Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Siete libros de esta semana

Dalton Trevisan, Hope Jahren y Jim Tully, entre los autores destacados

  • Dalton Trevisan (1925) forma parte de una generación irrepetible de la narrativa brasileña, la de maestros como Autran Dourado (1926), Osman Lins (1924), Lygia Fagundes Telles (1923) o Rubem Fonseca (1925), el más conocido fuera de Brasil y el más traducido, y todos ellos apenas un lustro más jóvenes que la mítica y enigmática Clarice Lispector. Nacidos alrededor de 1925, como nuestros Juan García Hortelano, Carmen Martín Gaite o Caballero Bonald, los autores de la generación de Trevisan dominan la novela, pero prefieren el cuento y eligen las formas breves, que perfilan con asombroso dominio técnico y la convicción premonitoria de que la ficción narrativa sería híbrida y no estribaría tanto en la construcción de una trama como en el ensamblaje de géneros y discursos. Por JAVIER APARICIO MAYDEU
    1Estampas de la condición humana Dalton Trevisan (1925) forma parte de una generación irrepetible de la narrativa brasileña, la de maestros como Autran Dourado (1926), Osman Lins (1924), Lygia Fagundes Telles (1923) o Rubem Fonseca (1925), el más conocido fuera de Brasil y el más traducido, y todos ellos apenas un lustro más jóvenes que la mítica y enigmática Clarice Lispector. Nacidos alrededor de 1925, como nuestros Juan García Hortelano, Carmen Martín Gaite o Caballero Bonald, los autores de la generación de Trevisan dominan la novela, pero prefieren el cuento y eligen las formas breves, que perfilan con asombroso dominio técnico y la convicción premonitoria de que la ficción narrativa sería híbrida y no estribaría tanto en la construcción de una trama como en el ensamblaje de géneros y discursos. Por JAVIER APARICIO MAYDEU Ir a noticia
  • Nacida en Buenos Aires en 1931 y muerta en esa ciudad en 1988, Sara Gallardo estuvo casada dos veces, vivió en siete u ocho países, tuvo cuatro hijos y publicó once libros, cinco de ellos novelas: Enero (1958), Pantalones azules (1963), Los galgos, los galgos (1968), Eisejuaz (1971) y La rosa del viento (1979). Leopoldo Brizuela (que prologó su Narrativa breve completa en 2009) llamó a su obra “una de las más reconocidas (y peor apreciadas) de su tiempo” en no poca medida debido a que, aunque popular (fue una de las periodistas argentinas más leídas de finales de los sesenta y setenta), Gallardo nunca consiguió conciliar para el público la imagen de escritora frívola perteneciente a la clase alta que cultivaba en sus artículos y la (en palabras de Martín Kohan) “originalidad radical” de su obra literaria. Por PATRICIO PRON
    2Nadie no podrá Nacida en Buenos Aires en 1931 y muerta en esa ciudad en 1988, Sara Gallardo estuvo casada dos veces, vivió en siete u ocho países, tuvo cuatro hijos y publicó once libros, cinco de ellos novelas: Enero (1958), Pantalones azules (1963), Los galgos, los galgos (1968), Eisejuaz (1971) y La rosa del viento (1979). Leopoldo Brizuela (que prologó su Narrativa breve completa en 2009) llamó a su obra “una de las más reconocidas (y peor apreciadas) de su tiempo” en no poca medida debido a que, aunque popular (fue una de las periodistas argentinas más leídas de finales de los sesenta y setenta), Gallardo nunca consiguió conciliar para el público la imagen de escritora frívola perteneciente a la clase alta que cultivaba en sus artículos y la (en palabras de Martín Kohan) “originalidad radical” de su obra literaria. Por PATRICIO PRON Ir a noticia
  • Después de la inclasificable Fresy Cool (Literatura Random House, 2012), Antonio J. Rodríguez (Oviedo, 1987) retorna con una nueva novela titulada Vidas perfectas. Quien haya leído Fresy Cool puede que piense que su autor ha vuelto al redil; al redil del establishment narrativo, que ha renegado de su arrojo pasado y ha decidido contarnos una historia. No es que no lo hiciera en su anterior libro, que la historia existía, sólo que esa vez se trataba de dinamitar su formato tradicional. En Vidas perfectas asistimos a otro tipo de arrojo, el de dejar las formas como estaban. Esto también es madurez. En realidad, Fresy Cool era una operación narrativa de corto alcance, necesaria para su autor, pero que cerraba todas las válvulas de escape a su talento. En el talento va incluida la clarividencia, y Antonio J. Rodríguez la tuvo y mucho al escribir la novela que ahora leemos. Por J. ERNESTO AYALA-DIP
    3Toda vida perfecta es un desastre Después de la inclasificable Fresy Cool (Literatura Random House, 2012), Antonio J. Rodríguez (Oviedo, 1987) retorna con una nueva novela titulada Vidas perfectas. Quien haya leído Fresy Cool puede que piense que su autor ha vuelto al redil; al redil del establishment narrativo, que ha renegado de su arrojo pasado y ha decidido contarnos una historia. No es que no lo hiciera en su anterior libro, que la historia existía, sólo que esa vez se trataba de dinamitar su formato tradicional. En Vidas perfectas asistimos a otro tipo de arrojo, el de dejar las formas como estaban. Esto también es madurez. En realidad, Fresy Cool era una operación narrativa de corto alcance, necesaria para su autor, pero que cerraba todas las válvulas de escape a su talento. En el talento va incluida la clarividencia, y Antonio J. Rodríguez la tuvo y mucho al escribir la novela que ahora leemos. Por J. ERNESTO AYALA-DIP Ir a noticia
  • No es lo mismo ser un trotamundos que ser homeless, como no es lo mismo ser solitario que estar solo. El fenómeno del hobo o trotamundos americano se presta a confusión: mucha gente identifica a los hobos como carpantas que no agarraban una pala ni a tiros y eran más guarros que un piso erasmus. Pero como describió Ben Reitman en su ensayo disfrazado de novela Boxcar Bertha (Pepitas de Calabaza, 2014), la experiencia colectiva hobo fue una auténtica sociedad paralela —el 5% de la población activa de EE UU— formada por el subproletariado del momento, con “sus propias instituciones, sus saberes legales —y sobre todo ilegales—, su jerga y sus taxonomías”. Los hobos no eran tramps o bums (vagabundos o tirados). Había un elemento de voluntariedad en su experiencia, así como sólidos lazos sociales y una visión romántica del tinglado. Por KIKO AMAT
    4Elogio del trotamundos No es lo mismo ser un trotamundos que ser homeless, como no es lo mismo ser solitario que estar solo. El fenómeno del hobo o trotamundos americano se presta a confusión: mucha gente identifica a los hobos como carpantas que no agarraban una pala ni a tiros y eran más guarros que un piso erasmus. Pero como describió Ben Reitman en su ensayo disfrazado de novela Boxcar Bertha (Pepitas de Calabaza, 2014), la experiencia colectiva hobo fue una auténtica sociedad paralela —el 5% de la población activa de EE UU— formada por el subproletariado del momento, con “sus propias instituciones, sus saberes legales —y sobre todo ilegales—, su jerga y sus taxonomías”. Los hobos no eran tramps o bums (vagabundos o tirados). Había un elemento de voluntariedad en su experiencia, así como sólidos lazos sociales y una visión romántica del tinglado. Por KIKO AMAT Ir a noticia
  • Una novela tan declaradamente sentimental como Sylvia, con la que Celso Castro (A Coruña, 1962) reincide en un tema obsesivo en su obra, el tormento de la emoción lírica del adolescente, acaba por exceso imponiéndose como una patología de aniquilación personal. En las novelas de Castro la voz narradora, siempre en primera persona, siente mucho, pero sobre todo padece lo que siente. Encuentra lo que desea, el amor de su vida, aquí en una mujer mayor, editora de una revista de poesía y poeta también ella, evanescente y descuidada como objeto amoroso, que se diría un pretexto para demostrar que se enamoró “como no debe enamorarse nadie”. Por FRANCISCO SOLANO
    5Tormento adolescente Una novela tan declaradamente sentimental como Sylvia, con la que Celso Castro (A Coruña, 1962) reincide en un tema obsesivo en su obra, el tormento de la emoción lírica del adolescente, acaba por exceso imponiéndose como una patología de aniquilación personal. En las novelas de Castro la voz narradora, siempre en primera persona, siente mucho, pero sobre todo padece lo que siente. Encuentra lo que desea, el amor de su vida, aquí en una mujer mayor, editora de una revista de poesía y poeta también ella, evanescente y descuidada como objeto amoroso, que se diría un pretexto para demostrar que se enamoró “como no debe enamorarse nadie”. Por FRANCISCO SOLANO Ir a noticia
  • No son frecuentes los libros de divulgación botánica, sobre todo si los comparamos con los de genética y de física, por citar solo dos ejemplos. Y menos aún los que se convierten en éxitos de ventas. La memoria secreta de las hojas, de Hope Jahren, es uno de ellos, un éxito y una delicia. Es la historia de una vocación científica que surge en el laboratorio de ciencias de un pueblo pequeño de Estados Unidos y termina, de momento, en la Universidad de Hawái. En medio, todas las plantas y mucha vida. Por ANTONIO CALVO ROY
    6Los árboles lo son todo No son frecuentes los libros de divulgación botánica, sobre todo si los comparamos con los de genética y de física, por citar solo dos ejemplos. Y menos aún los que se convierten en éxitos de ventas. La memoria secreta de las hojas, de Hope Jahren, es uno de ellos, un éxito y una delicia. Es la historia de una vocación científica que surge en el laboratorio de ciencias de un pueblo pequeño de Estados Unidos y termina, de momento, en la Universidad de Hawái. En medio, todas las plantas y mucha vida. Por ANTONIO CALVO ROY Ir a noticia
  • Estos chicos, casi todos ya vagabundos del dharma ultraterreno, siguen ululando tiernamente generación tras generación. Alborotaron el tranquilo avispero de la poesía de su tiempo (esos poetas conservadores, retoricistas y melindrosos de la Nueva Crítica, por ejemplo) y siguen haciéndolo hoy en día. Ellos, que fueron avanzados de la contracultura, el ecologismo, el comunitarismo, la fraternidad universal, el orientalismo, el feminismo y el erotismo sin fronteras, quizás sean ahora más necesarios que entonces: porque nuestra época involuciona hacia esa tacañería mental y emocional de la que habían conseguido librarnos el puñado de obras iluminadas que firmaron estos seis y sus colegas; y porque los poderes a los que se enfrentaron han aprendido la lección y han cavado trincheras de apariencia inexpugnable. Cada cual defendió estas causas a su manera y con unos fines diferentes, pero la poesía de todos sin excepción denuncia los fallos de este sistema que nos jode la existencia y, antes de que se reprograme, publica sus planos y vende millones de copias sin dejar de hacer el amor o de practicar meditación zen en cabañas o rascacielos, en lagos o bosques, en soledad o en grupo. Una poesía política, por tanto, antes del desprestigio general y merecido de la política. Y una poesía que practica la felicidad del encuentro con el otro y con lo otro sin mojigaterías de salón. Por JESÚS AGUADO
    7Ululantes y necesarios Estos chicos, casi todos ya vagabundos del dharma ultraterreno, siguen ululando tiernamente generación tras generación. Alborotaron el tranquilo avispero de la poesía de su tiempo (esos poetas conservadores, retoricistas y melindrosos de la Nueva Crítica, por ejemplo) y siguen haciéndolo hoy en día. Ellos, que fueron avanzados de la contracultura, el ecologismo, el comunitarismo, la fraternidad universal, el orientalismo, el feminismo y el erotismo sin fronteras, quizás sean ahora más necesarios que entonces: porque nuestra época involuciona hacia esa tacañería mental y emocional de la que habían conseguido librarnos el puñado de obras iluminadas que firmaron estos seis y sus colegas; y porque los poderes a los que se enfrentaron han aprendido la lección y han cavado trincheras de apariencia inexpugnable. Cada cual defendió estas causas a su manera y con unos fines diferentes, pero la poesía de todos sin excepción denuncia los fallos de este sistema que nos jode la existencia y, antes de que se reprograme, publica sus planos y vende millones de copias sin dejar de hacer el amor o de practicar meditación zen en cabañas o rascacielos, en lagos o bosques, en soledad o en grupo. Una poesía política, por tanto, antes del desprestigio general y merecido de la política. Y una poesía que practica la felicidad del encuentro con el otro y con lo otro sin mojigaterías de salón. Por JESÚS AGUADO Ir a noticia