Sit-com
Las viejas sit-com americanas, las comedias de situación desarrolladas en torno a un sofá, una mesa o una barra de bar, fueron un tiempo hegemónicas. Cheers y su retoño Frasier, Seinfeld, Friends, comedietas sobre nada en concreto, sin otro ingrediente que unos diálogos ingeniosos, imperaron durante los años 80 y 90 sobre las pantallas de todo el planeta. Tras dos décadas de dominio, las sit-com se esfumaron de repente. El género sobrevive aún, pero sus últimos representantes son subproductos o, con excepciones (Betty), ocupan posiciones marginales. Se trata de una curiosa crisis repentina.
Como con los dinosaurios, es imposible establecer la fecha exacta en que las sit-com se extinguieron. Podríamos hacer un cálculo aproximativo y situar la hecatombe entre 1998 (último episodio de Seinfeld) y 2003 (último episodio de Friends). Quizá tuvo que ver la irrupción de HBO, que en EE UU distribuye sus productos a través de su propio canal por cable y que en 1999 lanzó la primera temporada de Los Soprano, una serie que establecía un nuevo techo de calidad televisiva. Quizá influyeron también los atentados del 11 de septiembre de 2001, enésimo final de la inocencia americana.
El caso es que HBO mostró una enorme capacidad de adaptación a unos tiempos complejos y oscuros: The wire es el paradigma de la televisión contemporánea. Las tramas laberínticas e inverosímiles (Lost), los personajes atrabiliarios (House), los ambientes claustrofóbicos (Prison break), las intrigas aceleradas (24) o las comedias sentimentales "adultas" (Sexo en Nueva York, Mujeres desesperadas) han ocupado esta década la posición que las sit-com tuvieron en las décadas bobas, ricas y felices de Reagan y Clinton.
Al margen de la evolución permanece, por supuesto, Los Simpson, una serie demasiado inteligente como para sufrir los cambios en su entorno. Las series inteligentes, como la especie humana o los motores bicilíndricos japoneses, sólo se extinguen cuando les da la gana.
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