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Crítica:IDA Y VUELTA
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Días en Lisboa

Antonio Muñoz Molina

A veces una historia va revelándose despacio a partir de un indicio trivial que permanece mucho tiempo guardado, como un objeto que una persona mañosa encuentra por la calle y lleva un tiempo en el bolsillo y luego deja en un cajón, sin buscarle una utilidad, pero sin decidirse a tirarlo.

Pero también sucede, aunque no tanto, que la historia aparece completa delante de uno, como si uno mismo no hubiera tenido parte en su invención, tan sólo hubiera tropezado con ella. Me ha sucedido una tarde de domingo, mientras leía junto a una ventana por la que entraba una brisa cálida de verano adelantado, apartando de vez en cuando los ojos del libro para mirar el verde intenso de unas copas de árboles ligeramente diluido en la neblina húmeda, la tarde de principios de mayo que ya parece del verano tropical de Manhattan, y que me hace sentir más tangible la otra ciudad que he visto mencionada en el libro, Lisboa: ciudades portuarias con grandes ríos que anuncian la anchura próxima del mar.

Una historia empieza siendo la figura de alguien recortada contra un fondo más bien impreciso: un recién llegado, llevando una maleta ligera, un extranjero evidente que sin embargo no parece un turista, que baja de un taxi en alguna de las plazas con estatuas de la ciudad y se queda desconcertado por su amplitud, deslumbrado por la claridad de la mañana. La realidad nos suministra su catálogo habitual de detalles comunes que pueden ser novelescos. La fecha es el 7 de mayo de 1968. El extranjero destaca en seguida entre la gente de Lisboa, pero no por su rareza, sino al contrario, por su esmerada normalidad. No es alto ni bajo, grueso ni delgado, atractivo ni feo, distinguido ni vulgar. Viste un traje oscuro, camisa blanca, corbata. Tiene el pelo corto, peinado hacia atrás, con algo de brillantina. Lleva unas gafas de montura de concha. La recepcionista del hotel barato en el que se registra observa que lleva las mismas gafas en la fotografía de su pasaporte, pero en los días sucesivos no vuelve a verlo con ellas. Viene de Londres, dice, pero su pasaporte es canadiense. Habla separando apenas los labios y ladea la cabeza como para ofrecer la menor ocasión posible de reconocimiento. Su nombre es Ramon George Sneyd.

Tendrá que esforzarse por escribirlo y decirlo con naturalidad porque el cansancio de tantos viajes y la tensión sin sosiego en la que lleva viviendo desde no recuerda cuándo pueden hacer que se confunda con el otro nombre que ha tenido hasta hace muy poco, casi igual de improbable, Eric Starvo Galt, aunque también John Willard, Paul Bringham, Harvey Lowmeyer. Ha ido dejando esos nombres en los libros de registro de los hoteles casi siempre sórdidos en los que se ha alojado en el último año: en México, en California, en el Sur, en Toronto, en Londres. En alguno de ellos ni siquiera había libro de registro. Al llegar a una ciudad este hombre con aspecto entre de profesor o de funcionario venido a menos tiene siempre el instinto de encaminarse hacia la zona más dudosa, donde haya restaurantes de comida grasienta, tiendas de empeño y de licores que no cierran en toda la noche, bares con poca luz, prostíbulos. Con su traje y su corbata, con su aire tan digno, sus gafas de concha, siempre parece fuera de lugar, y no habla con nadie, salvo con las mujeres a las que les regatea el precio antes de seguirlas con su aspecto furtivo hacia alguna habitación de alquiler. En Lisboa pensaba encontrarse a salvo, pero se siente perdido. No habla portugués y cada vez le queda menos dinero. Una de las primeras cosas que ha hecho al llegar ha sido buscar los kioscos en los que se venden periódicos americanos y británicos. Vuelve al hotel por la mañana con los periódicos bajo el brazo y ya no sale en todo el día. Cuando la mujer de la limpieza entra en la habitación encuentra la cama hecha y el suelo lleno de hojas de periódicos. En su maleta hay, aparte de unas pocas prendas muy limpias pero muy remendadas, un libro sobre hipnotismo y otro sobre los poderes que las nuevas computadoras electrónicas podrán añadir al cerebro humano. También los cuadernillos de un curso de cerrajería por correspondencia y una o dos novelas de espionaje en ediciones de bolsillo de segunda mano.

Los días en Lisboa de este hombre que ahora se llama Ramon George Sneyd y hasta hace poco se llamó Eric Starvo Galt son en gran medida un espacio en blanco. Por eso me seduce tanto leer sobre ellos. Son tan vacíos como la cara Sneyd o Galt o Lowmeyer o Willard en las fotos, como las habitaciones de hotel que frecuenta. Me hace acordarme del verso de Borges: Detrás del rostro que nos mira no hay nadie. De las pocas cosas que se saben seguras es que llegó a la ciudad el 7 de mayo y se marchó el 17, en un vuelo de regreso a Londres, y que recorrió los bares de marineros y los muelles buscando un carguero en el que pudiera huir hacia África.

Poco más de un mes antes, el 4 de abril, en la ciudad de Memphis, en Tennessee, se había registrado en un hotel ínfimo de trastornados y borrachos en el que resultaba más chocante que nunca su buen aspecto, su digna reserva un poco gastada. Llevaba un paquete alargado envuelto en una colcha vieja. En su interior había un rifle de cazar ciervos que había comprado esa misma mañana sin necesidad de mostrar ninguna identificación, tan sólo diciendo uno de sus nombres, Lowmeyer. En el hotelucho había un cuarto de baño compartido e inmundo desde el cual se veía a muy poca distancia el balcón de la habitación de un motel mucho más digno, el Lorraine. En sus paseos por Lisboa, en sus horas de soledad en el cuarto del hotel, el hombre ahora llamado Sneyd recordaría obsesivamente el momento en el que vio en la mirilla de su rifle la cara odiada de Martin Luther King, apoyado en la barandilla de su habitación, disfrutando el fresco del anochecer, a las seis y unos minutos de la tarde. Luther King tenía en la mano un cigarrillo que no llegó a encender.

La historia completa, con toda su alucinante riqueza de pormenores verdaderos, la cuenta Hampton Sides en un libro sobre el asesinato de Martin Luther King, Hellhound on His Trail. Lo leo a lo largo de unos días con una impaciencia ansiosa por llegar a un desenlace sobre el que no hay ninguna incertidumbre y al final me quedan esas dos imágenes, esos dos indicios de un relato posible, James Earl Ray pasando diez días inútiles de mayo en Lisboa, Martin Luther King inclinado tranquilamente sobre una barandilla, con un cigarro sin encender en la mano, pidiéndole a un amigo con el que piensa acudir a una fiesta esa noche que se prepare para cantarle en ella su spiritual favorito, el que se escuchará dentro de unos días en su funeral, Take My Hand, Precious Lord.

Hellhound on His Trail: The Stalking of Martin Luther King, Jr. and the International Hunt for His Assassin. Hampton Sides. Doubleday. 480 páginas.

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