Columna
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‘Ma’kx’. Perdón, presidente

Mientras el Estado mexicano imponga proyectos como el Tren Maya, usted no puede pedir perdón a los pueblos indígenas ni tampoco solicitarlo a otros países

Andrés Manuel López Obrador, durante la inauguración del Tren Maya, en diciembre de 2018 en Palenque.
Andrés Manuel López Obrador, durante la inauguración del Tren Maya, en diciembre de 2018 en Palenque.Presidencia

¿Quién puede pedir perdón y quién puede otorgarlo? Estas preguntas que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional lanzó en 1994 resuena ahora de nuevo, con vigencia, pero en circunstancias distintas. El lunes 3 de mayo, Andrés Manuel López Obrador, encabezó una ceremonia para pedir perdón al pueblo maya por todas las atrocidades cometidas por particulares, autoridades nacionales y extranjeras, durante los tres siglos de colonialismo y en los dos siglos del México independiente. El presidente enumeró una lista de agravios, citó diarios y personajes que ayudaron a justificar una narrativa en la que, en nombre del progreso, la población indígena en general y maya en particular deberían de desaparecer. Específicamente, pidió perdón a quienes fueron víctimas de las represiones por la llamada “Guerra de castas”, un levantamiento que comenzó en 1847, que duró más de 50 años y que fue ahogado por la brutal represión del gobierno porfirista. La llamada “Guerra de castas” se trató de un fenómeno complejo cuyo nombre incluso ha sido muy discutido por historiadores mayas. Después de escuchar sus palabras, podemos darnos cuenta que el presidente no solo pidió perdón por el Estado mexicano, sino que mencionó incluso lo sucedido durante los siglos de dominio de la corona española en estas tierras.

Bastante influido por la tradición judeocristiana, el perdón es algo que se asocia con la culpa. En otro campo de significados y en otras culturas, encontramos el reconocimiento de la responsabilidad y el ofrecimiento para resarcir, en medida de lo posible, los daños causados. Mientras que la petición de perdón se ha llenado de un sentido en el que el protagonista se vuelve aquel que necesita ser perdonado para liberarlo de una culpa, el reconocimiento de un daño, el resarcimiento y la promesa de no repetición se centran en quien ha sufrido los agravios. Alejado de una posible lectura religiosa, el reconocimiento de los daños causados no atiende la urgencia de aliviar los remordimientos de quien pide perdón sino la reflexión compleja de las circunstancias que llevaron a esa afrenta y a esa violencia.

En este sentido, me parece importante el reconocimiento de los hechos terribles que durante la historia se han cometido contra diversos pueblos y poblaciones, aunque haya pasado mucho tiempo y los directos responsables ya no existan. Nombrar los horrores es necesario para alumbrar un camino que lleve a un compromiso de no repetición. Las palabras se vuelven hechos cuando significan el primer paso necesario para hablar de aquello que fue envuelto en el silencio cómplice y que trato de borrarse para impedir la justicia. Por ejemplo, nombrar una masacre que fue realizada en un lugar adquiere una potencia genuina cuando ese nombramiento implica hacer evidente lo que el silencio ha borrado manteniendo así vigente la violencia que lo originó. El perdón es puntual, en cambio el reconocimiento es el resultado de un proceso complejo, es volver a conocer, es el punto final de un periodo de reflexión en el que múltiples voces son escuchadas y en el que se trata de entender qué sucedió, por qué se llegó a esos lamentables hechos, cómo puede resarcirse el daño en medida de lo posible y cómo se puede evitar su repetición. En diferentes culturas, el reconocimiento es siempre producto de un proceso colectivo en el que diferentes actores asumen distintos grados de responsabilidad: si hay un asesino, además de sancionarlo, la comunidad misma entra en un periodo de reflexión para detectar si hay algo en su funcionamiento que propició la existencia de una violencia de ese grado. El reconocimiento es fundamental y es paso necesario para hacer justicia.

La ceremonia que encabezó el presidente de la república lejos se halla de ser la culminación de un proceso en el que diversas voces del pueblo maya hayan sido escuchadas, lejos se halla de ser el resultado de un detallado y necesario ejercicio de memoria de la compleja sociedad que habita en la península, lejos se halla de ser el ritual que cristaliza la reflexión que la población no indígena, heredera de los privilegios criollos de aquellos que reprimieron a los mayas en el siglo XIX. La ceremonia del perdón que encabezó el presidente no replantea las relaciones que reproducen en la actualidad el racismo en contra de la población maya ni replantea las ideas de progreso que se esgrimen hoy también para justificar proyectos como el Tren Maya que no es maya.

La ceremonia del perdón no fue el establecimiento de una nueva relación del Estado con el pueblo maya. Así como en nombre del progreso el Estado mexicano determinó cuál era la mejor manera de resolver “el problema indígena” en épocas pasadas, así hoy el Estado decide que el Tren Maya, el proyecto interoceánico o el plan integral Morelos son las respuestas unilaterales a la situación que el propio Estado ha creado para los pueblos indígenas en el pasado. No fue el pueblo maya, después de una intensa lucha, el que propuso la construcción de un tren a cargo de militares como alivio de sus problemas, no han sido las comunidades indígenas que habitan esa maravillosa franja de tierra entre el Golfo y el Pacífico las que pidieron un proyecto interoceánico manejado por la Marina, no fueron las poblaciones nahuas quienes clamaron por una termoeléctrica en sus territorios. Conocemos la genealogía de esos proyectos, que es una genealogía ligada a otros intereses por más que estén envueltos en la bandera del progreso para los pueblos indígenas, esa misma idea de progreso que el presidente mencionó como la justificación de las opresiones del siglo XIX. El presidente señaló que, gracias a los múltiples programas sociales que no pudo detallar por la veda electoral, la población maya se encuentra en una situación distinta ahora. ¿Ese es el resarcimiento de los daños que plantea?

¿Qué gana el jefe del Estado mexicano con esta ceremonia? Una de las cosas que gana tal vez es una aparente legitimidad para ser, por un lado, el que pide perdón y así poder también otorgarlo: él pide perdón para poder también exigirlo al Gobierno español en nombre de los pueblos indígenas. ¿Quién puede pedir perdón y quién puede otorgarlo? Quien pretende suplantar la voz, las múltiples voces, complejas y contradictorias que vienen de los pueblos indígenas, voces superpuestas como aquellas que protestaban afuera mientras el presidente daba su discurso al lado de personajes como el gobernador de Quintana Roo. Esas voces, esos gritos, se colaron en medio de la ceremonia oficial y recuerdan todas las protestas derivadas de la implementación del Tren Maya y de los muchos problemas que enfrenta la población indígena en la península. Perdón presidente, mientras el Estado mexicano imponga proyectos con la bandera del progreso como siempre se ha hecho, usted no puede pedir perdón y tampoco puede otorgarlo, ni solicitarlo siquiera, en nombre de los pueblos indígenas. Perdón, presidente, pero no necesitamos perdón, sino reconocimiento, resarcimiento y no repetición. Un cambio radical, pues.

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