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Cinco libros de esta semana

Vicente Molina Foix, Carlos Zanón y Eduardo Halfon, entre los autores reseñados

  • Hace más de 20 años, Vicente Molina Foix publicó en este periódico la primera piedra de su última novela. Había leído con atención y frustración la edición de Arde el mar, de Pere Gimferrer, que publicó Cátedra en 1995. El editor, que fui yo, ignoraba de la misa, valga la impropiedad, la mitad. Tenía toda la razón Molina Foix cuando explicaba en La nata de los clásicos que “dos poemas-clave del libro, ‘Cuchillos en abril’ y ‘Julio de 1965’, originados en ciertos hechos y personas concretas de la intimidad del poeta”, carecían de explicación convincente en notas y prólogo, como si la vergüenza, el pudor o el miedo hubiesen secreteado el anclaje de los poemas a la realidad vivida. Quizá habría que esperar “el día, que deseo lejano, en que el autor [Gimferrer] alcance la verdadera inmortalidad” y “el crítico de entonces pueda batir la nata de la antigua pasión sin temor a cortarla”. Por JORDI GRACIA
    1La nata fresca de los clásicos Hace más de 20 años, Vicente Molina Foix publicó en este periódico la primera piedra de su última novela. Había leído con atención y frustración la edición de Arde el mar, de Pere Gimferrer, que publicó Cátedra en 1995. El editor, que fui yo, ignoraba de la misa, valga la impropiedad, la mitad. Tenía toda la razón Molina Foix cuando explicaba en La nata de los clásicos que “dos poemas-clave del libro, ‘Cuchillos en abril’ y ‘Julio de 1965’, originados en ciertos hechos y personas concretas de la intimidad del poeta”, carecían de explicación convincente en notas y prólogo, como si la vergüenza, el pudor o el miedo hubiesen secreteado el anclaje de los poemas a la realidad vivida. Quizá habría que esperar “el día, que deseo lejano, en que el autor [Gimferrer] alcance la verdadera inmortalidad” y “el crítico de entonces pueda batir la nata de la antigua pasión sin temor a cortarla”. Por JORDI GRACIA Ir a noticia
  • Durante siete días con sus noches, aquejado de insomnio, Sandino conduce un taxi por Barcelona, recoge clientes y se mete en líos con ex mossos d’esquadra. Su principal propósito es no regresar a casa, donde quizá tenga que romper definitivamente su relación con Lola. Pero cada hora que pasa fuera más se complica el asunto: una bolsa con burundanga y dinero, una historia de cuernos y venganza, compañeros que lo están pasando egoístamente mal, adiestramiento terrorista… Sandino tiene cara de buena persona, es decir: es permeable a los problemas de los demás. Lo apodan así por el disco de The Clash: Sandinista (y cada capítulo toma prestado un título de canción). Iba para universitario, pero el taxi es “el estigma de la familia”. Por CARLOS PARDO
    2El taxi de Ulises Durante siete días con sus noches, aquejado de insomnio, Sandino conduce un taxi por Barcelona, recoge clientes y se mete en líos con ex mossos d’esquadra. Su principal propósito es no regresar a casa, donde quizá tenga que romper definitivamente su relación con Lola. Pero cada hora que pasa fuera más se complica el asunto: una bolsa con burundanga y dinero, una historia de cuernos y venganza, compañeros que lo están pasando egoístamente mal, adiestramiento terrorista… Sandino tiene cara de buena persona, es decir: es permeable a los problemas de los demás. Lo apodan así por el disco de The Clash: Sandinista (y cada capítulo toma prestado un título de canción). Iba para universitario, pero el taxi es “el estigma de la familia”. Por CARLOS PARDO Ir a noticia
  • Tras El pensionado de Neuwelke (Planeta, 2013), que obtuvo una discreta recepción, el nombre de José C. Vales (Zamora, 1965) adquirió relevancia con el Premio Nadal de 2015 concedido a su segunda novela, Cabaret Biarritz, que llevaba el subtítulo Los pecados estivales y en su momento calificamos de “magnífico artefacto literario”. Por FRANCISCO SOLANO
    3Delirios en la Costa Azul Tras El pensionado de Neuwelke (Planeta, 2013), que obtuvo una discreta recepción, el nombre de José C. Vales (Zamora, 1965) adquirió relevancia con el Premio Nadal de 2015 concedido a su segunda novela, Cabaret Biarritz, que llevaba el subtítulo Los pecados estivales y en su momento calificamos de “magnífico artefacto literario”. Por FRANCISCO SOLANO Ir a noticia
  • Esas cifras tatuadas en el brazo de su abuelo polaco que, de niño, el guatemalteco Eduardo Halfon (1971) creyó que pertenecían a un teléfono (69752), pues así se lo había dicho su abuelo judío, superviviente de los campos, y que aparecen con frecuencia, de una forma u otra, en los textos del escritor tienen algo, para este lector, de código de barras de su literatura, de esa delicada y extraordinaria ficción convenientemente repetitiva —es una seña de identidad, en modo alguno un reproche— que gira en torno a su propia familia, judeo-árabe por parte libanesa y judía por parte polaca, una familia-puzle donde combinan lenguas como el árabe, el hebreo, el yidis, el francés, el inglés y el castellano, en el que escribe estupendamente, con una rara y económica precisión, Halfon. Un código de barras, esa matrícula de campo de concentración, que le recuerda continuamente de dónde parte, de la memoria familiar, y que a la vez, sin dejar de ser código, es caldo de cultivo de sus relatos, de sus novelas. Por su literatura transita la memoria de su familia, con sus fallos, con sus secretos, con sus verdades y mentiras, y transita él mismo sin avasallar, sin imponer un empalagoso yo, pues su presencia nunca es agresiva, molesta. Por JAVIER GOÑI
    4Código de barras Esas cifras tatuadas en el brazo de su abuelo polaco que, de niño, el guatemalteco Eduardo Halfon (1971) creyó que pertenecían a un teléfono (69752), pues así se lo había dicho su abuelo judío, superviviente de los campos, y que aparecen con frecuencia, de una forma u otra, en los textos del escritor tienen algo, para este lector, de código de barras de su literatura, de esa delicada y extraordinaria ficción convenientemente repetitiva —es una seña de identidad, en modo alguno un reproche— que gira en torno a su propia familia, judeo-árabe por parte libanesa y judía por parte polaca, una familia-puzle donde combinan lenguas como el árabe, el hebreo, el yidis, el francés, el inglés y el castellano, en el que escribe estupendamente, con una rara y económica precisión, Halfon. Un código de barras, esa matrícula de campo de concentración, que le recuerda continuamente de dónde parte, de la memoria familiar, y que a la vez, sin dejar de ser código, es caldo de cultivo de sus relatos, de sus novelas. Por su literatura transita la memoria de su familia, con sus fallos, con sus secretos, con sus verdades y mentiras, y transita él mismo sin avasallar, sin imponer un empalagoso yo, pues su presencia nunca es agresiva, molesta. Por JAVIER GOÑI Ir a noticia
  • En una comida de amigos, el hijo de una de las comensales, un niño de 11 años, nos sorprendió con dos detalles. El primero fue que rechazara, con exquisita educación, las patatas fritas que le ofrecimos; en su lugar eligió un trozo de pan integral que había en la panera y exclamó: “¡Qué pan más bueno!”. El pan era realmente bueno, bastante bueno como para que un niño de su edad reparara en su calidad. El segundo detalle fue al filo de los postres. Cogió el corcho de una botella de vino que había en la mesa y nos preguntó a todos: “¿Veis este corcho?”. “Sí”, contestamos. “Pues miradlo bien, porque durará poco”. Y sí, duró una fracción de segundo ante nuestra mirada. Si cuento esta historia es porque trato de hacerme una idea de cómo hacer que un niño en una ficción diga o haga cosas desarmantes con una naturalidad no menos desarmante. Yo no podría hacerlo, desde luego. Pero la escritora Tina Vallès (Barcelona, 1976), a juzgar por lo leído en La memoria del árbol, lo hizo. Por J. ERNESTO AYALA-DIP
    5Afilada inocencia En una comida de amigos, el hijo de una de las comensales, un niño de 11 años, nos sorprendió con dos detalles. El primero fue que rechazara, con exquisita educación, las patatas fritas que le ofrecimos; en su lugar eligió un trozo de pan integral que había en la panera y exclamó: “¡Qué pan más bueno!”. El pan era realmente bueno, bastante bueno como para que un niño de su edad reparara en su calidad. El segundo detalle fue al filo de los postres. Cogió el corcho de una botella de vino que había en la mesa y nos preguntó a todos: “¿Veis este corcho?”. “Sí”, contestamos. “Pues miradlo bien, porque durará poco”. Y sí, duró una fracción de segundo ante nuestra mirada. Si cuento esta historia es porque trato de hacerme una idea de cómo hacer que un niño en una ficción diga o haga cosas desarmantes con una naturalidad no menos desarmante. Yo no podría hacerlo, desde luego. Pero la escritora Tina Vallès (Barcelona, 1976), a juzgar por lo leído en La memoria del árbol, lo hizo. Por J. ERNESTO AYALA-DIP Ir a noticia