Maldita maldición Juncker
No somos nosotros los que estamos al servicio de los políticos; son los políticos los que están a nuestro servicio
Al abandonar la presidencia de la Comunidad Valenciana, Ximo Puig aseguró tener “serias dudas” de que se pueda “gobernar bien y ganar elecciones”. Reformulaba de ese modo la celebérrima maldición Juncker, así llamada por Jean-Claude Juncker, expresidente de la Comisión Europea. “Sabemos cómo arreglar los problemas”, reza. “Lo que no sabemos es cómo ganar las elecciones después de arreglarlos”.
Cierto: nuestros...
Al abandonar la presidencia de la Comunidad Valenciana, Ximo Puig aseguró tener “serias dudas” de que se pueda “gobernar bien y ganar elecciones”. Reformulaba de ese modo la celebérrima maldición Juncker, así llamada por Jean-Claude Juncker, expresidente de la Comisión Europea. “Sabemos cómo arreglar los problemas”, reza. “Lo que no sabemos es cómo ganar las elecciones después de arreglarlos”.
Cierto: nuestros políticos gobiernan pensando en los próximos comicios, y casi nunca las medidas necesarias pero impopulares permiten ganarlos; aunque la cuestión no es solo esa: la cuestión es también que los grandes problemas —a menudo los menos visibles y los que menos afectan de momento a la vida cotidiana de la gente— tampoco pueden solucionarse en el corto plazo que depara victorias electorales. Tomemos por ejemplo el llamado problema catalán, ahora anestesiado. ¿Tiene solución? La respuesta más elegante es la más frívola: no; la respuesta más común es la más orteguiana: la famosa conllevancia; la respuesta real es obvia: claro que tiene solución. Como la mayoría de los problemas. Solo que la solución no es mágica, de un día para otro. Las soluciones mágicas no son soluciones; son problemas multiplicados y disfrazados de soluciones: pan para hoy y hambruna para mañana. Una vez, mientras se tramitaba el Estatuto de Autonomía catalán de 2006, le preguntaron al presidente Zapatero si aquello era la solución para la Cataluña de los próximos 10 o 15 años. “¡Es la solución para siempre!”, contestó Zapatero; seis años después, sin embargo, el Estatut fue uno de los ingredientes que contribuyeron a detonar el procés. También ahora el presidente Sánchez asegura estar “completamente seguro” de que la amnistía soluciona la cuestión catalana. Me parece imposible que lo crea. Es verdad que a corto plazo la amnistía solucionó dos problemas personales —el de Sánchez, a quien le urgía ser presidente por la vía más rápida y fácil; y el de Puigdemont, que no deseaba responder ante la justicia por los delitos de los que se le acusaba—; pero, a medio plazo, esa solución multiplica el problema colectivo. La razón es que, como los secesionistas y sus medios repiten, la amnistía ratifica de pe a pa su versión del procés: en 2017, España era Turquía, un Estado que reprimió de manera antidemocrática las legítimas aspiraciones democráticas del pueblo catalán, y la amnistía borra los falsos delitos de los que entonces se los acusó (la amnistía es lo contrario de los indultos: con los indultos el Estado perdona, y por eso yo escribí a su favor; con la amnistía, tal como se planteó, pide perdón, y por eso yo escribí en contra). Esto significa que, cuando a los secesionistas cargados de razón se les presente la próxima oportunidad —y se les presentará, sin la más mínima duda: basta que estalle otra crisis del calibre de la de 2008—, su arremetida contra la democracia será mucho más fuerte; también significa que los defensores de la democracia serán mucho más débiles. ¿La solución, entonces? Es evidente: se trata de cambiar, en Cataluña, España y Europa, el excluyente paradigma político nacional, que, convertido en nacionalismo, a punto ha estado de destruir dos veces nuestro continente, por el incluyente paradigma federal, el único que puede salvarlo. Esto no se hace en un pispás: requiere trabajar duro en la escuela, la universidad, los medios y la calle, y exige mucho tiempo, al menos el mismo que costó crear el paradigma nacional. Es una tarea de décadas, como mínimo, y no sirve para ganar las próximas elecciones, pero sí para atacar un problema que, a medio plazo, la amnistía solo agrava. Los malos políticos deben decidir cuál de esos dos objetivos contradictorios persiguen; los buenos deben demostrar que no son contradictorios.
Pero, hagan lo que hagan, los responsables no son ellos sino nosotros. A menudo olvidamos lo esencial: no somos nosotros los que estamos al servicio de los políticos; son los políticos los que están a nuestro servicio. No son los políticos los que deben controlarnos a nosotros; somos nosotros los que debemos controlarlos a ellos. En eso consiste la democracia.