como en el caso del fútbol. En cuanto a las carreras nocturnas, atrajeron a muchísima gente, pero más por el tema lúdico que por afición a los caballos", señala Pepe.

A juicio de los gemelos, han sido las malas relaciones entre Enrique Sarasola y la sociedad de propietarios lo que ha llevado al cierre del hipódromo, que se produjo el pasado año. "Sarasola no pagaba los premios porque no iba gente y no ganaba dinero. Y los propietarios han preferido no ver correr a sus caballos en Madrid y llevárselos a Lasarte, en San Sebastián, antes que llegar a un entente cordial. Nosotros confiamos en que Lorenzo Sanz reabra la Zarzuela. Él tiene experiencia, dinero y una de las mejores cuadras de los últimos años".

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