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lunes, 30 de marzo de 1987
Tribuna:LOS LÍMITES DE LAS POLÍTICAS ECONÓMICAS

Subdesarrollo y dependencia

La lucha de los países en desarrollo para salir de su situación económica desventajosa sirve a los autores para reanudar el diálogo ideológico que el experto J. B. Donges (véase EL PAÍS de los días 31 de diciembre de 1986 y 2 de marzo de 1987) planteaba, desde una concepción que este artículo define como neoliberal, sobre los límites y posibilidades de sus políticas económicas. En este artículo se afirma que la gestión que los Gobiernos de los países subdesarrollados pueden desarrollar está condicionada por agentes externos e internos de carácter no económico.

Más allá de nuestros notables desacuerdos con las posiciones neoliberales en economía, nos parece ciertamente importante el tema central de la polémica suscitada entre J. B. Donges y nosotros, referida a los límites y posibilidades de las políticas económicas de los Gobiernos de los países subdesarrollados, en su intento de salir de su situación de subdesarrollo.Donges cree que dichas políticas económicas internas son el factor crucial del éxito o el fracaso de los distintos Gobiernos de los países subdesarrollados en el empeño de alcanzar el desarrollo económico. Nosotros creemos, por el contrario, que, si bien esas políticas económicas internas juegan sin duda un papel muy importante, no son el factor exclusivamente determinante y ni tan siquiera en la mayoría de los casos el más decisivo.

La situación del subdesarrollo no es sólo resultante de factores económicos; también se da asimismo todo un conjunto de elementos condicionantes, económicos y no económicos, externos e internos al país en cuestión, que impiden cualquier generalización o reducción simplista del fenómeno: desarrollo histórico, localización geográfica y geopolítica, estructura de clases, sistema político e institucional, dotación de recursos e infraestructura, nivel cultural y, sobre todo, el tipo de inserción en el contexto económico mundial, del que derivan las relaciones específicas que tienen los países subdesarrollados respecto a los principales centros de poder económico y político en el mundo.

En ese marco de elementos diversos y adversos, las políticas económicas de los países subdesarrollados suelen tener unos márgenes de actuación extraordinariamente estrechos, con posibilidades de éxito muy limitadas. Las limitaciones se explican, en gran medida, por las distintas manifestaciones de la dependencia, tanto externa como interna: dependencia comercial de los mercados de los países centrales, en los que se llevan a cabo todo tipo de prácticas proteccionistas frente a los productos de los países subdesarrollados, y de los canales de distribución, controlados generalmente por grandes grupos monopólicos; dependencia tecnológica de un modelo exógeno, diseñado según las finalidades de los grandes grupos industriales, al que no pueden acceder los países subdesarrollados más que con la adquisición de dicha tecnología, en un proceso que aumenta las distancias de continuo; dependencia financiera de un sistema monetario y financiero internacional controlado por los principales países industrializados capitalistas, y de forma notoria por Estados Unidos, el país emisor de la principal moneda de reserva mundial, que es hoy, además, el país más endeudado del mundo; dependencia cultural de un modelo de consumo de masas estandarizado y funcional en la producción en masa, difundido a través de las principales agencias monopólicas de medios de comunicación e información internacionales, y, en última instancia, dependencia política y militar, ya que las presiones políticas e incluso la presencia militar condicionan severamente las posibilidades de actuación política y economía internas, como la historia pone de manifiesto reiteradamente.

Junto a estas manifestaciones externas de la dependencia, están también las manifestaciones internas, que se articulan y posibilitan por la existencia de una estructura social interior polarizada, según la cual, sectores sociales potenciados y ligados al capital transnacional y a poderes políticos exteriores suelen ejercer a menudo las funciones políticas rectoras en los países subdesarrollados al margen de los intereses del resto de la población.

Porque si no, ¿cómo explicar la realidad del desarrollo en países como Afganistán, Líbano o Nicaragua, si no tomamos en consideración los factores sociales y políticos no sólo internos, sino principalmente externos? ¿O es que el orden monetario y financiero internacional puede considerarse neutral? ¿Es que las exiguas ayudas de los organismos internacionales y de los países desarrollados no exigen, por lo general, el establecimiento de modelos económicos y políticos que, en última instancia, generan nuevas dependencias?

Para nosotros, son estas múltiples formas de dependencia, y no las supuestas torpezas o incapacidades para diseñar correctas políticas de desarrollo por parte de los Gobiernos de los países subdesarrollados, las que explican básicamente el mantenimiento, en general, del subdesarrollo.

Donges, al etiquetar estas interpretaciones de "radicadas en las conocidas teorías del imperialismo y la dependencia", parece querer descalificarlas buscando la complicidad de aquellas personas que encuentran en estas expresiones terminologías trasnochadas. Pero desde la clásica presentación de estas interpretaciones teóricas se han hecho formulaciones más completas y menos maniqueas, que suelen ser, por lo demás, bastante desconocidas por aquellos que las desprecian, y ello a pesar de que tales interpretaciones suelen ser bastante más ajustadas a los hechos de la realidad económica internacional que las recurrentes suposiciones del fantasioso mundo de equilibrios, mercados homogéneos y competencia libre, de los que nos hablan tan a menudo los teóricos e ideólogos del liberalismo económico.

¿Son pues los múltiples mecanismos de dependencia solamente una inversión de teorías trasnochadas, y que son descalificables por generarse precisamente en zonas subdesarrolladas y no tener espacio en el discurso económico ortodoxo de los países industrializados?

Por otra parte, es necesario insistir en que para la explicación de la realidad económica y, por tanto, para una correcta formulación de la política económica, no basta con tomar en consideración los factores estrictamente económicos; la realidad no se explica exclusivamente con las estadísticas usuales de producción, empleo, inflación, comercio exterior, etcétera, sino que han de tomarse en consideración los demás factores sociales, institucionales, culturales, políticos, etcétera, relevantes al fenómeno, y tan difíciles de apresar para los entusiastas de la simplificación economicista.

Además la política económica aplicada en muchos países subdesarrollados a lo largo de los últimos años se ha efectuado al dictado de organismos internacionales y por expertos con propuestas y formulaciones muy en la línea de lo que continúa defendiendo Donges, olvidándose las consecuencias de la muy importante destrucción de la planta industrial nacional en esos países como resultado de dichas políticas (recuérdense los casos de Chile, Argentina o Uruguay, por ejemplo), y su mayor incapacidad actual para sustentar un proceso autónomo de crecimiento económico y desarrollo. Esos países, entre otros, han conocido hasta qué punto el dogmatismo monetarista de seguidores de un premio Nobel de Economía (Miltor Friedman) puede hipotecar durante décadas el desarrollo económico, social y político de sus pueblos.

La intervención pública

El cariño y entusiasmo con que los neoliberales nos muestran los éxitos de Corea del Sur, Taiwan, Singapur o Hong Kong, con altas tasas de crecimiento en los años de crisis, y presentados como ejemplos de adecuada aplicación de políticas económicas neoliberales, les lleva a omitir que tales procesos se han conseguido gracias a la fuerte presencia e intervención pública en apoyo de asociaciones empresariales locales y transnacionales, con utilización de criterios proteccionistas (algo bastante alejado de la idílica alusión a la llamada libertad del mercado); condiciones de extrema sobreexplotación de la mano de obra; trato especial en la financiación por parte de la banca norteamericana; interés específico de Estados Unidos por razones geoestratégicas en esa zona del sureste asiático, y fuerte autoritarismo sindical y político, con negación de derechos humanos fundamentales. En conjunto, un modelo de industrialización de enclave para la exportación mundial, asociado al capital transnacional, claramente no generalizable para todos los países subdesarrollados como alternativa de desarrollo.

¿O es que pueden convertirse todos los países subdesarrollados en productores de microchips, ingenios electrónicos o laboratorios genéticos?, ¿para vendérselos a quién?

Estamos de acuerdo con Donges en que el análisis económico no tiene por qué limitarse a constatar que hay subdesarrollo, pero nos parece imprescindible explicar las circunstancias que perpetúan dicho fenómeno, así como el funcionamiento interno de dichas sociedades subdesarrolladas, pues sin ello cualquier estrategia que se proponga puede ser errada, y así se ha demostrado cuando en los países subdesarrollados se ha tratado de imitar modelos de desarrollo de los países industrializados. No se puede hacer una política de desarrollo correcta sin conocer pues las circunstancias y causas reales del subdesarrollo, y ello no significa quedarse en la mera constatación del fenómeno.

No estamos de acuerdo, sin embargo, en la afirmación de que "subdesarrollo en el mundo lo ha habido desde comienzos de la humanidad, también en los países hoy industrializados", pues la expresión de subdesarrollo se utiliza como contrapuesta a otra situación, la de desarrollo (o países desarrollados), y cuando en los países hoy industrializados se daban condiciones de riqueza material significativamente menores a las actuales, no existían otros países desarrollados respecto a los cuales se pudiese definir su situación de subdesarrollo relativo.

La cuestión no es pues meramente semántica, sino que se sitúa en el centro de la polémica que aquí nos trae. Es por tanto necesario reiterar que el subdesarrollo no es la pobreza, ni el atraso, sino la estructura deforme, extravertida y desarticulada, conformada en la periferia de la expansión colonial capitalista, tras la primera revolución industrial británica y en su fase de expansión mundial posterior. Estas tesis están ya generalmente aceptadas entre expertos, científicos y estudiantes de los temas del desarrollo y el subdesarrollo, aunque no nos sorprende que sean desconocidas por los economistas neoliberales.

Opiniones como las que formulamos también son compartidas por economistas y científicos sociales prestigiosos, que no por casualidad han vivido o viven en países y regiones subdesarrollados. Pero sobre todo son compartidas por la esperanza y las ilusiones de los desconocidos que nunca llegarán a premios Nobel y que, sin embargo, saben, como dice Mario Benedetti, que: "...con todos sus laureles, el Norte es el que ordena... / pero aquí abajo, abajo; cerca de las raíces... / con su esperanza dura, el Sur también existe".

Francisco Alburquerque es investigador del CSIC en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla. Francisco Ferraro es profesor titulado de Estructura Económica de la universidad de Sevilla.

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