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Un Gobierno cargado de símbolos que tropieza con las formas

La Administración de López Obrador se ha caracterizado por llevar a cabo gestos que pretenden romper con el pasado

López Obrador recibió a Pedro Sánchez, presidente de España, el 30 de enero.

Hacia el final de su discurso por sus 100 días de gobierno, el pasado 11 de marzo, Andrés Manuel López Obrador dio claves de la polémica que se avecinaba. “Este año está dedicado a conmemorar los 500 años de la primera gran resistencia indígena frente al invasor español”, dijo el presidente de México ante la audiencia de políticos y empresarios convocados en el Palacio Nacional. El perdón ha sido una herramienta muy utilizada en la Administración del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), cargada de símbolos desde su inauguración el 1 de diciembre.

El Gobierno mexicano decretó que 2019 sería dedicado a Emiliano Zapata, uno de los líderes revolucionarios más populares y cuyo asesinato cumplirá un siglo el próximo mes de abril. El presidente cree que el homenaje del Caudillo del Sur, quien peleó por restituir a los campesinos las tierras que arrebataron los hacendados, subraya la lucha por la justicia que la presente Administración pretende abrazar. “Es una enseñanza mayor: No al abuso, no a la prepotencia, sí a la justicia”, dijo López Obrador en enero.

En aquel mes, su Gobierno también pidió perdón a la periodista Lydia Cacho por las vejaciones y la persecución tolerada por el Estado hace 14 años tras su libro Los demonios del Edén. Una ceremonia similar se llevó a cabo hace algunos días, cuando la ministra de Gobernación (Interior), Olga Sánchez Cordero, se disculpó ante las familias de dos estudiantes asesinados en Monterrey por el Ejército en los años más cruentos de la guerra contra el narcotráfico en aquella ciudad. Estos hechos, a los que se suma la creación de una Comisión de la Verdad para el caso Iguala — la desaparición de 43 estudiantes en Ayotzinapa— han marcado las buenas intenciones de un Gobierno de izquierda que, sin embargo, no ha podido desatascar la investigación judicial de los tres casos citados.

Este lunes López Obrador reveló que mandó cartas al rey Felipe VI de España y al papa Francisco en las que pide que se reconozcan “los agravios” dejados tras la Conquista. “No fue el encuentro de dos culturas, fue una invasión. Se cometieron actos de autoritarismo, avasallamiento, se asesinaron a miles de personas en este periodo. Se impuso una civilización sobre otra”, dijo el presidente en su discurso por los 500 años de la batalla de Centla, un choque entre mayas y soldados de Hernán Cortés que dejó 60 españoles heridos y entre 220 y 800 mayas muertos.

El hecho se suma a una larga lista de gestos llenos de simbolismos en poco más de tres meses de Gobierno. López Obrador eligió su tierra natal, Tabasco, para mandar un mensaje que pondrá a prueba las relaciones entre México y España. Lo hizo primero en un vídeo grabado desde la zona arqueológica de Comalcalco, el centro maya más occidental del país. Horas después, apuntaló el contenido en un evento en el municipio de Frontera donde su esposa, la historiadora Beatriz Gutiérrez Müeller, lo antecedió en el micrófono.

El mensaje fue lanzado desde la zona de La Chontalpa, la región donde comenzó la carrera política de López Obrador. En 1977, a sus 24 años, el político fue enviado al municipio de Nacajuca como representante del Instituto Nacional Indigenista. El hoy presidente de México adoptó la forma de vida de una zona poblada por chontales. Se mudó a una choza sin energía e innovó una técnica de cultivo en una región saturada de agua y tierra pantanosa.

La forma en que López Obrador ha hecho su exigencia a la Corona española pone en riesgo el fondo de un debate que tendrá su culminación en 2021, cuando se rememoren cinco siglos desde la caída de Tenochtitlán además de los 200 años del fin de la guerra de Independencia. La falta de diplomacia de México podría limitar el alcance del diálogo entre las naciones en el marco de estos aniversarios.

Este periodo de revisionismo histórico arrancado a lo bronco por el Ejecutivo mexicano puede sumarse a una creciente lista de símbolos elegidos por una presidencia que rompe con sus antecesores. Antes de asumir la presidencia, López Obrador decidió cancelar la multimillonaria obra del aeropuerto mexicano tras una cuestionada consulta popular. El hecho marcó un complejo inicio con el establishment del poder económico en el país. Para la construcción del Tren Maya, que será sin duda el proyecto de infraestructura más importante de su sexenio, el mandatario encabezó una ceremonia indígena para solicitar el permiso a la Madre Tierra.

Esos guiños ya habían sido precedidos por otros que pretenden sentar el estilo de su presidencia. López Obrador decidió dejar de utilizar y poner en venta el avión presidencial, de más de 200 millones de dólares, para volar en naves comerciales. También se mudó al Palacio Nacional, el edificio colonial construido sobre las ruinas del recinto de Moctezuma tras la conquista de la ciudad azteca. Así rompió una tradición de más de 80 años, según la que los mandatarios viven en la residencia oficial de Los Pinos. Su Administración eligió abrir al público el sitio, que ha sido visitado por más de 900.000 personas en tres meses, reuniendo más turistas que el Museo Nacional de Antropología en lo que va de 2019.

El presidente abre ahora un nuevo frente cultural y quizá diplomático en su intención de romper con el pasado. Está aún por verse si su decisión de exigir al Rey y al Papa disculpas por las vejaciones a los antiguos mexicanos tienen algún eco en la mayoría de los habitantes del país. De momento, el hecho ha servido solamente para sacudir las posiciones entre sus simpatizantes y los adversarios de un presidente dueño de la agenda y a quien le gusta tener la iniciativa.

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