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Columna
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Vaya cínicos

Los altos magistrados de nuestro país y el Papa comparten una actitud similar en, respectivamente, Gürtel y pederastia. Recurren a una interpretación torticera de las leyes de los hombres y de las palabras de su Dios. Los togados hociquean en el derecho en busca de trucos legales para impedir que se haga justicia, y el investido como jefe de los católicos utiliza las palabras de Jesús sacándolas de contexto.

No voy a insistir en el lamentable estado de los más elevados tribunales españoles. Sigo con entusiasmo las clarificadoras tribunas de Ignacio Sánchez-Cuenca en este periódico, y a ellas me remito y les remito. No se puede contar mejor lo que nos pasa en ese coto privado, establecido en lo público, en ese compincheo antidemocrático.

Al Papa le tengo ganas. Su declaración en torno a los últimos escándalos del clero católico, su amparo en la frase evangélica "el que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra", clama a los cielos, dicho sea con afán redundante. O Ratzinger es un ignorante, que no lo es, o es más malo que un dolor. Hay que tener la conciencia aparcada en un spa en Baden-Baden para, llegado el momento de hablar de los pederastas de su camada, recurrir a las palabras que Cristo pronunció para defender a una mujer adúltera de sus puritanos lapidadores. Hasta el más lerdo sabe que para los abusos con los niños existe una dura sentencia de Jesús: "Ay de quien escandalizare a estos pequeños: más le valdría atarle al cuello una rueda de molino de asno y que lo hundieran en el fondo del mar".

Gracias al Papa, esta frase pronto será olvidada. Antes lo fue la del camello, la aguja, el rico y el paraíso. Lo que nunca muere es lo de siempre: a Dios rogando, y con el mazo dando. Con el de someter, con el de engañar, con el de mal juzgar.

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