La diplomacia del susurro
Más vidas humanas salvaron en Cuba las cartas y los mojitos de Carlos Castillo Peraza que los miles de millones de pesos de López Obrador

“Me duele Cuba como me duele México”, le escribió Carlos Castillo Peraza a Fidel Castro después de agradecerle su hospitalidad en ocasión de la visita a Cuba del entonces dirigente nacional del PAN. En esa carta fechada en noviembre de 1995 y entregada por Don Julio Scherer García, Carlos Castillo susurraba al oído del comandante, con algunos versos de José Martí, que las revoluciones sociales solo tienen sentido en “el goce pacífico natural e inevitable de la libertad como el del aire y el de la luz”. Entre sutiles halagos al liderazgo castrista, Castillo buscaba clavar un dardo en algún ángulo de su conciencia. “Me parece que la historia, a cuyo juicio —en el que yo no creo— te sometiste hace tantos años, espera de ti lo que todos los cubanos hoy merecen: una patria propia, justa, libre y democrática”.
La relación personal entre el católico conservador y el socialista revolucionario comenzó meses antes con un reto.
En un encuentro fortuito, Fidel Castro increpó al senador panista Gabriel Jiménez Remus: “Me han dicho que el PAN no quiere a Cuba”. “Está usted equivocado”, atajó Jiménez: “Desde 1939 a la fecha, mi partido ha mostrado una profunda vocación por América Latina y particularmente por Cuba”. Ese breve intercambio terminó en un emplazamiento para que los senadores panistas viajaran a la isla. Carlos Castillo advirtió la intención de Castro de entablar relaciones con la principal alternativa de poder tras la elección de 1994.
Encomendó entonces la entrega de dos cartas.
La primera fijaba las diferencias con el régimen cubano respecto a la democracia y debía leerse en público. “Es de esas cartas que se contestan hasta los puntos y las comas. Dígale (…) que venga acá a discutir esos temas”, replicó el comandante. La otra tenía que ser depositada en mano y contenía una larga lista de presos políticos. Tres meses después de aquellos susurros epistolares, el Gobierno cubano liberaría a Sebastián Arcos Bergnes, Indamiro Restano y otros cuatro disidentes; al mes siguiente, el presidente del PAN izaba la bandera de Cuba en La Habana y cruzaba mojitos con Castro para discutir los puntos y comas de aquellas cartas.
Otros susurros trajeron libertad a miles de cubanos.
Las visitas papales que el régimen utilizaba para aparentar convicciones aperturistas se negociaban mediante cuotas de liberaciones e indultos. La mediación de Carlos Salinas y los recados discretos de Gabriel García Márquez contribuyeron a la acogida de miles de balseros durante la Administración de Clinton. Las cartas del Papa Francisco y las gestiones del Arzobispado de La Habana facilitaron el “deshielo cubano” entre Obama y Raúl Castro cuando el subsidio venezolano empezó a ceder. Pero la razón de estos éxitos marginales radica en la histórica transaccionalidad del castrismo ante la necesidad política o económica. La fórmula continuista del régimen se basa en una política activa de intercambios por conveniencia: desde la amistad con el icono pop de la utopía revolucionaria a cambio de contener al imperio, hasta presos como ofrendas o la flexibilización interna a cuenta del goteo de ayudas externas.
Nadie espera que Claudia Sheinbaum condene abiertamente la tiranía de Cuba ni que renuncie al folclor nostálgico de la trova en el que se formó ideológicamente. Sin embargo, es fundamental que reconozca que asumir el papel de tutor, reemplazando el apoyo históricamente brindado por Rusia y Venezuela a Cuba, puede ser un error estratégico tanto para el futuro de la isla como para los intereses de México. Especialmente si esa tutela solo preserva el statu quo, sin intentar, al menos, mejorar la vida de los cubanos.
La izquierda mexicana ha vivido bajo una fascinación mística por el sueño inconcluso de la revolución cubana, hasta el extremo de aceptar la imposible reconciliación entre lo revolucionario y lo democrático. Pero el relato de la lucha de una pequeña isla que resiste el acecho del “gigante de las siete leguas” también es el reflejo de un antiamericanismo cultural que ha servido para justificar el atraso e infortunio de las sociedades latinoamericanas. En cierta forma, la condescendencia ante ese “fracaso obsoleto” como llamó Cabrera Infante a la revolución del 1959, es útil para mantener vigente el cuestionamiento al “intervencionismo yanqui”. La postura ante el régimen cubano es una posición frente a Washington, sobre todo para la izquierda nacionalista y autoritaria. Y sirve precisamente para sostener en el imaginario una supuesta alternativa histórica a la democracia capitalista, aunque sea sólo como la idea que pudo ser.
La política de la “soberanía subsidiada” del obradorismo puede abrir otro frente de tensión con Estados Unidos ante su deliberada intención de sustituir regímenes antagónicos, más aún si se pone en práctica con vacilaciones y ambigüedades. Por ejemplo, el enredo del envío de petróleo a la isla tras los amagos de la Administración de Trump fue una prueba de que el equilibrismo es riesgoso y puede salir caro, y que tapar el ojo al macho con despensas sólo subraya nuestra debilidad.
Financiar al régimen cubano con pagos por el trabajo forzado de médicos, barriles de petróleo gratis o bolsas de alimentos afianza la inmovilidad de un sistema inviable. Si algo puede tener sentido para México es aprovechar la orfandad cubana para impulsar la transición política y su apertura económica antes de que se impongan a través de estallidos sociales de hambre o de las botas de los marines en La Habana. A medida que pasa el tiempo, aumentan los pretextos para someter a Cuba a una condición unilateral de dominio, como sucede ahora en Venezuela. En un mundo en el que se impone el realismo de los intereses nacionales y resurge la lógica de las esferas de influencia, la aproximación de México a la cuestión cubana no debe ser desde la hermandad ideológica, sino con pragmatismo: influir en La Habana para restablecer las libertades y, de paso, ampliar la órbita propia de transaccionalidad con Estados Unidos.
Más vidas humanas salvaron las cartas y los mojitos de Carlos Castillo Peraza que los miles de millones de pesos de López Obrador. Quizá porque la Cuba que a Castillo le dolía es la misma que el obradorismo venera: la isla pobre, triste, presa. A veces el susurro de una verdad práctica es más revolucionario que la consigna ideológica por una patria que no fue. Esas verdades que “caben en el ala de un colibrí”.
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