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El corazón duplicado de Saramago

Saramago fue lo más parecido que tuve a un mentor literario. Y para que este reconocimiento se formalice, me tatúo su firma en Lisboa

David Uclés junto a Pilar del Río, viuda de José Saramago, tras tatuarse la firma del escritor, en una imagen cedida por el escritor.

Piso Lisboa por primera vez como quien camina sobre una isla. Noto un ligero temblor, quizás un coletazo del terremoto que asoló la ciudad cien mil días atrás, o un recuerdo de lo que sucedió hace cuarenta años. No me refiero al incendio del Chiado, sino a cuando la península ibérica se separó del continente y flotó océano abajo. Me faltaban entonces cuatro años para nacer. ¿Acaso puedo saber a ciencia ciert...

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Piso Lisboa por primera vez como quien camina sobre una isla. Noto un ligero temblor, quizás un coletazo del terremoto que asoló la ciudad cien mil días atrás, o un recuerdo de lo que sucedió hace cuarenta años. No me refiero al incendio del Chiado, sino a cuando la península ibérica se separó del continente y flotó océano abajo. Me faltaban entonces cuatro años para nacer. ¿Acaso puedo saber a ciencia cierta si esto sucedió o no? Tal vez ocurrió y los testigos prefirieron olvidarlo. Todos menos Saramago, que en 1986 publicó La balsa de piedra e hizo que medio mundo imaginara la abrupta escisión. Hoy la siento bajo mis pies, aunque ya no estén ladrando todos los perros de Iberia a la vez.

Vine a Lisboa a realizar un ejercicio de resignación literaria: a renunciar a mi identidad, cual Fausto ante Mefistófeles, y asumir, sin fisuras, que soy porque leí, y que, por ende, soy como soy por haberme leído hasta los andares de don José Saramago: europeísta, demócrata, iberista y fabulista. Por él, invento territorios que se separan y lazos entre tierras hermanadas. Y por él, al escribir levanto arquitecturas y alegorías oníricas que siempre se deben a una premisa irreal: ¿qué pasaría si… se pudiera viajar al interior de las pinturas de los museos… o un volcán en Madrid recogiera toda la sangre de la guerra in-civil española… o la luz solar y artificial se fueran en Barcelona? Saramago fue lo más parecido que tuve a un mentor literario, y es la razón misma por la que vine a Lisboa, además de para presentar la traducción al portugués de La península de las casas vacías: para aceptar que no soy más que una de sus creaciones. Y, para que este reconocimiento se formalice, mañana me tatuaré su firma en el cuerpo. Me la tallará Malik, un brasileño cuya madre trabaja para la Fundación del escritor. Uno de los mejores tatuadores de Lisboa, me dicen: @numastudio_pt.

Llego el domingo de Resurrección y amanezco el lunes de Pascua en el dormitorio de la casa lisboeta de Saramago. Me encuentro con Pilar en la cocina, que lleva varias horas despierta.

—¡Feliz lunes de Pascua! —le digo risueño—. Si es que esto quiere decir algo…

—¡Querrá decir lo que nosotros queramos!

Pilar del Río ha tenido a bien acogerme estos días en su casa. Sabe que soy fetichista de los objetos de mis escritores predilectos y tuvo a bien abrirme las puertas de su hogar. Será mi cicerone en Lisboa, presentará mi novela en portugués y, pese a que no me dan miedo las agujas, me acompañará a tatuarme la firma de su marido —que espiritualmente sigue siendo su esposo, ya que la relación terminó por fallecimiento, no por ruptura.

—¿Sabes ya dónde te la tatuarás?

—Creo que en el brazo izquierdo. En un par de años me harán otro cateterismo, pero no creo que sea de nuevo por la ingle. Con suerte, me abrirán un agujero en el brazo y se llevarán así parte de la firma de José directamente hasta la aurícula herida.

Paseamos por Lisboa, tan bella que no sabría escribir una crónica sobre esta ciudad. Al llegar al edificio donde se encuentra la Fundación Saramago, de la que Pilar es presidenta, leo que fue erigido en 1523. Le cuento entusiasmado que el 523 es mi número preferido, que lo dibujé en mis pinturas, lo señalé en algunos de mis textos y lo uso de contraseña.

—¡Hasta lo llevo en los tres últimos dígitos de móvil!

—No, si… el que quiere ver casualidades, las encuentra.

En la puerta, me señala un olivo centenario. Proviene de Azinhaga, el lugar de nacimiento de José. El árbol se nutrió de sus cenizas para crecer. Acaricio las hojas del olivo con fuerza, que es como hay que acariciar a los olivos; os lo dice un jiennense. Y entramos. Por un instante, me imagino el parecido palacio de Jabalquinto de Baeza acogiendo una fundación con mi nombre, y una placa que indique que no se puede pasar con la cabeza descubierta. ¿Quizás una máquina expendedora de boinas en el recibidor? En un despacho, veo una foto donde Pilar y José salen abrazados.

—Una de sus últimas fotografías. Paseábamos entre volcanes, en las Montañas del Fuego.

—¡Mira cómo se interpone el sol entre vosotros! ¿Es solo un vínculo temporal o se quedó contigo el amor de José?

—José me pidió que lo continuara. Y lo continuo.

—Recuerdo esa escena del documental José y Pilar.

—“Le pido a Pilar que me continúe”, dijo.

—¿Te molesta si te digo que me he dado cuenta de que quererte es lo más cerca que voy a estar de quererlo a él?

—¿¡Cómo me va a molestar, si es algo maravilloso!?

—Creo me acerqué a ti con la intención de descubrir mejor a José, pero ahora me doy cuenta de que quien tuvo suerte no fuiste tú de vivir con él, sino él de tenerte a ti.

—Dios santo… Recuerda que José no está vivo para defenderse (risas).

—Pilar, tengo el corazón débil. ¿Qué me recomendarías hacer si se me detuviera estos días en Lisboa y me encontrara con él?

—Lo primero, respirar, que respirar es conveniente antes y después. Solo respirando se vive en otros. Luego preséntate: a José le hacía feliz ver a jóvenes que iban construyendo mundos donde cabemos tanta gente, por eso dio su nombre a un premio literario que ayuda a escritores jóvenes en sus comienzos. Puedes invitarlo, sería buena idea, a ver Quesada, y los olivos de alrededor, y la sierras, y llegar a Castril, donde nace el río y está mi madre, y luego sigue acompañándolo, así entenderás que estáis en el cielo porque habréis juntado inteligencia y sensibilidad para entender el mundo. Pero vamos, que nada de esto es necesario porque tu corazón está bien atornillado a la tierra y te queda mucho por hacer.

—Yo creo, fíjate, que iría a su encuentro para sentirme cerca de ti.

El pueblo de Pilar está a unos caminos de mi pueblo. Quesada y Castril, pese a pertenecer a provincias distintas —Jaén y Granada— están separados por una montaña, que unas veces le da sombra a Pilar y otras a mí. Entre su pueblo y el mío no hay ninguna localidad, solo un bosque de tejos milenarios. Mi Jándula mágica es, entonces, también su tierra.

—Si te casaste en Castril, ¡José se casó en Jándula!

—¿Cómo sabes lo de mi boda en Castril?

—Me lo dijo Mercedes (de Pablos). Bueno, lo leí en su libro sobre José.

—Llegamos directamente desde Colombia. Fue una boda de varios días, entre amigos, y con homenaje a mi madre. Y Mercedes se encargó de las promesas.

Hablamos de Mercedes. Siento que las palabras que le dedica son las mismas que Mercedes usa para describirla a ella: una persona noble, sensible y con un sentido de la justicia universal, una energía desbordante, el humor de quien sabe reírse de sí mismo y el ímpetu que necesita el mundo para enderezarse.

Me voy a dormir. A la mañana siguiente, después de ser tatuado, dejo de ser yo mismo. Pese a ser mi idea, Pilar no me deja pagar el tatuaje. No es un gesto económico; es un gesto simbólico. Quizás no podía ser de otra forma, pues ahora vivo bajo las órdenes literarias de José.

La firma quedó muy bonita. De vuelta en casa, Pilar me extiende la crema que nos ha dado el tatuador y me lo cubre con una gasa transparente. Se ausenta y aprovecho para bucear en la biblioteca. Leo algunos garabatos en las páginas de muchos libros. Toco la letra de José como si tocara el relieve de mi hombro izquierdo. En mi afán por entrar en contacto con algo más suyo, separo una estantería de la pared buscando un objeto perdido. Recojo el polvo acumulado en el suelo, acaso todavía parte de él. Retiro dos muebles más y encuentro un clip. Me siento en la cocina y espero a que Pilar vuelva.

—¿Tú usas clips?

—¿Quién no usa clips, David?

—¿Te suena haber usado este?

—¡Yo qué sé! Si son todos iguales.

Por si acaso, guardo la pieza metálica en el bolsillo más profundo de mi maleta. No le digo que buscaba un objeto de José, pero lo intuye.

—Una vez fuimos a Fuerteventura solo porque José quería sentir a Unamuno.

—Lo sé. Lo leí en tu libro.

—¿En qué libro cuento eso?

—En La intuición de la isla.

—¡Lo mismo lo que necesito son clips para amarrar los recuerdos!

Me quedo algunas noches más junto a ella. Además de su hogar, comparte conmigo a sus buenos amigos. Es muy generosa. Quienes la conocen, lo saben bien. Charlamos sobre Chega!, el VOX portugués, y sobre el discurso de uno de sus diputados hace apenas unos días, a favor de que retiren de los institutos los textos de Saramago como lectura obligatoria. Los dos vemos, de pronto, nuestros iris de color gris. Pilar, por suerte, recupera pronto el color. Ella ve el vaso siempre medio lleno; no como José, que al ser tachado de pesimista siempre decía: “de eso nada, lo que soy es un optimista muy bien informado”.

En la rueda de prensa, en directo para la RTP, lo digo bien claro: “¡Si no queréis a Saramago en las aulas, no os preocupéis, que nos lo quedamos nosotros!“. Por suerte, su legado es internacional y, al contrario de la corta vida de los políticos, inmortal.

La última noche, antes de dormir, en la quietud de su estudio, le pido a Pilar poner el oído en su pecho. Tumbo mi cabeza sobre ella, cierro los ojos y descubro algo que ya intuía. Tiene el latido duplicado.

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