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Columna
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Erotismo

Manuel Vicent

Dentro de unos años, cuando este verano de 2011 se convierta en humo, la matanza de Oslo, las tiendas de campaña de los indignados en la Puerta del Sol, la rebelión de las masas en los países árabes, la convulsión de los mercados financieros, las revueltas de las bandas incendiarias del suburbio de Londres, esos sucesos quedarán flotando en el aire, pero dentro de ese humo permanecerá una imagen indeleble. Este será, tal vez, aquel verano en que una multitud de jóvenes católicos de todo el mundo se derramó por las calles de la capital de España como un inmenso plato de arroz con leche impulsado por un turbión de hormonas. De ese fenómeno religioso, turístico, no exento de un erotismo morboso, quedará en la memoria una estampa insólita en los papeles amarillos, la de una ceremonia papal y la misa de un cardenal celebrada en la plaza principal de Madrid con una diosa pagana en la espalda, tirada por dos leones como único altar. La Cibeles era en la antigüedad la divinidad de la naturaleza, llave de la muerte y de la resurrección, a la cual estos jóvenes que asistieron a la concentración católica habrían adorado hace dos mil años. La Cibeles está acostumbrada a cualquier clase de irracionalidad que se produzca en Madrid. Durante la Guerra Civil tuvo que guarecerse de las bombas fascistas bajo una montaña de sacos terreros; después, en tiempos de paz, hay que protegerla con una poderosa valla para que no la devore la pasión de los hinchas del Real Madrid, que la han elegido como icono de sus triunfos. En el incierto verano de 2011, esta diosa se ha visto de nuevo atacada por la locura de una multitud frenética que esperaba del cielo una extraña salvación. Como en los grandes conciertos de rock funcionaron las mangueras cuya espuma se pegaba a las camisetas y marcaba los senos de las monjas y muchachas locas por Cristo. El cardenal Rouco esperaba que de esta concentración salieran muchas parejas. La Iglesia acaba de descubrir el erotismo católico, alentado con morbo al pie de la Cibeles por ese traficante espiritual llamado Kiko. "¡Que suban al altar solo las chicas más bonitas!", gritaba este bulero muy salido. El verano de 2011 será aquel en que la Cibeles tuvo que soportar otro bombardeo sin que la cubrieran con sacos terreros.

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Sobre la firma

Manuel Vicent
Escritor y periodista. Ganador, entre otros, de los premios de novela Alfaguara y Nadal. Como periodista empezó en el diario 'Madrid' y las revistas 'Hermano Lobo' y 'Triunfo'. Se incorporó a EL PAÍS como cronista parlamentario. Desde entonces ha publicado artículos, crónicas de viajes, reportajes y daguerrotipos de diferentes personalidades.

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