Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Memorias de un Incendiario

América Latina empieza poblarse de pirómanos que no solo perecerán consumidos por las llamas, sino que en su idealismo suicida, acabarán también convirtiendo en cenizas a sus países

El líder chavista, Nicolás Maduro.
El líder chavista, Nicolás Maduro. REUTERS

Siempre disfruté jugar con fuego en situaciones de alto riesgo. Imposible olvidar cuando una mañana ciertamente cálida, antes del arribo de la primavera, cuando el campo respiraba unos intensos calores que parecían surgir del centro mismo de la tierra, decidí incendiar una enorme pradera reseca en el corazón de México. Entusiasmado y divertido arrojé cerillos encendidos al tiempo que interpretaba una danza macabra, en la que invitaba a la muerte, mientras lanzaba gritos al cielo a la espera de un castigo divino.

Las siniestras voces del desastre no se hicieron esperar y muy pronto la conflagración se hizo presente, en tanto el fuego devoraba gozoso grandes extensiones quemando cuanto se encontrara a su paso y matando a cualquier ser vivo incapaz de huir de la velocidad a la que propagaban las llamas. El color ocre del campo muy pronto se convirtió en una llanura negra cubierta por ceniza. Sin embargo, dejé de tomar en cuenta que por el flanco derecho, de donde se escuchaban crujidos ígneos de horror, el viento, siempre veleidoso, me jugó una mala pasada al girar repentinamente en dirección al lugar, en donde yo alardeaba de dominar el fuego, uno de los más peligrosos elementos existentes en la naturaleza.

Al percatarme del peligro en el que me encontraba, traté de huir despavorido de la infernal voracidad de las llamas y de la furia incontenible del viento que parecía perseguirme goloso como a mi propia sombra. Un calor endemoniado me abrazaba por la espalda como si se tratara de mil lenguas de fuego que empezaron a consumir mi ropa y a chamuscar mis carnes mientras yo lanzaba alaridos estremecedores que nadie escuchó. El cuerpo del incendiario quedó reducido a meras cenizas, si bien era identificable solamente una parte de su osamenta.

La narración anterior viene al cuento porque América Latina se va poblando de pirómanos, supuestamente decididos a erradicar la pobreza en cualquiera de sus manifestaciones. Con sus mejores intenciones están hundiendo aún más a sus naciones en privaciones materiales apartadas del más elemental bienestar prometido a sus gobernados.

Inflaciones como la venezolana de más un millón por ciento, la expropiación de empresas, los aumentos salariales por decreto, la agresión a los inversionistas nacionales y extranjeros, las catastróficas devaluaciones, la inexistencia del Estado de Derecho y la desaparición de poderes, el “gobierno” de un solo hombre que dicta el destino de su país de acuerdo a sus estados de ánimo sin contrapeso alguno, son primeros resultados de la utilización irresponsable del fuego.

La aparición de líderes militares y sindicales, una temeraria elite privilegiada armada con sus respectivos cerillos ya encendidos que están arrojando en el seno de las empresas, incendiándolas y conduciéndolas al cierre, mientras sus dueños huyen despavoridos con sus recursos en busca de latitudes seguras, en los mismos lugares o similares, en donde los tiranos que entienden popularmente el dinero como el excremento del diablo, arraigan también sus capitales robados al erario, en bancos foráneos ubicados en paraísos fiscales.

Todos deseamos que los trabajadores latinoamericanos ganen millones de pesos, imposible negarse al bienestar de mis hermanos continentales, sin embargo, existe un detalle infranqueable llamado realidad, la cual es muy terca y muy difícil de convencer. América Latina empieza poblarse de pirómanos que no solo perecerán consumidos por las llamas, sino que en su desastre personal, en su idealismo suicida, acabarán también convirtiendo en cenizas a sus respectivos países.

La economía tiene reglas muy claras que no pueden ser derogadas de un plumazo por la verborrea. Cada populista tiene un cerillo encendido en sus manos, como fue el caso de los hermanos Castro, y lo es de Maduro, López Obrador y Daniel Ortega, entre otros más. No se pueden incinerar los principios más elementales de la economía con armas o con dólares. Finalmente dicha realidad acaba por imponerse como invariablemente acontece, pero eso sí, en un ambiente de devastación social parecido a los campos cubiertos por cenizas, desde donde costará inmensos trabajos empezar un nuevo proceso de reconstrucción nacional. Cuidémonos de los pirómanos, es decir, de los populistas, que hoy lamentablemente proliferan por todo el mundo.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >

Más información