Cortina d’Ampezzo vuelve a ser foco de moda y celebridad con los Juegos Olímpicos de Invierno 2026
Esta pequeña villa es el destino favorito de la ‘jet set’ para sus escapadas a la nieve italiana desde hace siete décadas
La passegiatta en Cortina d’Ampezzo no tiene pérdida. Corso Italia arriba, Corso Italia abajo, el ritual se sucede inalterable desde hace al menos siete décadas: apenas 600 metros de paseíllo para ver y dejarse ver. Il salotto di Cortina, lo llaman por eso los locales, porque esta suerte de calle mayor peatonal que atraviesa el corazón de la localidad transalpina de norte a sur es como una salita de estar, donde pasa la vida. También pasan las modas, de los abrigos loden y los tradicionales lederhosen de imperial herencia austrohúngara a los tan exquisitos como discretos c...
La passegiatta en Cortina d’Ampezzo no tiene pérdida. Corso Italia arriba, Corso Italia abajo, el ritual se sucede inalterable desde hace al menos siete décadas: apenas 600 metros de paseíllo para ver y dejarse ver. Il salotto di Cortina, lo llaman por eso los locales, porque esta suerte de calle mayor peatonal que atraviesa el corazón de la localidad transalpina de norte a sur es como una salita de estar, donde pasa la vida. También pasan las modas, de los abrigos loden y los tradicionales lederhosen de imperial herencia austrohúngara a los tan exquisitos como discretos cachemiras de nuestros días, mientras permanece ese estilo ampezzano impuesto por las señoras bien, señoras fetén romanas en los años sesenta del siglo pasado al hacer de la perla de los Dolomitas su ciudad de vacaciones invernales favorita. Bajo los cortavientos y los monos de esquí técnicos, todavía hoy pueden adivinarse los suéteres de lana hervida, las chaquetas de terciopelo de corte Trachten (a lo bávaro) y las camisas de franela en armónica connivencia entre lo vintage y el alto rendimiento deportivo. “Es una mezcla entre lo clásico y lo moderno tan refinada como inconfundible, que prima la elegancia, los tejidos nobles y la artesanía por encima del exceso. Los colores chillones y la extravagancia asociada a la ropa de nieve actual no tienen cabida aquí”, expone Elisabetta Dotto, la posadera más famosa del lugar, ideóloga-diseñadora del exclusivo hotel boutique Ambra, que todavía recuerda con cierto horror el revival dosmilero de las moon boots —botazas de après-ski acolchadas o peludas como un yeti— y las gafas-máscara Oakley de hace unas temporadas. Pues que se prepare para la avalancha de exageración indumentaria que se viene con los inminentes Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno 2026 que se celebran en Cortina d’Ampezzo y Milán hasta el 22 de febrero.
Destino alpino favorecido en principio por la élite británica a finales del siglo XIX y principios del XX, refugio montañés de Ernest Hemingway en los años veinte (el relato Fuera de temporada lo escribió allí), primera escuela de esquí italiana reconocida (en 1933) y sede del Campeonato Mundial de Esquí Alpino en 1941, Cortina fue redescubierta oficialmente para el resto del planeta en 1956, la primera vez que la competición olímpica invernal se retransmitía por televisión (el idílico pueblo del soleado valle d’Ampezzo ya había sido elegido para acogerla en 1944, pero la Segunda Guerra Mundial truncó entonces la celebración). Y, a partir de ahí, el delirio internacional en aras de aquella jet set que se daba a la dolce vita en la Italia del boom económico de posguerra. De las primeras en llegar un par de años después, tratando de escapar de la fama sobrevenida como bomba sexual, Brigitte Bardot arrastró tras de sí una tropa de paparazis que la inmortalizó juguetona en la nieve, sentando estilosa cátedra. Después fueron desfilando Elizabeth Taylor y Richard Burton, Alain Delon y Romy Schneider, Helmut Berger y Faye Dunaway, Frank Sinatra (el fabuloso hotel Cristallo Palace le dedicó una suite) y Sophia Loren, Charlton Heston y Audrey Hepburn, de asueto o para rodar sus películas. La primera y ampezzanamente canónica, La pantera rosa, de Blake Edwards (1963), con Claudia Cardinale y Capucine derrochando glamour peletero por Corso Italia. Cuando Roger Moore y Carole Bouquet rodaron el Bond de Solo para sus ojos, en 1981, con el olímpico Palacio de Hielo y el Trampolino como escenarios de tanta acción sofisticada, la villa ya pasaba por ser la más chic de las estaciones alpinas, al menos en términos de código de vestimenta. Mantener el tipo de lujosa discreción en tiempos de celebridad digital gritona —a veces hasta histérica— es ahora el reto.
Tenía que ocurrir: los JJOO de Invierno 2026 también han entrado al trapo de la viralidad. Con la elección de los protagonistas de Heated Rivalry, fenómeno catódico-social calentorro del momento, como entorchados, el Comité Olímpico Internacional se ha pasado el juego, que se dice. Connor Storrie y Hudson Williams pasearon la llama atlética por Feltre en su camino hacia Cortina d’Ampezzo, uniformados con la equipación chandalera diseñada por la marca deportiva Salomon a tal efecto y a mayor delirio colectivo de sus fans (la serie se acaba de estrenar en Movistar+ con el título de Más que rivales). Pero es que Williams ya había abierto y cerrado días antes el desfile de la colección otoño/invierno 2026-2027 de Dsquared2 en la semana del prêt-à-porter masculino milanesa, fogueándose como modelo. La propuesta de los gemelos Dean y Dan Caten —de origen canadiense, afincados para el negocio de la moda en Italia— rinde, claro, oportuno homenaje a la competición en la nieve, pero no podría estar más alejada de los estándares del estilo ampezzano con esa interpretación de la ropa deportiva de alta montaña pasada de rosca sexy. Curioso que, para el caso, ninguna marca haya querido apostar por la pareja real de rivales y, sin embargo, pareja (pronto esposas) formada por las jugadoras de hockey sobre hielo Anna Kjellbin, de las Toronto Sceptres, y Ronja Savolainen, en las Ottawa Charge. En estos Juegos, la una competirá por su Suecia natal, y la otra, por Finlandia, aunque se enfrentarán en distintos estadios milaneses, no en el Ice Palace de Cortina. Y sin patrocinio de moda alguno.
De proverbial talante elitista, los deportes de invierno gozan sorprendentemente de menor predicamento entre las firmas de lujo que las disciplinas que concurren a competición olímpica en verano. Al menos a efectos de imagen de marca. Louis Vuitton ha colaborado con el snowboardista chino Su Yiming y Gucci tiene como embajador al patinador japonés Yuzuru Hanyu —fichajes que, en ambos casos, responden a la necesidad de presencia en el mercado asiático—, y para de contar.
El único nombre que suena en Milán-Cortina 2026 asociado a una etiqueta de alta gama es el del esquiador escandinavo-brasileño Lucas Pinheiro Braathen, contratado por Moncler para la ocasión: con él, la marca de origen francés y propiedad italiana vuelve a equipar a una delegación olímpica, casi 60 años después de uniformar a la gala en Grenoble 1968. Ha tenido que conformarse con la brasileña, eso sí, que la italiana ya estaba pillada por Emporio Armani, imbatible en estas lides, mientras la francesa corre por cuenta de Le Coq Sportif. El resto de sospechosos habituales en cuestiones de moda olímpica tampoco faltan a esta cita: Adidas con el equipo británico; Joma con el español; 66 North viste a los islandeses, y Nike y Ralph Lauren, a los estadounidenses (por fuera, que de su comodidad interior se encarga Skims, la marca de lencería, fajas y loungewear de Kim Kardashian). Mientras, por Canadá irrumpe el traído y llevado athleisure firmado por la popular Lululemon.
Tampoco hay mucho más donde rascar: a excepción de la cápsula après-ski presentada por Lacoste como tributo al 70º aniversario de aquellos Juegos de 1956, de sugerente inspiración retro y bajo licencia del propio Comité Olímpico Internacional (COI), y de la línea Cortina a Colori que ofrece Harmont & Blaine en la tienda pop-up instalada en el centro comercial La Cooperativa, una institución de las compras tradicionales en la villa, ninguna otra firma, ni de lujo ni de gran consumo, se ha hecho cargo de la situación. Bueno, solo una: Prada, que ha ocupado las tres plantas de un edificio histórico de estilo Liberty en pleno centro de la ciudad para despachar sus colecciones de mujer y hombre durante los días de competición. Claro que a los paseantes de Corso Italia tampoco los impresiona: saben que las modas pasan y que solo su estilo permanece. Por algo cada diciembre, desde hace tres lustros, celebran su propia fashion week, la genuina pasarela del chic de alta montaña.