El futuro de España también viene en cayuco

Si un ser humano es capaz de cruzar un desierto y un océano para hacerse una nueva vida en este país, ¿por qué no hemos sido capaces de formular mecanismos para que eso ocurra?

Un grupo de migrantes de origen subsahariano llega a Canarias este 6 de octubre.Ramón de la Rocha (EFE)

Antes de que el estallido de crueldad en Gaza deslizara cualquier tema hacia la irrelevancia, a comienzos de octubre, algunos periodistas mostraban las costuras de otra tragedia: el récord de llegadas de inmigrantes a Canarias. El furor provocado por las más de 32.000 personas que solo este año se lanzaron al mar desde África para pisar Europa fue documentado por este y otros medios durante varias semanas.

Los duros testimonios de las travesías, los datos de llegadas y muertes aumentando tras los días, la fragilidad del sistema y los políticos hablando de invasiones, de fardos y de tifus hicieron imposible pensar por fuera del enfoque de “crisis migratoria”. En esta, como en otras emergencias del pasado, todo lo que trae el mar es negativo, problemático o incómodo.

Es difícil encontrar relatos que aborden la esperanza, quizás porque las malas noticias prevalecen y se llevan todas las palabras disponibles. Aquello que se lee con urgencia y se siente imperativo suele devorarse cosas importantes y muy humanas, como los anhelos, el potencial o las capacidades. A nadie se le ocurre decir que el futuro de España también viene en cayuco, y por eso, muy rara vez se le pregunta a las personas migradas —como sugiere Massimo Livi en su libro Breve historia de las migraciones— quiénes son y cuál es su plan de vida.

Este abordaje colectivo se alimenta de al menos cuatro narrativas dominantes. La primera concibe la migración como una amenaza. A bordo de esas precarias embarcaciones viajan potenciales fisuras de la estabilidad social, de la integridad cultural y del patrimonio económico de España. Luego está la migración como condena, en la que los más paternalistas sitúan esas siluetas africanas en un lugar de desarraigo e indefensión. La vulnerabilidad es inherente y por ello hay que salvarles ahora —y habrá que salvarles siempre—.

Todavía la arquitectura normativa de España insiste en perpetuar los limbos en los que un migrante debe demostrar hasta el cansancio que tiene razones para permanecer en este suelo

Después está la migración como un debate economicista, en el que se hacen cuentas para encajar a los extranjeros en el mercado de trabajo, en el argumento demográfico, en la oportunidad fiscal o en la utilidad económica. Sin alguna de esas categorías, resulta injustificable la movilidad humana. Y finalmente, está la ambigua narrativa del buen migrante, que gira en torno a la meritocracia y que bombea ese imaginario de la excepcionalidad, del esfuerzo y el trabajo duro como monedas de cambio para el arraigo. Es una visión etnocéntrica, en la que para ser iguales, debemos ganarnos el derecho a serlo. Si bien reconoce algún potencial en las personas, omite que la casilla de salida no es la misma para todas.

En su conjunto, se trata de construcciones que carecen de una reflexión sustancial: si un ser humano es capaz de cruzar un desierto y un océano para hacerse una nueva vida en este país, ¿por qué no hemos sido capaces de formular mecanismos para que eso ocurra? Todavía nos cuesta, por ejemplo, involucrar a los gobiernos y empresas en la creación de un sistema que vaya más allá de la acogida y la tutela, y se enfoque en el impulso a la capacidad y la autonomía de cada ser humano. Nos cuesta entender, incluso en el sector social más bienintencionado, que “el desarrollo —como explicó el profesor Mbuyi Kabunda— supone ruptura con la dependencia”.

Todavía la arquitectura normativa de España insiste en perpetuar los limbos en los que un migrante debe demostrar hasta el cansancio que tiene razones para permanecer en este suelo, al que llegó jugándose la vida, y mientras tanto la política se atrinchera en prevenir una debacle del sistema y el relato refuerza una y otra vez la categoría de “inmigración irregular”.

A pesar de haberlas visto muchas veces, las fotografías de esos jóvenes que llegan en cayuco— en las que hay cada vez más mujeres y niños— se difunden junto a publicaciones y titulares que les ponderan como una problemática, que ignoran toda esa abundancia en valentía y resiliencia que les condujo hasta las orillas de Canarias. Porque solo vemos la estrechez y la pobreza, porque nos cuesta pensar que han llegado sin otra esperanza que la de no volver, o mejor dicho, que han venido para quedarse, para soñar aquí, para crear aquí y ser un día “los nuevos españoles”. Todavía nos cuesta creer por un instante algo de eso y dedicarles, al menos de bienvenida, unas palabras de optimismo.


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