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Andrés Manuel López Obrador
Columna
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País en llamas, presidente en paz

Que hay una identificación entre la población desfavorecida y este Gobierno, nadie lo niega. Que el presidente tenga que ser acreditado de moderar el encono, es harto cuestionable

Andrés Manuel López Obrador
Andrés Manuel López Obrador desde el Salón Tesorería de Palacio Nacional, el 10 de mayo 2024.Rogelio Morales Ponce (Claroscuro)
Salvador Camarena

Con crisis y emergencias por doquier, el final del sexenio de Andrés Manuel López Obrador podría ser visto como un desastre, igual o peor al de otros presidentes; empero, la sensación generalizada luce distinta, y el mandatario hasta presume de su popularidad. ¿Por qué?

Apagones en varias regiones del país, nuevas evidencias periodísticas de corrupción del entorno presidencial y de un juez aliado a la candidata oficial, desdén y opacidad frente a reclamos ciudadanos por servicios y cotidiana violencia que deja cadáveres por racimos.

Tal es el panorama de la semana, que en cuanto a noticias de la negligencia de López Obrador y su equipo es todo menos excepcional o sorpresiva. El país, sin estirar la metáfora, una vez más en llamas mientras en Palacio Nacional entonan las mañanitas a las progenitoras.

La atronadora revelación de El Universal, de que la megafarmacia no surte ni tres recetas al día, que por si fuera poco cae tras el reporte del exceso de muertos pandémicos por las indecisiones de López Gatell y sus jefes, no cala socialmente porque el presidente logra desacreditar a sus críticos, incluso con herramientas de estos.

Algunas encuestadoras ayudaron a construir el mito de la popularidad de Andrés Manuel. Decidieron que él era el parámetro que definiría la realidad. El tabasqueño agradeció el regalo. Si esa sería la forma de auditarlo, fue por el 70 por ciento de la nación a costa del 30 restante.

Los voceros de la campaña que busca que Morena retenga la presidencia no se cansan de repetir en cuántos hogares hay programas sociales. Son muchísimos. Y encima la candidata oficial promete más entregas si la eligen el 2 de junio.

No sorprende entonces lo que encuestas de El Financiero han detallado que entre quienes reciben ayudas de este Gobierno, Claudia Sheinbaum lleva una sólida ventaja, tan amplia que se antoja irremontable para la oposición.

Si el grupo mayoritario además de representado se siente feliz con el presidente, ¿qué habría de preocuparle a éste que no sea el mantener al macizo de la población alineada con él y sus candidatos? Así, es lógico que en la recta final emprenda ataques personales de precisión.

Cuando más resistencia enfrentaba por quitar a las Afores dinero para copetear hasta el cien por ciento las pensiones de quienes se retirarán con menos de 16,777 pesos al mes, deslizó escabrosos detalles de una multimillonaria pensión que una de sus críticas cobró en Pemex.

El tiro mediático, que puede ser calificado de ilegal, abusivo y antidemocrático, es de una perversa eficiencia propagandística. Enardece a la población con la narrativa de que quienes cuestionan toda decisión presidencial tienen doble moral, cuando menos.

Y como desde los propios medios se alimentó el mito de la popularidad presidencial, qué habría que esperar en la próxima medición si no que se mantenga o incluso aumente la aprobación del mandatario: la mayoría renovará el apoyo, en buena medida porque alimenta el resentimiento popular frente a presuntos abusos de la casta dorada.

Los obradoristas siempre contestan que la polarización ya estaba ahí, que no la creó Andrés Manuel y que incluso éste debe ser visto como alguien que “responsablemente” administra la frustración popular, y que sin López Obrador el “tigre” ya se habría soltado.

Que hay una identificación entre la población desfavorecida y este Gobierno, nadie lo niega. Que el presidente tenga que ser acreditado de moderar el encono, es harto cuestionable. López Obrador fomenta ese sentimiento para convertirlo en un mecanismo de respaldo y fuerza.

Desacreditar semana a semana a sus adversarios —más que a los políticos, a los medios, la academia y organizaciones sociales—, sirve por partida doble: reanima la confrontación de “los de abajo” hacia “los de arriba”, y mantiene ocupados a los críticos.

Así, toda crisis pasa al terreno de la lucha ideológica y nunca será evaluada en sus términos, es decir, aislada de la retórica del buen gobierno que quiere lo mejor para los pobres al tiempo que enfrenta a una élite que busca el retorno de “lo de antes”.

Si hay apagones, no es por la falta de capacidad de quien ya hace décadas había causado una caída del sistema: la verdadera causa de los cortes eléctricos es que otros gobiernos socavaron a la CFE y ha costado más de lo estimado, en dinero y tiempo, recuperar para los mexicanos el patrimonio energético saqueado en la época blablabla.

Si diario hay muertos por decenas… vean, el Estado ya no causa las bajas, como antes; son ahora peleas entre gente que en el pasado no tuvo oportunidades, pero ya pronto con los apoyos sociales nadie tendrá que dedicarse a eso y volverá la paz: sí, hay más homicidios pero la violencia es menor porque no es gubernamental.

Antes que ridiculizar la frase de esta semana de López Obrador al respecto, habría que anotar que, en efecto, la gente percibe que hay menos inseguridad.

El presidente sabe lo que dice —sabe que hay trampa al reconocer más homicidios, pero presumir menos violencia—, y sobre todo sabe a quién se lo dice: a quienes esperan pronto dejar de poner lo muertos, a quienes en este sexenio ya no culpan de estos al Estado.

Si no hay medicinas, médicos ni citas —como descubrió Claudia Sheinbaum cuando de gira por Chiapas se le ocurrió preguntar qué faltaba en salud—, más que responder por su fracaso de todo el sexenio en el abasto médico, el mandatario tendrá éxito en responsabilizar a quienes saquearon “antes”, sin perseguir a quienes saquean ahora.

¿Dónde radica la solvencia de todo pretexto? En que lo dice Andrés Manuel. ¿Y éste cómo refuerza tal credibilidad? Con las encuestas, que encima hacen desfallecer a los críticos, afanados en que baje en la popularidad quien en realidad está reprobado en temas concretos.

López Obrador tiene un macizo de 60 a 70 por ciento de popularidad, según quien mida. ¿Es realmente extraño en un país, por si fuera poco, con tradición presidencialista? No es ni atípico si se le compara con lo que sus predecesores alcanzaban (salvo Peña Nieto, claro).

Y mientras una minoría se pasó el sexenio anhelando que el hombre de Palacio le tomara la llamada, como antes, otros, más cínicos, se resignaron a dejarle hacer cuanto quisiera si a cambio solo les cobraba impuestos que, nunca lo reconocerán, debieron haber pagado.

El negocio fue redondo: los empresarios ganaron como nunca y de paso les quitaron de encima la monserga de los reguladores. Volvió la era del coyotaje de cuello blanco: en un cafecito se arregla cualquier cosa; si no, desarreglada estaba, pero ya tienen foto con el mero mero, o con su candidata.

A cuatro meses y medio del fin sexenal, en vez de sentirse acosado por distinto actores y problemas, López Obrador sabe que solo ha de seguir cuidando la base que le hizo y le sostiene, y alimentar el resentimiento con un escándalo a la vez mientras niega la realidad.

Sabe que el truco funcionará porque mientras desacredita a influyentes actores, lo mismo un obispo crítico que a la única candidatura opositora, otros entes poderosos practican cómoda resignación a la espera del nuevo tlatoani, con quien también se arreglarán. Como en los viejos tiempos.

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