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Necrológica:

Carlo Fruttero, sarcástico literato italiano

Falleció tras dejar escrito su propio obituario irónico

En realidad, ya había escrito él solo su obituario: "Una vez que superas los 80 años ya nadie se atreve a referirse a ti como 'el viejo Fruttero' ni tampoco como 'el anciano Fruttero'. Se suele pasar a un sinónimo más halagüeño: 'el gran Fruttero'. Para hacer entender que tan solo es un decir, se puede recurrir a un superlativo: 'el grandísimo Fruttero', que aquí saluda y deja la escena con su sonrisa más bella", rezaba un texto que el escritor italiano Carlo Fruttero hizo llegar al programa televisivo Te llevaré conmigo, de Roberto Saviano y el presentador Fabio Fazio. El 15 de enero, el autor dejó definitivamente la escena. Falleció en su casa de Roccamare, cerca de Castiglion de la Pescaia, en la Toscana.

Fruttero había nacido 85 años antes, el 19 de septiembre de 1926, en Turín. Su carrera literaria empezó como traductor, de Samuel Beckett y J. D. Salinger, entre otros. También participó en la primera edición italiana del Diario de Ana Frank. Eran los años cincuenta, y Fruttero trabajaba para la editorial Einaudi junto con el que sería su mejor amigo y colaborador fiel de toda una vida: el también escritor Franco Lucentini.

"Dos Watson sin Sherlock Holmes", solía definirse la pareja de autores que en 1961 seleccionó una antología de cuentos de ciencia-ficción titulada Las maravillas del posible que recibió una gran acogida en Italia. Tanto, que el mismo año Mondadori pensó justamente en Fruttero para dirigir Urania, una sección de la editorial inspirada en el nombre de la musa de la astronomía y que editaba títulos de ciencia-ficción.

El escritor aceptó, pese a las objeciones de Italo Calvino, que en Einaudi trabajaba codo a codo con él y que ahora yace a pocos metros de Fruttero, en el mismo cementerio de Castiglion de la Pescaia. En Urania Fruttero estuvo entre 1961 y 1986 y allá se trajo, como no, a Lucentini. Con su otra mitad de la naranja artística, el escritor abrió para el público italiano una ventana que daba a lo mejor de la literatura fantástica mundial.

La pareja literaria no solo cultivó y cuidó obras de otros, sino que también dio a luz su propio repertorio: muchos artículos y, sobre todo, una veintena de novelas, la mayoría de ellas de género policiaco. En 1972 ambientaron entre los bastidores de la burguesía turinesa La donna della domenica (La mujer del domingo), intriga protagonizada por el comisario Salvatore Santamaría traída a España por la editorial Noguer. Tres años después, Marcello Mastroianni, a las órdenes de Luigi Comencini, se transformaría en ese policía para la versión cinematográfica del superventas.

Vasta es la producción de la empresa Fruttero-Lucentini, de lo que dan fe obras como En qué punto está la noche, El palio de los jinetes muertos, La amante sin residencia fija o La trilogía del cretino. Aunque el primero explicaba que no hacían literatura, sino que se quedaban algunos escalones más abajo: "Éramos dos y para la crítica es imposible escribir a cuatro manos. Como mucho, se puede ser astutos apañadores que trabajan por afán de lucro. La inspiración tiene que ser única".

Casi para confirmar esa frase, con su segundo libro en solitario, Donne informate sui fatti (Mujeres informadas sobre los hechos), en 2007 Fruttero llegó a la selección final del prestigioso Premio Campiello a la mejor obra de narrativa del año. Sin embargo, acabó quinto de cinco, aunque no se lo tomó tan mal: "Mejor último que segundo o tercero". La sonrisa debió de ampliársele tres años después, cuando, en reconocimiento a toda su carrera, recibió ese galardón.

Por aquel entonces, ya se había retirado a su casa de la Toscana. Sin su mujer, fallecida en 2007. Y sin Lucentini, muerto en 2002, tras un vuelo desde la cuarta planta del edificio en el que vivía en Turín: idéntico destino al de Primo Levi 15 años antes o al del director Mario Monicelli, que hace dos años, cuando tenía 95, se lanzó desde un balcón del hospital donde estaba ingresado. Comentando la decisión de Monicelli, Fruttero aseguraba que él no pensaba en el suicidio. Y aunque hubiese querido, decía, estaba "inválido e inmovilizado en la planta baja" de su casa. De todos modos, contaba con una razón para seguir agarrado a la vida: "Tengo la suerte de tener a dos hijas a las que quiero muchísimo y tres nietos maravillosos que me cuidan: si hiciera algo así se entristecerían, para ellos sería una tragedia. Creo que seguiré adelante así". Y lo hizo. Hasta que, por recurrir a su superlativo, hace pocos días nos dejara "el grandísimo Fruttero".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de enero de 2012