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Claudia Sheinbaum
Columna

Lecciones de la doctora Sheinbaum

En México, la tradición rupturista entre sexenio y sexenio fue una de las más funcionales válvulas de escape a la hora de refrescar equipos y ajustar políticas

Claudia Sheinbaum en Palacio Nacional, el 17 de febrero.Isaac Esquivel (EFE)

Morena es un modelo de armar sin instrucciones. Ahí reside parte de su oportunidad. Y sin duda, grandes riesgos. Lo que cada vez resulta más evidente es la fuerza de la presidenta Claudia Sheinbaum para ir definiendo dónde va qué pieza.

Hasta el momento, el primer traslado sexenal en México bajo un nuevo partido se salda con el empoderamiento de la persona que se ganó a pulso el derecho a encabezar la segunda parte del mandato para un cambio radical.

Dicho de otra forma, a poco más de un año de asumir la presidencia, Sheinbaum ha probado que era la mejor carta para suceder a Andrés Manuel López Obrador, un líder tan abrasivo en la oposición como devastador en el Gobierno.

Vivimos meses donde la presidenta busca reinventar el Gobierno sin romper con su antecesor, en un arranque sexenal que honra el legado sin renunciar a cambiarlo, a adaptarlo.

Para ello, Sheinbaum ha desplegado templanza al navegar resistencias al ajuste, que son enarboladas ora por aliados electorales que se creen más de lo que valen, ora por morenistas que se dicen más a la izquierda que ella.

En lo que llega la prometida reforma electoral, para ver cuánto se sostiene la declarada oferta de una nueva ley que en algo rompa el monopolio de las dirigencias sobre las candidaturas, vale revisar lo que hace al interior del Gobierno.

Sheinbaum avanza sin estridencias en lo que una vez alguna colaboradora suya definió como la metamorfosis entre quien fue una “compañera” del movimiento y hoy es la presidenta de la República.

En México, la tradición rupturista entre sexenio y sexenio, madurada al correr de los 70 años de los gobiernos de la Revolución, fue una de las más funcionales válvulas de escape a la hora de refrescar equipos y ajustar políticas.

Por su parte, los gobiernos de la transición de 2000 a 2018 no precisaron de reglas para el trasvase intrapartidista, pues incluso cuando el PAN repitió en Los Pinos (2006), la matriz de esas administraciones panistas era casi incompatible.

Lo que se vive desde 2024 es inédito. Y así como afuera se equivocan al esperar un golpe en la mesa de la mandataria para desentenderse de López Obrador, también erran esos que adentro asumieron un inmovilismo o perpetuidad.

Está en marcha una mudanza de piel. La titular del Ejecutivo se ha hecho de importantes puestos desde que, al punto de rendir el informe anual que le ordena la ley, en agosto quitó a Pablo Gómez de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF).

Siguió en noviembre la defenestración más meritoria, pues en el papel gozaba de autonomía, del exfiscal general Alejandro Gertz Manero, y en enero cayó por fin el director del CIDE puesto por AMLO y cuyo nombre no vale la pena mencionar.

Al arranque de febrero vino la salida de Adán Augusto López Hernández, forzado luego de un año de escándalos personales y profesionales, y prepotencia en el Senado, a dejar la coordinación de la bancada con sus millones.

La acumulación de señales es contundente. Y aun así hubo quien viendo, no ve; como Marx Arriaga, el extitular de la Dirección de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública.

Arriaga estelarizó desde la semana pasada una de las versiones más carnavalescas de negación ante una decisión presidencial en sexenios. Este martes, sin honra ni gracia, abandonó el despacho que no era suyo, era del encargo.

El caso de Marx, su verborreica renuencia a acatar una designación de su jefa máxima, ha provocado risas en la oposición y los medios, y bochorno en más de un integrante de eso que llaman el grupo duro de López Obrador.

Lo que Marx no entiende es que Sheinbaum ostenta un lugar único en el debate por definir qué es y cuál rumbo toma el obradorismo hecho Gobierno; y que si bien ella da la bienvenida a un esquema coral, no cede la batuta.

Para los de afuera y los de adentro debería ser obvio también que la presidenta ha decidido no hacer caso a quienes advierten que está cautiva de eso que algunos definen como el grupo de los “duros”, mal llamados radicales.

Radicales en Morena hay pocos; Claudia Sheinbaum, por ejemplo, tanto por su perfil de izquierda como en su apego a lo que propuso siempre, y luchó por Andrés Manuel López Obrador (al menos de forma verbal, porque ya leímos a Julio Scherer). Así que radical, ella.

Los duros, en cambio, pueden ser definidos como esos que, sin hacerse cargo de lo que costaría llevar a la práctica proclamas propias de tiempos ceceacheros, disfrutan la miel del erario para denunciar supuestas desviaciones ideológicas.

Concluida la ópera bufa de Arriaga, los duros ya pueden registrar que algo cambió estas semanas, y que si en el pasado alguien les dio un cargo y un encargo, ahora hay una que dispone en nombre del pueblo quién hace qué y cómo.

El parto del nuevo modelo, también es cierto, no está exento de respingos. “Desaseo” le llamaron algunos cuando Gertz Manero, con más compostura que Arriaga pero igual miopía, trató de resistir la decisión de Palacio Nacional y hubo cierto jaloneo.

Obligada por las mañaneras a aparecer diario ante la opinión pública, incluso cuando se le atrincheran, la presidenta no muestra agobio ni se sale del guion de “bienvenido el diálogo y el debate”, al tiempo que no cede en lo que ya decidió.

Porque, al final de cuentas, Sheinbaum está instalando sus reglas para una presidencia donde ya todos saben que los nombramientos del anterior sexenio no valen per se, que el puesto debe justificarse ante ella.

Si no, pregunten a Adán Augusto López, a Gertz Manero y ahora a Marx Arriaga, si hace nada pensaron que estarían donde hoy están: sin una oficina que creyeron suya, sin un despacho que no pensaron que la presidenta reclamaría. Hasta que sí.

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