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Ramón Rufat

Un ex espía de la Generalitat que depende de 'la gracia' del presidente Pujol para conseguir una pensión

Ramón Rufat tenía 19 años y estaba batallando en el frente de Huesca cuando la Consejería de Defensa de la Generalitat le pidió que se incorporase al Servicio de Información Militar. Su cara de niño bien convirtió a este aragonés de la CNT en espía. Su misión: infiltrarse en la zona nacional y recoger información. Esa misión le valdría, al acabar la guerra, 18 años, 7 meses y 21 días de prisión. Ahora, Rufat depende de la gracia de Jordi Pujol para conseguir una pensión que le ha sido jurídicamente denegada, ya que le piden que su nombre aparezca en algún boletín oficial.

A Ramón Rufat le detuvieron los nacionales cuando intentaba salir de Zaragoza, lo sometieron a un consejo de guerra y lo condenaron a muerte dos veces, una "por espía" y otra "por perverso". "Yo tenía carita- de niño bien y les sentó fatal que fuera rojo, supongo que por eso me condenaron a muerte por perverso, además de por espía".Ramón Rufat comenzó su carrera de espía en octubre de 1936. La Consejería de Defensa de la Generalitat le pidió que se incorporara al Servicio de Información Militar (SIM). "Necesitaban muchachos que pudieran pasar por militares de derecha. Yo no quería dejar el frente. Estaba luchando, y lo de pasar al SIM me parecía como desertar". Con 19 años y carita de buen niño, Ramón Rufat se convirtió en Ramón Mir, y con documentación falsa pasó más de 100 veces de la zona republicana a la franquista.

Al principio, la misión de Rufat era únicamente acompañar a militares de las brigadas internacionales a terreno enemigo. "La mayoría eran rusos y, claro, yo tenía que dar la cara y contestar si a algún campesino se le ocurría preguntar algo". Poco después fue elevado al cargo de agente de información en solitario, en el frente de Aragón. Ya era espía. "En ocasiones informaba de las mismas cosas hasta tres o cuatro veces. Pasé la localización de una base antiaérea alemana y de su depósito de municiones cuatro veces. Pero si no teníamos aviones, ¡cómo íbamos a bombardear!".

La Generalitat tenía incluso una escuela de espías. "Estaba en la Rambla de Cataluña. Allí nos daban conferencias, nos explicaban las características de los aviones y barcos del enemigo, nos enseñaban a sacar fotografías...". Rufat aún se acuerda de una pequeña Leika con la que fotografió muchos secretos militares. También recuerda los intentos de modernizar el espionaje, utilizando radios y palomas mensajeras. Pero ni las radios ni los pichones acabaron la guerra en el SIM. Sólo unos cuantos, hombres de ideas republicanas, vestidos de alféreces y tenientes nacionales, consiguieron pasar información hasta el final. Contaban con sus pequeñas Leika, sus falsos pases, algunos enlaces y una enorme resistencia física.

Las prisiones

Sus excursiones acabaron un mes de diciembre de 1938 en el frente de Teruel. "Me detuvo un teniente de la Guardia Civil que días antes me había llevado en su coche desde Santa Eulalia (Barcelona) hasta Zaragoza. Cuando me vino a detener, el hombre no se podía creer que fuera un espía rojo. Él pensaba: si éste cuenta que yo lo he traído hasta aquí, me fusilan a mí primero. Y así estuvimos unos días: que si te detengo, que si no te detengo".De espía de la Generalitat, Ramón Rufat pasó a ser un experto en prisiones: Alcalá, Ocaña, el Dueso, Yeserías... Todos esos nombres y algunos más están en su lista de penales conocidos en sus 18 años, 7 meses y 21 días de preso político. Sus dos penas de muerte le fueron conmutadas, primero por la de 30 años de reclusión y luego por la de 20.

Tras seis años de prisión, Rufat se falsificó su propia libertad y consiguió salir de Yeserías. "Sólo estuve un año en libertad, porque al salir me integré en la lucha clandestina de la CNT y volvieron a detenerme". Después de cumplir 13 años más de cárcel, Rufat consiguió finalmente la libertad, pero ya no quiso quedarse en España. "Estaba harto de España. La gente ya se había acostumbrado a fingir y a mí el ambiente de la calle, con tanto cura y tanto guardia civil, no me gustaba".

Rufat salió de la cárcel, se casó, y fue andando hasta la frontera francesa. Allí le esperaba su mujer con dos billetes de tren para París. Permaneció en Francia hasta la muerte de Franco, momento en que decidió volver a España.

Ahora Rufat vive en un pequeño piso cerca de las ramblas de Barcelona, con su mujer y su hija, y reclama a la Generalitat una pensión que cree merecer. Sus manos, deformadas por la artritis, se mueven sin cesar cuando afirma que Ramón Rubial, presidente del PSOE, y Juan Manuel Molina, ex subsecretario de la Consejería de Defensa de la Generalitat, han certificado su paso por el Servicio de Información Militar. "¿Qué más quieren? En un boletín oficial no va a salir el nombre de un espía". Un espía al que Petit, en su libro Los espías españoles, dedica varias páginas, y que en otro texto anterior incluso fue dado por muerto: "Yo le llamé y le comuniqué que estaba vivito y coleando, y el hombre, asombradísimo, me invitó a comer".

* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 21 de mayo de 1984