La respuesta de Mike Pence
Tal vez sería saludable que nos repitiéramos que Trump no es la causa sino el síntoma de la decadencia
Desde hace meses no paro de pensar en ella; en la respuesta de Mike Pence, quiero decir. El vicepresidente de Donald Trump durante su primer mandato en la Casa Blanca la dio en el curso de un debate público que tuvo lugar el 22 de noviembre pasado en el Teatro Nacional de la Ópera de Ámsterdam. Allí dialogamos sobre el estado del mundo, durante varias horas, ocho personas, incluido el moderador, Rob Reiner, responsable del Nexus Institute y organizador del evento. Apenas iniciado este, me dirigí a Pence. Le dije que pertenezco a una generación de europeos que creció admirando Estados Unidos: s...
Desde hace meses no paro de pensar en ella; en la respuesta de Mike Pence, quiero decir. El vicepresidente de Donald Trump durante su primer mandato en la Casa Blanca la dio en el curso de un debate público que tuvo lugar el 22 de noviembre pasado en el Teatro Nacional de la Ópera de Ámsterdam. Allí dialogamos sobre el estado del mundo, durante varias horas, ocho personas, incluido el moderador, Rob Reiner, responsable del Nexus Institute y organizador del evento. Apenas iniciado este, me dirigí a Pence. Le dije que pertenezco a una generación de europeos que creció admirando Estados Unidos: su literatura, su cine, su música, su democracia. Le dije que, siendo un veinteañero, me marché a vivir a su país, dispuesto a convertirme en un escritor norteamericano (o poco menos). Le dije que aquella admiración se había acabado. Le dije que yo, como tantos europeos, asistía con una mezcla de incredulidad y espanto a lo que estaba ocurriendo en su país. Le dije que admiraba el coraje que había demostrado el 6 de enero de 2021 en el Capitolio, cuando se jugó literalmente la vida ratificando la elección de Joe Biden como nuevo presidente, negándose a obedecer la orden de Trump de revertir el resultado de las elecciones presidenciales y evitando que se consumase un golpe de Estado. Y acto seguido se lo pregunté: “Después de lo que vivió usted aquel día, ¿piensa que Donald Trump cree en la democracia?”. Entonces llegó la respuesta: la respuesta fue una polvareda de palabras sobre las bondades del pueblo norteamericano y su fe inmarcesible en la democracia; es decir: la respuesta fue que, según él, Trump no creía en la democracia.
Era una respuesta previsible, se dirá. Discrepo. Pence, un hombre profundamente religioso y conservador, pero sobre todo un político experimentadísimo, hubiera podido responder de otra forma ante las más de 1.500 personas que nos escuchaban, pero eligió responder la verdad. Porque es verdad que Trump, además de carecer de todas las virtudes que debería poseer el líder de un país democrático, ha demostrado con hechos —desde el asalto al Capitolio hasta el comportamiento criminal del ICE, su policía migratoria— despreciar por completo las reglas de la democracia; pero media un abismo entre el hecho de que usted y yo digamos que el presidente de la primera democracia del mundo y sostén indispensable del orden internacional no cree en la democracia, y que lo diga quien fue su vicepresidente durante cuatro años. Ese abismo da vértigo: el que produce el fin de las seguridades relativas en las que, al menos en esta parte privilegiada del mundo, habíamos vivido hasta ahora. Ante esta evidencia, algunos se refugian en el consuelo masturbatorio de llamar fascista a Trump; diga lo que diga Robert Paxton, yo me niego a hacerlo: no hay duda de que el trumpismo —o, más en general, el nacionalpopulismo— contiene ingredientes del fascismo, pero el fascismo atacaba abiertamente la democracia, mientras que el trumpismo la ataca en nombre de la democracia, como hizo durante el asalto al Capitolio, y esta astucia lo vuelve mucho más peligroso que el fascismo. Por su parte, nuestros viejos maîtres à penser nos acusan de hablar de Trump para no hablar de Sánchez; han perdido la cabeza: Sánchez comete errores, pero confundirlo con un Trump o un Orbán de izquierdas solo demuestra que lleva razón Diego S. Garrocho cuando afirma que el antisanchismo puede convertirse en “una obsesión invalidante capaz de arrasar cabezas que en otro tiempo fueron creativas”. Impotencia y delirio, pues.
¿Hay alternativa? Es evidente que solo los estadounidenses pueden parar esta locura, que es lo que quizá han empezado a hacer ya, a juzgar por su valiente rebelión contra el ICE en Minneapolis. En cuanto a los demás, tal vez sería saludable que nos repitiéramos que Trump no es la causa sino el síntoma de la decadencia estadounidense, que no hay bien que por Trump no venga y que los europeos debemos emanciparnos de una vez por todas de la tutela de Estados Unidos, plantando cara al matón sin olvidar que todo matón esconde a un cobarde. Pero sobre todo sin olvidar la respuesta de Pence.