Carta de una estrella del baloncesto a su bebé

Los padres de Marta y Rudy Fernández fueron también jugadores de básquet: lo llevan en la sangre. Marta, que tras un camino largo y con baches fue madre recientemente, se pregunta cómo inculcarle a Alba los valores que a ella le enseñó el deporte. ¿Continuará la tradición familiar?

En febrero llegó Alba para, felizmente, cambiarlo todo.

Estas líneas son a causa de ella o, mejor dicho, para ella. Para quien ella elija ser dentro de muchos años. Para que sepa que, aunque no fue un camino fácil el que me llevó hasta tenerla en brazos, ningún final imaginable podría ser mejor que las mañanas en que, ahora que vivimos en Málaga, paseamos las dos por la orilla del mar. La llevo conmigo porteada y, aunque sea apenas un bebé, aunque difícilmente pueda distinguir del todo las palabras que le dirijo, no paro de susurrarle que por favor disfrute, que respire la brisa marina. Después de haberme sobrepuesto a momentos muy duros, después de lo que me sucedió en el verano de 2019, cada vez tengo más claro que la vida son esos pequeños momentos que se esfuman en un parpadeo. Y son estos los instantes que quiero guardarme para siempre. Con Alba.

Marta Fernández, con su marido el entrenador Alberto Miranda y su hija Alba durante el campus de Rudy Fernández en Mallorca.
Marta Fernández, con su marido el entrenador Alberto Miranda y su hija Alba durante el campus de Rudy Fernández en Mallorca.Álex López

Hace poco mi madre me dijo: “hija, te miro y no puedo evitar pensar en lo parecidos que son tus inicios a lo que fueron los míos”. Mi madre, Maite Farrés, jugó a baloncesto. Una pívot poderosa que corría por el centro de la pista –justo el tipo contrario de jugador que devendríamos luego Rudy y yo–; pero en aquellos tiempos no había mujeres que se ganaran el salario con la canasta. Llegó a estar entre las escogidas para la selección española y, sin embargo, con 24, cuando nací yo, decidió dejarlo. Me quedan sólo fotos de ella jugando. Trabajaba y jugaba a la vez. Como mi padre, que además de dirigir una empresa de ascensores competía en Mallorca en primera división, rodeado de amigos. Así crecimos. Si nos preguntaran a cualquiera de los cuatro, a mi hermano, mis padres o a mí, cuál sería nuestro lugar de felicidad plena, ese momento que quieres preservar del olvido, ese recuerdo al que deseas volver, probablemente los cuatro dijéramos lo mismo: Mallorca, junto al mar y con un balón de baloncesto cerca.

¿Qué significa el baloncesto para mí?

Lo primero que puedo traer a la memoria son los entrenamientos de mi padre. Yo, que no levantaba un palmo del suelo entonces, estaba ahí con él. Botando la pelota, sin despegarme de ella. Ahí estábamos ambos, mi padre y yo, en el parqué, cuando nació mi hermano y tuvimos que ir corriendo al hospital. Rudy dio sus primeros pasos en una pista de baloncesto en Llucmajor, detrás de un balón que yo le había lanzado.

El baloncesto forma parte de mí y de los míos, de quiénes somos en una familia a la que una temprana y forzosa separación unió todavía más. Con cuatro años, en el colegio de Sant Josep Obrer, en Mallorca, yo ya formaba parte de la escuela de baloncesto. Fui destacando, brillaba entre jugadoras dos y tres años mayores que yo, y a los 13 me llamaron del Siglo XXI, la cantera más prometedora. Y, no sin llantos, decidí marcharme a Barcelona y aprovechar la oportunidad. Hablo mucho con mi madre sobre nuestra infancia y, ahora que soy yo misma madre, aun a sabiendas de que hizo lo que era mejor para mí –y de que le quedaba el consuelo de que me dejaba en buenas manos, que allí estaban mis abuelos y tíos–, me pregunto cómo fue capaz. ¿Podría yo alejarme tanto tiempo de Alba? ¿Dejar de estar presente en el día a día durante una etapa en la que crecen tan rápido? Recuerdo, y no puedo evitar que asome la sonrisa al pensarlo, a Rudy, que tendría diez añitos en ese momento, decirle a mi padre, casi como recriminándoselo: “¡papá, por qué la obligas a irse!”

Esos años fueron intensos, aunque entonces no lo percibiera como tal; pero fue la mejor decisión que tomé y se lo agradeceré siempre a mis padres. Me doy cuenta ahora de lo duro que trabajé desde siempre, de mi capacidad de sacrificio y tenacidad, mucho antes de dar el salto a la profesionalidad. Mi padre tiene una gran parte de culpa de que tanto Rudy como yo consiguiéramos llegar a convertirnos en jugadores profesionales. El día que sabía que había jugado un mal partido, en la vuelta a casa en coche, procuraba guardar silencio, para que no me recordara un pase fallado o algún error o distracción. ¡Pero si distinguía perfectamente su voz entre el público cuando ya militaba en las filas de equipos como el Barcelona o el Perfumerías Avenida! “¡¡Marta, defiende, agacha el culo y defiende!!” Hubo un día en que jugué como nunca: 54 de valoración, 42 puntos. Me salía todo. Fue con el Ros Casares, contra el UB Barça. Victoria contra el máximo rival. Al acabar el encuentro, mi padre se acercó y me dijo: “fallaste un tiro libre. Muy bien, porque lo has dado todo y eso es lo realmente importante: vaciarse, esforzarse. Pero, jugando concentrada, todavía puedes mejorar algunos aspectos”.

Un fin de semana familiar, tal como nosotros lo entendíamos, consistía en ver partidos de baloncesto y compartir momentos en familia. Al ser la mayor, creo que fui, el espejo de mi hermano, que al poco de marcharme yo a Barcelona, al Siglo XXI, ya le dijo a mi madre: “No te preocupes, mamá, que en dos años me iré yo también”. Lo tenía claro, y así fue.

El baloncesto forma parte de la raíz y el tronco de la historia de mi familia. Es la pasión común con mi marido. En los últimos años, he tenido que afrontar los momentos más complicados de mi vida, y estoy convencida que los valores que me ha dado el baloncesto me han ayudado a salir adelante. El verano de 2019 me trajo tres golpes muy seguidos. En julio, le diagnosticaron un tumor a mi padre. El 1 de agosto, murió mi abuelo materno, el que me había cuidado mientras, siendo poco más que una niña, me abría paso con los estudios y entrenamientos en el Siglo XXI, en Barcelona. Y el 15 de agosto, durante la 38ª semana de gestación, perdí a la niña que esperaba, a Laia. Estuve a pocos minutos de irme yo con ella, después del desprendimiento de placenta que sufrí. No es algo que vaya a dejar de tener presente nunca, que pueda o desee siquiera olvidar… Pero cuando pasan desgracias como esta, y las superas, ya no eres la misma persona, te das cuenta de lo que realmente es importante. Aprendes a levantarte y a disfrutar del camino que has estado a punto de perder.

La familia Fernández al completo, unida en ese fatídico verano de 2019, durante el campus de Rudy en Mallorca.
La familia Fernández al completo, unida en ese fatídico verano de 2019, durante el campus de Rudy en Mallorca.Álex López

Sin mi pareja, que se merece un capítulo aparte; sin mi madre, que cogió un avión y a la hora estaba allí, sin el calor de los míos, no sé si lo habría superado. Sin la actitud que me ha brindado este deporte para encararlo todo, no sé si me habría repuesto. Me dije: paso a paso; primero, recupérate físicamente. Luego, inténtalo de nuevo. La vida no para y no queda otra que seguir, y dependía solo y únicamente de mí cómo afrontarlo. Me retiré con 33 años del baloncesto de élite, en parte, porque la idea de la maternidad ya me rondaba (ojalá dedicar, en otro momento, unas líneas también a la dificultad que sigue pesando sobre las deportistas que quieren ser madres). Cuando me quedé embarazada de Alba la ilusión superó al miedo y hasta disfruté del embarazo, y no puedo estar más orgullosa de haberlo conseguido.

Y aquí estamos descubriendo el mundo a través de sus ojos, y está siendo lo más emocionante de nuestra vida. En sus seis primeros meses de vida Alba ya ha estado en campus de baloncesto, en un Eurobasket, ha visitado ciudades en las que jugué y ha compartido cancha con su padre y conmigo. Estoy deseando verla en una pista de baloncesto con mis sobrinos, viendo jugar a su tío, su padrino. Alba va a crecer rodeada de baloncesto, tal como –así lo advirtió premonitoriamente mi madre– crecí yo. De hecho, parece haber salido alta…

¿La pasión se hereda? ¿Se contagia? ¿Se construye?

Ojalá Alba pueda ser lo que elija ser, eso es lo único que me preocupa, lo que deseo fervientemente. ¿Si jugara me haría ilusión? Probablemente. Por una razón, sobre todo: porque el legado que sí quiero dejarle es el de los valores que aprendí yo jugando. Ese es, Alba, el verdadero motivo de estas líneas, que son enteramente tuyas.

Marta Fernández, exjugadora de baloncesto y periodista

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