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La mística en las patatas bravas: el delirio literario de Constantino Molina, poeta y tendero del Thyssen

El escritor albaceteño, Premio Nacional de Poesía Joven y autor de ‘Niño parabólico’ (Periférica), es partidario de visibilizar los trabajos alimenticios de los escritores, como el suyo en el museo

El escritor Constantino Molina, en la tienda del Museo Thyssen, donde trabaja, en Madrid. SAMUEL SÁNCHEZ

En la tienda del Thyssen-Bornemisza se despachan lápices, imanes y postales —lo típico— que muestran algunas de las imágenes icónicas del museo. No solo eso, también piezas más sofisticadas, de comprobada calidad, como cerámicas, telas, pañuelos, etcétera, encargadas por la institución a artesanos y diseñadores. Por supuesto, hay libros, muchos libros, libros de arte, libros de pensamiento, libros infantiles. Por haber, en la tienda del Thyssen...

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En la tienda del Thyssen-Bornemisza se despachan lápices, imanes y postales —lo típico— que muestran algunas de las imágenes icónicas del museo. No solo eso, también piezas más sofisticadas, de comprobada calidad, como cerámicas, telas, pañuelos, etcétera, encargadas por la institución a artesanos y diseñadores. Por supuesto, hay libros, muchos libros, libros de arte, libros de pensamiento, libros infantiles. Por haber, en la tienda del Thyssen, ¡hay hasta un escritor!

Constantino Molina (Pozo-Lorente, Albacete, 40 años) pulula por la tienda durante toda la jornada laboral. Aconseja, ordena, cobra. La mayor parte del público lo ignora, pero es autor de un libro muy raro, Niño parabólico (Periférica, fue Libro de la Semana en Babelia), y tiene en su haber el Premio Nacional de Literatura 2016 en la modalidad de Poesía Joven Miguel Hernández por Las ramas del azar (Rialp; también ganó el Adonais). Su último poemario tiene el profético nombre, quién sabe, de Premio Cervantes (Renacimiento).

“Está bien que los escritores hablen de su trabajo, que no se habla tanto”, explica Molina, ataviado con el uniforme de tendero museístico (de un azul oscuro casi obrero y con pañuelo colorido al cuello: parecen milicianos del producto artístico). “Hay pocos elegidos que pueden vivir maravillosamente de sus libros, por los que me alegro, pero en la mayor parte de los casos no es así”, dice el autor. En efecto, la escritura da de comer a pocos, incluso a pocos de los que tienen éxito, publican y ganan premios (como Molina) y que necesitan mantener trabajos alimenticios. Un dato: el 86% de los libros que se publican no llegan a vender más de 50 ejemplares según informó la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL) en 2022. Molina tiene ahora un puesto de trabajo relacionado con la cultura, aunque ha tenido otros que no tanto: ha currado en un supermercado, ha sido ferrallista.

Molina se crio en un contexto muy diferente, en un pequeño pueblo albaceteño, de modo que más que sometido a los estímulos de la cultura y la ciudad, lo estuvo a los del campo. “Allí si te quieres entretener vas a la naturaleza”, cuenta, “no me acostumbré de niño a los libros, tengo una memoria pésima para las referencias culturales. Me puedo acordar, en cambio, de dónde había una charca, o un pino, o dónde cantaba un pájaro”. Eso le dio la capacidad de contemplación que practica en su obra. Con el dinero caliente del Premio Nacional (20.000 euros), después de dejar la carrera de Humanidades y dedicarse al trabajo y a la lectura, probó suerte en Madrid en 2017, donde aprendió a observar también sus calles y sus barrios. “Al mudarme a la gran ciudad, mi escritura también cambió”, afirma.

Niño parabólico es un libro raro, logra la hermosura y roza el delirio, tiene mucho de paseo por Madrid, especialmente por el barrio de Argüelles, que el protagonista concibe como la proa de un barco que se adentra en la naturaleza periurbana, una proa a la que trata de acceder obsesivamente poniendo un cartel en el portal del Paseo de Pintor Rosales 82 que solicita que algún vecino le permita acceder a su balcón para ver las vistas. “Lo normal es que una ciudad se disuelva entre polígonos industriales y colegios mayores, pero ahí Madrid se acaba de manera tajante. Los pisos en Pintor Rosales son caros porque tienen unas buenas vistas, que se pague por unas vistas me hace recuperar la confianza en la especie humana”, dice el autor. “Quien posee esos balcones tiene la transmutación metafísica del atardecer”. El libro parte de una anécdota curiosa: al protagonista y narrador, de niño, le enchufaban un cable de antena por el culo y le colocaban en la azotea para pillar el fútbol en la tele mediante sus orejas de soplillo (de ahí el título).

Así contado puede parecer un texto de humor asilvestrado, pero el humor aquí es más medido y relacionado con el misticismo que puede contener un Pandorino, cómo lo poético puede esconderse en la distribución del chocolate dentro de un —nada saludable— bollo industrial. “La mística suele adherirse a otra sustancia: la luz, el aire, las hojas tendidas al viento”, dice Molina, “lo difícil es ver la mística en lugares poco comunes. Me refiero a la mística en un plato de patatas bravas”.

El narrador de Niño parabólico pasea, contempla el atardecer en el Parque del Oeste, reflexiona sobre la mecánica cuántica o sobre el brandy, sobre Michel de Montaigne (inventor de los ensayos y del sentido común), mucho sobre el amor y la escritura, visita a sus curiosos vecinos y hasta visita al fantasma de Vicente Aleixandre, cuya disputada casa, Velintonia, no cae lejos. Es un libro poliédrico e híbrido (novela-ensayo-poema) que no trata de nada en particular porque trata de muchas cosas y lo importante es, más bien, el modo en que las trata.

Molina trabaja rodeado de objetos —objetos bellos— y nuestra relación con ellos es algo que le obsesiona. “Es interesante ver cómo cada uno tenemos una relación diferente, basta con ver cómo tiene cada uno la casa, lo que arrastra en cada mudanza… Y, es curioso, porque de esa relación dependen tus obligaciones con lo laboral, la necesidad de una economía u otra”.

En la tienda del Thyssen se venden muchas cosas, pero lo que más se vende son postales de los cuadros más icónicos. “Me intriga mucho la relación de la gente con las postales. No sé qué vínculo se genera con la representación de la imagen, ni hasta cuando dura. No lo entiendo del todo. A la gente le gusta un cuadro, se compra la postal, se la lleva a casa, supongo que algunos la enmarcan, otros la meten un libro… Cada una de esas historias me intriga”. Otra curiosidad radica en que, aunque desde comienzos del siglo XX lo importante en la historia del arte no ha sido ni el virtuosismo ni la fiel representación de la realidad, sino lo expresivo y lo conceptual, resulta que la predilección de los visitantes es precisamente por esas imágenes realistas y virtuosas.

Molina es un escritor concienzudo y asegura saber lo que va a escribir durante los próximos cuatro o cinco años (no obstante, Niño parabólico no estaba en sus planes: fue un artículo sobre fútbol que se le “fue de las manos”). “Tengo muchas ideas”, concluye, “pero me falta tiempo para lo que quiero escribir. Tengo que seleccionar. No todo se puede conciliar con lo laboral”.

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