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Una chavista más manejable

La decisión de Trump de apoyar a Delcy Rodríguez como nueva líder de Venezuela pone de manifiesto que su principal preocupación no es la democracia, sino el petróleo

La historia, a veces, se repite por pura malicia. Por ejemplo, en 1898 Estados Unidos decidió ayudar a Cuba en su larga lucha para independizarse de España y ganó. Los cubanos se mostraron agradecidos, pero no fueron libres todavía. Las tropas norteamericanas controlaban la isla, y Estados Unidos se negó a retirarlas hasta que Cuba aceptara ocho condiciones que presentó e...

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La historia, a veces, se repite por pura malicia. Por ejemplo, en 1898 Estados Unidos decidió ayudar a Cuba en su larga lucha para independizarse de España y ganó. Los cubanos se mostraron agradecidos, pero no fueron libres todavía. Las tropas norteamericanas controlaban la isla, y Estados Unidos se negó a retirarlas hasta que Cuba aceptara ocho condiciones que presentó el senador Orville Platt en 1901 al Congreso. Las cláusulas más importantes de la denominada Enmienda Platt estipulaban que Cuba debía arrendar terrenos a Estados Unidos por tiempo indefinido para que construyera bases navales (de ahí Guantánamo), que no podía firmar tratados con otros países y que EE UU se reservaba el derecho de intervenir militarmente en la isla, para proteger la independencia cubana o mantener un Gobierno estable, cosa que hizo en cuatro ocasiones hasta que, en 1934, se derogaron las humillantes condiciones (pero no el arrendamiento de Guantánamo). El secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de exiliados cubanos, debe de saberse de memoria la Enmienda Platt: el texto quedó grabado en el corazón de todos los isleños, fomentó su ferviente nacionalismo y, durante décadas, contribuyó a que muchos de ellos estuvieran dispuestos a tolerar a Fidel Castro porque era quien se atrevía a desafiar a Estados Unidos.

Hasta el año pasado, esas disposiciones eran la expresión más directa de las ambiciones imperialistas de Estados Unidos, pero ahora Donald Trump ha reformulado y ampliado las condiciones que deben esperar los países sometidos. Poco antes de las dos de la madrugada del tercer día del nuevo año, se escucharon explosiones y el rugido de aviones sobre Caracas. Estados Unidos, reivindicando el derecho a destituir a su antojo al líder de una nación independiente, capturó al presidente de facto de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, y a su esposa, Cilia Flores, y de paso hizo añicos el principio que hace posible la coexistencia internacional pacífica. Todavía era el 3 de enero cuando trasladaron al matrimonio al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn. A Maduro, un hombre bufonesco ya de por sí, lo pasearon llevando una especie de sombrero que seguramente le habría encantado a Goofy. Los periodistas que se reunieron apresuradamente en Mar-a-Lago no sabían casi qué preguntar a propósito de un acto de guerra no autorizado por el Congreso que, en realidad, era un secuestro. (El Gobierno lo denominó “extracción”). Todo ello resultaba grotesco, estúpido y horrible a partes iguales, además de asombrosamente increíble, hasta que nos paramos a recordar lo que ya había dejado claro la Enmienda Platt sobre el concepto que tiene Estados Unidos de sí mismo.

Llevábamos semanas viendo cómo Washington llevaba a cabo el mayor despliegue de poder naval y aéreo de las últimas décadas en torno a las soleadas islas del Caribe, con la intención, pensábamos ingenuamente, de quedarse allí algún tiempo, jugar a ser una superpotencia a costa de los contribuyentes estadounidenses e intimidar a Maduro para que dimitiera. Pero no, el Gobierno de Trump iba muy en serio y a por todas. La prueba fue Maduro con su ridículo sombrero.

María Corina Machado, la tenaz líder de la oposición conservadora venezolana, galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 2025, contribuyó al desastre. En los meses previos a las elecciones presidenciales de julio de 2024, tenía unas encuestas tan favorables que el Gobierno venezolano consideró prudente inhabilitarla como candidata. Machado, que nunca se rinde, nombró al veterano político Edmundo González para que se presentara en su lugar. De acuerdo con prácticamente todos los observadores cualificados, el día de las elecciones ganó por un gran margen a Maduro, el sucesor designado por el expresidente Hugo Chávez, que ocupaba el poder desde 2013 y se proclamó vencedor.

La proclamación fue descaradamente fraudulenta, pero no sorprendió a nadie, y da la impresión de que convenció aún más a Machado de que la transición pacífica a la democracia no era viable. En los primeros días del segundo mandato de Trump, habló con Rubio, un viejo conocido que acababa de ser nombrado secretario de Estado. Rubio es experto en política exterior y un anticomunista de viejo cuño que odia en especial el decrépito régimen socialista de Cuba y a Venezuela, desde hace mucho tiempo aliado y proveedor de combustible de la isla. Maduro nunca iba a permitir unas elecciones justas, insistió Machado; era un presidente ilegítimo, estaba arruinando Venezuela y había que expulsarlo, por la fuerza si era necesario. Después de las elecciones, la líder opositora se había escondido por prudencia, pero en las entrevistas y reuniones por vídeo decía que, si llegaba a ser presidenta, abriría el país a las inversiones extranjeras y sobre todo a las empresas petroleras, a la mayoría de las cuales había expulsado Chávez en 2007.

Sus argumentos estaban en consonancia con las ideas del nuevo Gobierno de Trump, que en su anterior encarnación parecía haber estado poco interesado por Venezuela o en las aventuras en el extranjero en general. En febrero de 2025, poco después de la reunión de Rubio con Machado, y en una decisión que ya no parece casual, Estados Unidos calificó ocho carteles de la droga en América Latina —tres de ellos con miembros que operan en Venezuela— como organizaciones terroristas extranjeras. En agosto, el ejército estadounidense estacionó tres destructores lanzamisiles frente a la costa venezolana y poco después añadió buques de asalto, un portaaviones, miles de soldados y aviones grandes y pequeños. En septiembre, el Departamento de Defensa pasó a llamarse Departamento de Guerra, tres días después de que 11 personas —de nombre y nacionalidad desconocidos— murieran en su lancha motora en el Caribe por un ataque aéreo de Estados Unidos. Desde entonces, han muerto por encima de cien personas más.

Machado aprobó estas actuaciones. Afirmó que la estrategia de Washington era “absolutamente correcta” y que “Maduro inició esta guerra y el presidente Trump está acabando con ella”. Lo dijo después de recibir el Premio Nobel de la Paz y asegurar efusivamente que quien de verdad lo merecía era él. (Rubio y otros siete legisladores republicanos la habían apoyado a ella). Pero Trump, que por motivos inexplicables pensaba que tenía probabilidades de ganar el Nobel, no se lo tomó bien: el director de comunicaciones del Gobierno, Steven Cheung, lamentó en las redes sociales que el Comité del Nobel hubiera antepuesto “la política a la paz” y no le hubiera dado el premio al presidente. El 3 de enero, durante una inquietante rueda de prensa matinal en Mar-a-Lago, Trump dejó claro que ni Machado ni González iban a ocupar el poder: “Ella no tiene apoyo ni respeto dentro del país”.

A Machado hay que reconocerle el mérito de que luchó desde el principio contra Chávez y su sucesor designado y nunca abandonó su país para irse a Miami o a Madrid —aunque eso la obligara a pasar a la clandestinidad—, a diferencia de muchos de sus seguidores de piel clara y vida acomodada, que llamaban a Chávez “mono”. (Él disfrutaba describiéndose como “un poco indio, un poco negro”). Machado, hija de un empresario, podría haber tenido una vida fácil, pero en lugar de eso prefirió quedarse ronca de gritar en interminables marchas de protesta y vivir con intimidaciones y amenazas durante más de 20 años, porque tenía la intuición de que Chávez, el populista de izquierdas que fue elegido presidente por primera vez en 1998, no quería limitarse a uno o dos mandatos e iba a llevar Venezuela a la ruina. Fue valiente, pero también una ingenua si creía que, por pedir la invasión de su propio país, se iba a granjear la gratitud del invasor.

“Nos han robado nuestro petróleo”, declaró Trump a los periodistas ese día. Tiene la profunda convicción de que todo lo que desea —Groenlandia, el Premio Nobel, una mujer— le pertenece, aunque esté enterrado en un país a miles de kilómetros de distancia. Hubo un momento fascinante en el que Trump dejó claro que la invasión de un país no beligerante tenía poco que ver con los derechos humanos, la libertad o cualquier otra cosa que no tuviera valor monetario.

¿Iba a asegurarse de que los presos políticos del régimen de Maduro salieran en libertad? “Vamos a recuperar el petróleo”, dijo. “Nos robaron nuestros bienes como si fuéramos bebés”. El petróleo fue su prioridad en toda la comparecencia. “Vamos a hacer que el petróleo fluya como es debido”. “Venderemos grandes cantidades de petróleo a otros países”. Varios miembros de su Gobierno enumeraron otras riquezas que podrían sacarse de Venezuela: diamantes, tierras raras, oro. Pero los diamantes y las tierras raras se encuentran en zonas de difícil acceso, rodeadas de selva, prácticamente gobernadas por el grupo guerrillero más antiguo del continente, el Ejército de Liberación Nacional colombiano, así como varios grupos más.

¿Iba a haber democracia y elecciones libres? “Vamos a gobernar el país”, respondió Trump sin interés. ¿Gobernar el país, como una fuerza de ocupación? ¿Pero quién estaba al mando allí ahora? Resultó que la persona que Estados Unidos había decidido tolerar o apoyar como nueva presidenta de Venezuela —“Tengo entendido que acaba de tomar posesión”, señaló Trump con indiferencia— era la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez. ¿En serio? Pero entonces... ¡un momento! ¡Solo una pregunta más! Si quien estaba a punto de sustituir a Maduro era la política más próxima a él, que era una chavista igual de dura y corrupta, ¿por qué habían hecho falta todos los cadáveres, el terror, los aviones de combate y el alboroto para sacarlo del país?

La respuesta es, en parte, que al equipo de Trump no le importa quién gobierne Venezuela en este momento, siempre que mantenga a toda la gente callada y proporcione acceso al petróleo, y por ahora opinan que Rodríguez parece cumplir los requisitos. Cuando Chávez se estaba muriendo de cáncer, eligió como sucesor a Maduro, su vicepresidente, un hombre afable y devoto del gurú Sathya Sai Baba. Maduro, antiguo conductor de autobús y líder sindical que, según todo el mundo, no es demasiado inteligente, se vio pronto en apuros, cuando los mercados y la agricultura se derrumbaron, los alimentos empezaron a desaparecer de los supermercados, la inflación se disparó hasta hacer llorar a la gente y la industria petrolera que Chávez había destruido se resistió a renacer. Unos ocho millones de personas —casi una cuarta parte de la población— abandonaron el país, muchas de ellas a pie y con poco más que la ropa que llevaban puesta.

Para conservar el poder, Maduro recurrió a la enorme red de organizaciones de base que había dejado Chávez, la represión sistemática —para la que le resultó muy útil una red de espías infiltrados en esas organizaciones— y una trama de corrupción e influencias que forzó a todas las empresas, los organismos gubernamentales y las fuentes ilegales de ingresos a vincularse a él. Repartió la corrupción, como si fuera un acto de generosidad, en cualquier sitio en el que podía ganar dinero. Aun así, durante todo ese tiempo, permaneció fiel al legado de Chávez, el hombre que le había otorgado su destino.

Los hermanos Rodríguez, Jorge y Delcy, no son los típicos chavistas procedentes del pueblo. Su padre era miembro de una milicia que secuestró a un empresario estadounidense en 1976. Murió después de ser torturado en prisión, cuando Jorge y Delcy eran niños, pero ya tenían la edad suficiente para recordarlo. Se convirtieron en profesionales de talento (él es psiquiatra y ella abogada); ella aprendió francés e inglés, se aficionó a la ropa elegante y los viajes y es una persona cosmopolita, pero también radical. Ambos pertenecen a lo que los venezolanos llaman la izquierda caviar. Delcy ha sido, entre otras cosas, ministra de Relaciones Exteriores, jefa de los servicios de inteligencia y presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente. Ahora, quien dirige la Asamblea Nacional es Jorge, que sabe cómo hablar con los extranjeros, en particular con el enviado especial de Trump, Richard Grenell, con quien negoció durante todo el año pasado la forma de que Venezuela evitara una invasión.

Maduro nombró vicepresidenta a Delcy en las elecciones de 2018 y la colocó al frente de la industria petrolera estatal. Ella empezó de inmediato a reordenar las finanzas, abrió Venezuela al libre mercado y dio a entender que el país no se opondría a ciertas inversiones extranjeras en la industria petrolera. Puede que sea chavista —aunque no socialista—, pero Maduro la mantuvo cerca porque vio que estaba obteniendo resultados. El equipo de Trump también se dio cuenta. Al parecer, mientras Jorge hablaba con Grenell, ella hablaba con Rubio.

En una entrevista con The New York Times, Trump dijo que hablan constantemente. ¿Debaten si ella está verdaderamente al mando o todo eso es solo una fachada? A lo mejor hablan de los 30-50 millones de barriles de petróleo que, según Trump, Venezuela ha prometido “dar” a Estados Unidos. O quizá Rubio está tratando de averiguar, como todos los venezolanos y el resto de nosotros, quién es en realidad Delcy Rodríguez, porque un día “invita al Gobierno de Estados Unidos a trabajar juntos y cooperar” y al día siguiente proclama que el narcotráfico y los derechos humanos “fueron una excusa” para la intervención estadounidense, “porque el verdadero motivo es el petróleo venezolano”. Abundan los rumores de que Rodríguez, hija de un socialista radical que se negó a rendirse pese a las torturas, una mujer conocida por salirse con la suya y tratar de irrumpir en reuniones de las que se le ha excluido de forma explícita, ha firmado un acuerdo similar a la Enmienda Platt, con una vigencia de dos años, para permitir que Estados Unidos se adueñe de la industria petrolera de Venezuela, mientras ella se encarga de la gestión diaria del país con una burocracia y un aparato de seguridad prácticamente intactos. De ser así, es difícil que siga considerándose chavista, puesto que Chávez era, sobre todo, antiyanqui.

Quién sabe cuánto tiempo durará en su cargo o hacia dónde se inclina su verdadera lealtad. Quién sabe qué sector de las Fuerzas Armadas o qué generales estarán dispuestos a apoyarla en los próximos meses, ni si los cientos de presos políticos serán liberados o, por el contrario, se multiplicarán. Quién puede decir siquiera qué es el chavismo en este momento, aparte de unos dos millones de personas ligadas a él por los puestos de trabajo del Estado y los intereses personales. Podemos leer webs de noticias y buscar en internet durante horas, pero seguir sin entender lo que sucedió el 3 de enero.

Trump no ha dicho todavía cuál es su plan a largo plazo para Venezuela. Ha repetido que Estados Unidos va a dirigir el país por lo menos en un futuro inmediato, o “mucho más” que un año, explicó en la entrevista con el Times. Pero Trump, en teoría, dejará la presidencia dentro de tres años. Cuanto más tiempo prolongue Estados Unidos su presencia, más difícil será retirarse. ¿Quién tendrá que enfrentarse al final a los gritos de “Fuera Estados Unidos de Venezuela”?

El 3 de enero señaló el fin de una forma de gobierno de estilo socialista soviético, no solo en Venezuela, sino también en Nicaragua y Cuba; el fin de los intentos de Estados Unidos de ser buen vecino; el fin de la posibilidad de que los presidentes elegidos democráticamente en todo el hemisferio sigan confiando en poder gobernar con libertad. Lo que está en tela de juicio es todo un orden mundial, pero no hay nada que ocupe el hueco, ni siquiera un plan realista para recuperar la industria petrolera venezolana. Hay que volver a preguntar: ¿para qué ha servido todo esto?

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