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Los árboles como límite

Un pinar ha marcado la remodelación del club de hockey de Terrassa

Construir por debajo de la altura de los árboles, cualquiera que sea su tamaño -de los 20 metros de un pino piñonero hasta los 30 de una palmera washingtoniana-, debería ser una norma básica de civilización. Son muchas las poblaciones cuya arquitectura tradicional obedece esa regla no escrita. Y, a excepción de algunos casos extremos -como las secuoyas, que pueden superar los 100 metros de altura- utilizar los árboles como límite de lo urbanizable no da solo como resultado un paisajismo aparentemente inalterado, también contribuye al ahorro energético y a la preservación de la naturaleza.

Más allá de proteger el territorio de la invasión de tribus nómadas, la construcción de la Gran Muralla china no obedeció solo a una razón defensiva. Obreros de varias dinastías levantaron un recuerdo pétreo que les indicaba hasta dónde podían llegar. El mismo mensaje rotundo envían las copas de los árboles. Indican una altura que la lógica aconseja no sobrepasar. La lección de la sombra puede apreciarse en microclimas tan reducidos como los pocos metros de oscuridad que proyecta cada árbol. Uno solo disminuye la incidencia del sol en verano, y por tanto la temperatura, hasta 10 grados. Los árboles son filtros de viento y de calor fáciles de mantener. Durante siglos, los campesinos lo han sabido. ¿Por qué cuesta tanto atender hoy a esa lógica?

Los jóvenes proyectistas catalanes Xavier Vancells y Jaume Armengol sí la atendieron cuando ampliaron y remodelaron la sede social del club de hockey de Terrassa (Barcelona). Siguieron la idea de trabajar a partir del dictado de los pinos existentes para dibujar su proyecto. Los arquitectos ya habían modificado la tribuna de la pista principal en el año 2007 y por ese trabajo recibieron el primer premio de la Bienal de Arquitectura del Vallés.

Para esta segunda incursión en una institución que celebra el deporte al aire libre, se obsesionaron con trabajar con lo único que, en su opinión, era inalterable en el lugar: los pinos. Así, vaciaron el antiguo local social para devolverle un uso polivalente, flexible y, por tanto, pragmático y social. Con la simple sustracción de elementos interiores ampliaron el recinto. Transformándolo lo hicieron adaptable para diversos usos. Pero la ampliación exigía más metros, de modo que, con una estructura leve de acero rodearon el antiguo local de un muro acristalado. Partiendo del volumen original, ubicaron las nuevas instalaciones, conectadas por una rampa interior y coronadas por una terraza-umbráculo-cubierta en el exterior.

Los pinos mandan en la arquitectura, que forma un bucle para evitarlos, y mandan en la forma de asentar el inmueble en el pinar, uno de los pocos que queda fuera del parque natural de Sant Llorenç de Munt. Por encima de la fachada de cristal, que acerca los árboles al centro social, una franja envuelta en una plancha de acero de color cobre busca confundirse con los troncos.

El campo revela que los árboles no solo molestan a los especuladores. También a muchos de quienes lo trabajan a diario. El miedo a los incendios o la molestia de recoger la pinaza les parece suficiente para talar lo que sus abuelos sembraron. No puede verse como una decisión personal lo que provocará erosión y calentamiento. Edificios como este contribuyen a recordarlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de enero de 2011