El chasquido
Acaba de abrirse en Barcelona, en uno de los edificios de la Universidad Pompeu Fabra, una hermosa habitación. Crear esa habitación, llamada también capilla laica, fue una buena idea del rector, Enric Argullol, y su espléndida realización arquitectónica corresponde al equipo Garcés y Sória. Argullol, que llevaba quizá en la cabeza un espacio similar pintado por Rothko, encargó a Antoni Tápies que hiciera suya esa capilla.Tápies encontró en el almacén un viejo cuadro propio que presentaba la silueta de una campana y que remitía, además, sin gran esfuerzo pero con la ambigüedad suficiente, a la silueta canónica de Cristo. Magnífico, se dijo, servirá. Enseguida pensó que en las capillas se suele meditar sentado y así se procuró unas sillas de enea. Artista moderno, sin embargo, mandó que las colgaran de la pared. Luego diseminó algún que otro bibelot por la estancia: todo estaba listo para presentar con gran pompa la capilla Tápies.
Lo ocurrido a partir de que el pintor interviniera en el espacio -un seco rectángulo de luz cisterciense con altas paredes- es evidente: el espacio ha empeorado y en él ya sólo destaca el amaneramiento conceptual. ¿Por qué? Se trata del chasquido: a determinada edad y en determinada cumbre, el artista chasquea los dedos, et voilá!, cree ver consumada su obra de arte. Naturalmente, se trata de una ilusión: el arte no se compadece ni de la edad del artista ni de su fama, ni tiene en cuenta las obras maestras que ya le haya dejado en su regazo. El arte permanece quieto con su voracidad indiferente, como una deidad antigua que exigiera su ración de vírgenes. En estas circunstancias, alguien debería susurrarle al artista: "Recuerda, eres inmortal", justo lo contrario -eternidad del arte frente al poder transitorio- de lo que el griego sometido susurraba a su emperador. Pero el artista grandioso sólo escucha ya halago y propaganda.