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Los malentendidos

¿Hay de verdad alguien ahí, al otro lado de mis palabras? ¿Hasta qué punto me estoy inventando el mundo?

"La Torre de Babel", un óleo sobre madera de Pieter Bruegel el Viejo. Photo 12 (Universal Images Group / Getty Images)

A veces me pregunto si los humanos nos entendemos de verdad. O si en realidad vivimos en un espejismo de falso diálogo. Si todo lo malo que nos sucede (y quizá también algo de lo bueno) se debe a una falta radical de comunicación, a malentendidos fantasmales, a imaginaciones desbordadas que fabulan lo que no comprenden. ¿Y qué es lo que no comprendemos? Pues el universo entero es un enigma, pero ahora me estoy refiriendo, en concreto, al oscuro corazón de los humanos. Nos inventamos al otro y, cuando hablamos, creemos que ...

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A veces me pregunto si los humanos nos entendemos de verdad. O si en realidad vivimos en un espejismo de falso diálogo. Si todo lo malo que nos sucede (y quizá también algo de lo bueno) se debe a una falta radical de comunicación, a malentendidos fantasmales, a imaginaciones desbordadas que fabulan lo que no comprenden. ¿Y qué es lo que no comprendemos? Pues el universo entero es un enigma, pero ahora me estoy refiriendo, en concreto, al oscuro corazón de los humanos. Nos inventamos al otro y, cuando hablamos, creemos que nos estamos refiriendo a las mismas cosas, a vivencias compatibles, a emociones semejantes, pero en realidad cada uno es una isla. Entendemos a partir de lo que hemos vivido, de lo que nos duele, de todos nuestros miedos y deseos y prejuicios y necesidades. De lo que sabemos y de lo que ignoramos. Por eso no puede haber dos escuchas iguales.

Una buena demostración de ello son las inacabables discusiones que se han originado en torno a la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa. Desde los que piensan que “blanquea” lo peor de la Iglesia y es una justificación del fanatismo religioso hasta los que, como yo, creen que se trata de una película de terror y que muestra con una crudeza espeluznante la manipulación de una menor vulnerable por parte de una secta; pasando, por supuesto, por católicos entusiasmados con la espiritualidad del relato y por mil opiniones más. Desde luego Ruiz de Azúa es una genia, un alma compleja en tiempos de simplezas, una inteligencia poliédrica capaz de atrapar los infinitos matices de la realidad, lo cual facilita que haya una diversidad de interpretaciones, pero no deja de inquietarme al menos un poquito que amigos muy cercanos hayan visto una película completamente diferente a la que he visto yo. Pardiez, me digo; pero cómo puede ser, si para mí está todo tan claro. Y si ahí no nos entendemos en absoluto, ¿en cuántas otras cosas somos divergentes sin saberlo? ¿Hay de verdad alguien ahí, al otro lado de mis palabras? ¿Hasta qué punto me estoy inventando el mundo?

Hace unas semanas ganó el Premio Biblioteca Breve la mexicana Elma Correa con una novela, Donde termina el verano, que aún no he leído pero que, al parecer, es estupenda. Y resulta que ese galardón se desvela y se entrega tradicionalmente en una comida en Barcelona que es un bonito encuentro; vamos escritores de toda España, libreros, periodistas, críticos. Pero por desgracia coincidió con el vendaval en Cataluña y tuvo que cancelarse. Me imaginé el disgusto de Elma, que es el que yo hubiera tenido, porque además de perder esa fiesta en tu honor pierdes también visibilidad y promoción; así que escribí un texto en mis redes publicitando su libro, dándole la enhorabuena, prometiendo que la leeríamos y mandándole todo mi aliento y mi cariño. Pues bien, al principio dije que la pobre Elma había tenido la mala suerte del vendaval, y media docena de personas comentaron que la estaba “pobreando”, como si fuera un trato ofensivo. Unos comentarios desde mi punto de vista tan disparatados e insensatos que primero me indignaron y luego me deprimieron. Porque las palabras, que deberían ser nuestro lazo de unión, a menudo separan. Y hasta torturan y matan, como explica con estremecedora lucidez el filólogo Victor Klemperer en su bello libro La lengua del Tercer Reich.

Ya he contado en alguna ocasión que hace muchos años publiqué un artículo criticando a una piscina de un pequeño pueblo de España que impidió la entrada a un hombre negro (¡tal cual! Esas cosas pasaban en la Transición). La noticia era tan demencial que escribí un texto burlesco en el que llevaba el racismo hasta la estratosfera, con burradas del tipo “mejor no dejarlos bañarse por si destiñen” y grotescos excesos semejantes. Poco después recibí una carta (de papel, por supuesto) en la que una persona de color se dolía de mis palabras con sobrecogedora contención. ¡Había tomado mi delirante artículo en serio! ¿De qué abismal y aterradora experiencia personal venía su mirada para entenderlo así? Para peor, como era una carta anónima (lo que indica su miedo), nunca pude escribirle, explicarme, disculparme. Guardo ese sangrante malentendido clavado en el corazón. Los humanos somos icebergs y la parte sumergida es inalcanzable. Qué clamorosa sensación de soledad produce la incomprensión.

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