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España: sartén y nevera

Los termómetros de nuestro país saben mucho de extremos. Con pocos meses de diferencia, pueden marcar temperaturas superiores a los 45 grados o inferiores a -30. Y en cuanto a las lluvias, pasa algo parecido: o nos ahogamos o hay sequía. Y vamos a peor.

Pregunta para los que han vuelto al trabajo: ¿quién se acuerda ya del verano? ¿El estrés le ha borrado los recuerdos? Pues existió, nos hizo sudar la gota gorda y provocó que las botellas de agua se convirtieran en perennes. Lea los titulares de EL PAÍS: "Siete personas han muerto por el calor este verano" (31 de agosto de 2010), "Barcelona suda a 40 grados" (28 de agosto), "La temperatura más alta de los últimos cien años" (28 de agosto). Pero este último titular se refiere a Valencia, donde se alcanzaron los 43, la temperatura más elevada en esta ciudad desde que la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) cuenta con datos, hace ya más de un siglo. El verano, por suerte para muchos, está a punto de huir. Vendrán, más pronto que tarde, las noches heladas, la calefacción y las lluvias.

España, sartén y nevera. Un país que, en la mayor parte de su territorio, cuenta con estaciones disparatadas, con muchas diferencias térmicas. Lo pone de manifiesto un reciente estudio de la Aemet con vocación histórica: Resumen de los extremos climatológicos en España. Y una de las palmas se la lleva Murcia. El valor más alto medido en las capitales de provincia corresponde a los 47,2 grados de la ciudad bañada por el río Segura (calle de Alfonso X) el 4 de julio de 1994, seguida por los 46,6 registrados en los aeropuertos de Córdoba y Sevilla el 23 de julio de 1995. ¿Qué pasa en Murcia?

Primer extremo: calor

En esta ciudad rodeada de huertas y montañas, el pasado domingo 29 de agosto, a las cuatro de la tarde, los termómetros marcaban 31 grados. Mucho para algún que otro turista rojo y con bermudas y gafas de sol. Poco para unos ciudadanos acostumbrados al sofoco.

Comentario 1 de un murciano, Carlos Borja: "En un día de mucho calor no hace falta despertarse porque no habrás dormido. La humedad convierte tus sábanas en un océano, y tus movimientos, en unas maniobras pegajosas. A partir de las once de la mañana, la ausencia de oxígeno se hace insoportable. A la calle de Alfonso X, en el centro, súmale el tráfico y el efecto de los aparatos de aire acondicionado. El calor es muy húmedo. Murcia es la ciudad-cocido. Pero cocido a fuego lento". Comentario 2 de una murciana, Isabel Andreo: "Murcia es un pequeño infierno. A finales de agosto, salí un viernes sobre las diez de la noche a dar una vuelta y me tuve que volver por donde había venido. No se podía apenas respirar. Lo único que podemos hacer es buscar aire acondicionado. Aunque la verdad es que algunos ya estamos aclimatados y aguantamos lo que nos echen".

Solo cabe la resignación, porque el calor seguirá pegado a las camisas de la ciudad. Antonio Ruiz de Elvira, catedrático de Física de la Universidad de Alcalá de Henares y experto en paleoclimatología, explica que tanto bochorno se produce porque la huerta murciana es una zona muy regada, húmeda, con muchos canales, y eso origina vapor de agua, que se convierte en calor porque no consigue alcanzar las capas altas de la atmósfera. Lo mismo pasa en el valle del Guadalquivir. Con el agravante de que los vientos del Sáhara entran por su desembocadura debido a la circulación de la Tierra. Coincidencias de la madre naturaleza.

Volviendo al estudio, en él aparecen datos que superan el récord de Murcia. Es el caso del registrado en Sevilla el 11 de julio de 1873: 49,8 grados. Pero se duda de su validez, ya que se desconocen las condiciones en que se hacían las medidas. "No tenemos garantías de que el termómetro y el lugar donde se colocó fueran los adecuados", recalca el profesor Ruiz de Elvira. "Para que sea fiable, ha de estar calibrado, a un metro de altura y en una garita ventilada con celosía abierta. Si cogemos un termómetro de casa y nos ponemos al sol durante un rato, el resultado también será erróneo".

Las olas de calor a veces no perdonan. La del verano de 2003 marcó un antes y un después, porque, aunque no fue la más intensa desde que se tienen registros, sí fue la más persistente. La fachada mediterránea y el suroeste peninsular aguantaron 65 noches tropicales (o sea, por encima de los 20 grados), Madrid soportó 46, y San Sebastián, 13. ¿Por qué se producen? "Por la penetración en altura de un anticiclón que suele venir del norte de África", responde Antonio Mestre, jefe de climatología de la Aemet. "No es algo anómalo en España. Sucede con mucha frecuencia". Lo raro es cuando la canícula alcanza otros países europeos situados más al norte. Sucedió en agosto de 2003 con Reino Unido, Holanda o Francia. Otro titular: "La ola de calor deja varios centenares de cadáveres sin reclamar en París" (25 de agosto de 2003). Lo único bueno parece que fue la producción de sal, que resultó ser histórica: con el mercurio por los cielos, las balsas de desalación llegaron a alcanzar los 50 grados. Así aumentó la evaporación del agua del mar y se consiguieron ingentes cantidades de este mineral. Los ciclos naturales se volvieron locos.

Segundo extremo: frío

Si en verano poner el pie en la calle a las cuatro de la tarde da miedo, en invierno sacar la mano sin guante por la ventana puede dar aún más susto. Lo saben los habitantes del interior de la Península. El informe de la Aemet localiza las temperaturas más bajas en la meseta castellano-leonesa. A medida que uno se acerca al litoral mediterráneo, las temperaturas suben. Las zonas con medias más elevadas son, exceptuando las islas Canarias, las del bajo Guadalquivir, las costas del Sur y las Baleares, según las temperaturas medias anuales entre 1971 y 2007. Atención a los datos: los valores más bajos se han registrado en ambas mesetas, sobre todo en Castilla-León y Aragón. Aparecen -30 grados en Calamocha (Teruel) el 17 de diciembre de 1963 y -28,2 en Molina de Aragón (Guadalajara) el 28 de enero de 1952. Gonzalo Puentes vive en Teruel capital y es muy gráfico: "Tienes la sensación de que tus manos y tus pies han dejado de recibir sangre y te los van a amputar. Los oídos te duelen y crees que te vas a quedar sordo. Afortunadamente, los que vivimos aquí ya nos las sabemos todas y sabemos que no nos va a pasar nada de eso. Pero si viene alguien de fuera, se asusta".

El caso es que en los picos hace menos frío que en los valles, matiza Antonio Mestre: "El valle se enfría de noche más que la cima cuando el viento está calmado y el cielo despejado. A eso hay que unir que estamos a mucha altura y lejos del efecto de los mares, que suavizan el clima".

Tercer extremo: lluvia

El cielo parece entrar en furia cuando descarga granizos como pelotas de tenis y lluvias como si no existiera un mañana. Las precipitaciones más abundantes se concentran, según el estudio de la Aemet, en las vertientes mediterráneas, donde el 3 de noviembre de 1987 se registró la máxima de España: 817 litros/m2 en Oliva (Valencia). El valor máximo en la cornisa cantábrica es el de Oyarzun (Guipúzcoa), con 313,5 litros el 14 de octubre de 1953. Los índices de precipitaciones máximas diarias se dieron en la provincia de Valencia del 3 al 4 de noviembre de 1987, con más de 750 litros/m2 de media. Podría llamar la atención que los valores máximos diarios registrados en el norte de España son bastante inferiores a los del Mediterráneo. Esto se debe a que en el Levante las lluvias son principalmente torrenciales, y en el norte, más continuas, uniformes y repartidas en periodos largos de tiempo. Por eso, los extremos de precipitaciones medias anuales entre 1971 y 2007 se encuentran en Vigo (1.863,6 litros/m2), Santiago de Compostela (1.859,3) y San Sebastián (1.530). Las mínimas pertenecen a Almería (193,4 litros/m2) y Alicante (288,4).

La conclusión es que llueve más fuerte en el Levante que en el Cantábrico. En el norte de España, las montañas están a cinco kilómetros del mar. La brisa marina levanta vapor de agua, que sube a las cimas y provoca precipitaciones. Así de fácil. Antonio Mestre explica que "el Mediterráneo es una fuente de energía que se recalienta mucho". Esa energía se libera al final del verano por la dinámica de la atmósfera (masa inestable, viento del Este cálido) y da lugar a las lluvias torrenciales o gota fría. Y no sucede en otras zonas. Toda la costa del Atlántico también atrae las precipitaciones. Sin embargo, el clima es seco en ciudades como Zaragoza porque no está cerca del océano.

Pero este año ha llovido en algunos puntos de Andalucía (ejemplo del valle del Guadalquivir) como nunca lo había hecho. Los ríos se desbordaron y el agua anegó las casas hasta casi los dos metros de altura. Ocurrió en diciembre, febrero e incluso agosto. En Jaén, Córdoba, Granada, Sevilla y Cádiz. Antonio Ruiz de Elvira es rápido en contestar: "La causa es el cambio climático: el Polo Norte se calienta y los chorros de aire que antes empujaba el Atlántico hacia el Atlas, ahora los lanza sobre la Península". Ruiz de Elvira vaticina que estos fenómenos se reproducirán en los próximos diez años. El calentamiento no perdona. En España, el clima se ha empezado a secar desde 1950. Ruiz de Elvira aporta cifras: "La media de lluvias en la España seca ha bajado en 50 años 1.000 litros. A final de siglo bajará 300 litros". Eso, técnicamente, se llama desierto. El extremo final.

Vecinos de Alhaurín de la Torre rescatados tras unas lluvias torrenciales en febrero
Vecinos de Alhaurín de la Torre rescatados tras unas lluvias torrenciales en febreroDANI PÉREZ

¿Y qué hay del futuro?

Si el calor, el frío y la lluvia pueden ser hoy fenómenos vehementes, los expertos anuncian que lo serán aún más en el futuro. Stefan Fesser, responsable del área de cambio climático de la ONG Acciónatura, explica algunas consideraciones que la meteorología pondrá sobre la mesa:

Clima no es tiempo. "Mientras el tiempo hace referencia a las condiciones transitorias reinantes (fluctuaciones de temperatura, humedad y presión, entre otras, en un día o semana concreta en un lugar concreto), el clima comprende una perspectiva a largo plazo (de 20 a 30 años). Que haya un episodio de calor o frío extremo no es tan relevante. El problema es que esos fenómenos se producen cada vez con mayor frecuencia, que las medias anuales van en aumento o que las precipitaciones tienden a la baja".

Humanos alterados. "Los efectos del cambio climático son tan transversales que realmente afectan a todos los sectores de nuestro día a día: agricultura, comercio, turismo, salud, migraciones... Notamos que todos los ciclos están desequilibrados, desde las épocas de floración hasta las de reproducción de los insectos asociados. Los cambios afectan a animales y plantas más grandes, hasta que llegan a las personas. Dependemos de una biodiversidad y unos ecosistemas que operen correctamente. La naturaleza no tiene ningún problema en sobrevivir a este cambio climático. A la larga, se estabilizará en un nuevo equilibrio, pero ¿podremos hacerlo nosotros?

Turismo en crisis. Las cada vez más frecuentes e intensas olas de calor y sequías pueden desmotivar la contratación de vacaciones en el Mediterráneo en verano, así que los europeos del norte se relajarán en destinos de su propio país. La temporada alta de vacaciones en España se trasladará a la primavera y el otoño. Las zonas más vulnerables en España son la costa (turismo de sol y playa) y las zonas de montaña (turismo de nieve)".

Adiós a las verduras: "El sector de la agricultura se verá muy afectado. Será inviable o poco recomendable seguir cultivando según qué especies en ciertas zonas. El cambio climático provocará un aumento de las temperaturas de hasta seis grados en España, dentro de 60 años, en los meses de junio, julio y agosto. Tendremos que cambiar nuestros hábitos de consumo. Habrá mayores restricciones de agua en nuestras casas. No hay excusas para no instalarse hoy mismo ahorradores en todos los grifos.

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