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Crítica:TEATRO

La del cuello de garza

En el desagradable siglo XIV peninsular floreció la pequeña historieta de Inés de Castro y el príncipe Pedro; rodeada de intrigas, conspiraciones, asesinatos de Estado, revueltas de hambrientos, codicias de sangre: en fin, la Edad Media. Esta relación entre primos segundos -"cuanto más prima, más se le arrima", se decía y creo que aún se dice- fue tratada por Camoes en Os Lusiadas, que llamó a la damita "cuello de garza". E inventó el parlamento de Inés al rey Alfonso, nieto de sus hijos, que la mandaba matar:

-Ó tu, que tens de humano o gesto e o peito (Se de humano é matar uma donzela).

Todo era mentira. No era tal doncella, ni don Alfonso IV tenía nada de humano, ni la piedad por las "criancinhas" que ella reclamaba para que no la mataran. Todo es falso desde entonces. Dice el programa que hay unas 200 obras sobre este episodio, y todas convierten en leyenda el hecho, sobre todo en el episodio que más ha atraído a poetas y directores de cine: nunca don Pedro puso sobre la cabeza de doña Inés muerta la corona que tomó de su padre, aunque reveló (no en el momento en que cuenta la obra) que estaban casados en secreto y la hizo considerar, por tanto, reina.

Corona de amor y muerte, la leyenda de Inés de Castro

De Alejandro Casona (1955). Intérpretes: Francisco Piquer, Verónica Luján y África Pratt. Escenografía: Alfonso Barajas. Música original: Volker Kirberg. Iluminación: Francisco R. Ariza. Dirección, Mara Recatero. Teatro Español.

Da igual. No vamos aquí a aprender historia. Casona era pedagogo, y fue en la República importante figura de las Misiones Pedagógicas que iban a mostrar el teatro al pueblo, y sabía lo que era verdad y lo que inventaba. El invento tenía dos sentidos: el amor está por encima de cualquier razón de Estado o de cualquier orden real, y frente a ese rey cruel defendía el autor al pueblo: "¡Pescadores del Douro... labradores del Miño... pastores de Tras os Montes!". El viejo republicano aún seguía en el exilio de Buenos Aires con su cantinela, aunque moderadamente. La realidad es que el pueblo siguió siendo hambriento, que cuando reinó don Pedro la sangre siguió corriendo y que los que habían decidido y cumplido la muerte de Inés fueron castigados de una manera atroz (excepto uno, que escapó).

Folletín y melodrama

Los espectadores gustan de todo esto, que la directora Marta Recatero subraya con el tono de folletín y melodrama, y que los actores interpretan de una manera muy directa y clara. Creo que hay también alguna republicanía en esta adhesión al autor cuyo centenario se conmemora (3 de marzo de 1903) con el ardor con el que se celebran en España éstos que se fueron. El teatro se llena, algunas frases se aplauden, las tres horas pasan (para ellos) en un vuelo, los trajes son bonitos, las luces adecuadas, la leyenda conocida: todo a favor. Incluso hay un niño actor, Pedrito Palomo, bien preparado, que tiene en las glorias muchos aplausos: por ser niño, más que por ser actor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de junio de 2003