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La Tierra se calienta

El calor es noticia. Las altas temperaturas registradas en el presente año en Europa en general, y España en particular, hacen recapacitar sobre posibles causalismos en los que la energía utilizada tan indiscriminadamente en nuestra época podría jugar una baza importante.«Cuando, un chino estornuda en Pekín, nieva en San Francisco». Este proverbio de profunda raigambre científica en lo concerniente a interrelaciones causa-efecto que se dan entre todos los componentes físicos y químicos de nuestro complicado pero limitado mundo, puede inducir a hacernos tomar conciencia de que cualquier cambió por pequeño que parezca a corto plazo, puede llevar a situaciones irreversibles del medio ambiente.

De rabiosa actualidad es todavía el informe presentado por la OMM (Organización Meteorológica Mundial) en el que se prevé un aumento considerable de las temperaturas de la baja atmósfera en el próximo siglo. Los hechos indicaban en un principio que la temperatura media del aire en la superficie de la tierra ha aumentado ligeramente, desde finales del pasado siglo, y que se alcanzó un nivel máximo alrededor de los años 40 fecha a partir de la cual dicha temperatura parecía decrecer poco a poco. Sin embargo, el mencionado informe dictado por el Comité Ejecutivo de la OMM no puede ser más concreto al respecto: es un hecho el sentido ascendente del nivel térmico atmosférico.

El efecto de invernadero

Así se podría definir la función, del al parecer, principal responsable de este trastorno climático a nivel mundial: el bióxido de carbono. Esta posibilidad ha sido objeto de estudios detallados en los últimos años. El bióxido de carbono, uno de los principales productos resultantes de las combustiones de los derivados del petróleo y carbones tiene la propiedad de ser transparente a las radiaciones solares (radiaciones de onda corta), que calientan la superficie del suelo terrestre, pero retiene las radiaciones infrarrojas (radiaciones de onda larga) que el suelo, una vez calentado, emite al espacio. Es pues, como si el calor quedase atrapado por una especie de capa invisible entre ella y el suelo. Es sabido que el mayor peso específico del bióxido de carbono en relación con otros componentes del aire lo hace mantenerse en niveles muy bajos. Es válido pues, el símil de este efecto con el que pretenden los invernaderos, el de mantener una temperatura apropiada para el mejor desarrollo de las plantas.Según el citado informe, el bióxido de carbono ha aumentado en los últimos 50 años en un 10 por 100, y continúa en aumento. Es lógico pensar consecuentemente en una elevación progresiva de las temperaturas medias.

Y de este parecer es, entre otros, el profesor Panofsky, de la Universidad de Pennsylvania, autoridad mundial en temas relacionados con la contaminación del medio ambiente, que manifestó en una sesión dedicada a los efectos de la contaminación atmosférica sobre los climas, que de seguirse la tónica actual, es previsible para el año 2000 una elevación en dos grados centígrados en las temperaturas medias.

La baza energética

Pero hagamos una pequeña aproximación cuantitativa al tema que nos ayudará a comprender la magnitud e importancia del proceso que todos los seres (o la mayoría) de una época tan industrializada como la nuestra estamos empeñados en realizar.Se estima que en 1970 (según datos de la OMM) la producción de energía mundial reducida a toneladas de carbón equivalía aproximadamente a 7.500 millones. Dicha cifra equivalía a. la diezmillonésima parte de la energía solar recibida por la Tierra en un año. Aunque en principio, y desde un punto de vista climatológico, esta cifra podría ser considerada como despreciable, hay que tener en cuenta por un lado que va en un aumento aproximado de un 6 por 100 anual; por otro, que aparte del incremento indirecto de las temperaturas por el correlativo en las emisiones de bióxido de carbono está el directo por emisiones térmicas (siguiendo constante las radiaciones solares) y que dichos valores se concentran en zonas críticas como son las urbanas e industriales.

En algunas de las ciudades más importantes del mundo, la energía artificial difundida es ya mayor en más de un 10 por 100 a la solar recibida en dicha área urbana. Previsiblemente, en los próximos 30 ó 40 años habrá zonas donde la energía artificial tendrá la misma importancia que la radiación natural y aquélla llegará a representar a nivel continental el 1 por 100 de la energía solar recibida. En los próximos 100 años podría llegar a representar el 10 por 100. Calcúlese grosso modo en relación a los efectos directos e indirectos antes mencionados la posible repercusión en la climatología mundial.

porque, haciendo caso a Panofsky, un aumento de dos grados centígrados en la temperatura media mundial en lo que queda de siglo, ya puede repercutir directamente de forma negativa en nuestros recursos animales y vegetales (entre otras formas, aumentando las zonas áridas). Sabido es que el primer efecto de un aumento térmico es un descenso correlativo en el nivel de humedad, y consecuentemente en el nivel de precipitaciones atmosféricas. Habría que empezar a preguntarse del porqué últimamente respecto de los trastornos climáticos (léase por ejemplo las sequías que registran algunas áreas del continente europeo) que tienen lugar en nuestra congestionada tierra. Hay quien sostiene la teoría del ciclo de los 14 años de sequía en la que el 79 sería el tope de la mala racha que últimamente en lo referido a lluvia llevamos, por ejemplo en España. Pero más bien habría que preguntarse volviendo al tema, por los posibles efectos de una indiscriminada política de desarrollo energético. Nuestro mundo en general y nuestra atmósfera en particular constituyen medios excesivamente limitados en los que la improvisación, tan usada hasta la fecha, debe comenzar a brillar por su ausencia.

Y parece ser que no acaban aquí los posibles efectos de un aumento en el nivel medio de temperaturas. No falta quien habla de un paulatino, pero peligroso, incremento del nivel de los océanos a causa de la progresiva fundición de los casquetes polares y de los hielos de las altas montañas. Como se puede comprobar, no son efectos despreciables para empezar a combatirla o las posibles causas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 1976

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