Reflexiones a partir de un video
De la Espriella es un perfecto candidato de nuestro tiempo: malhablado, tosco, carente de toda experiencia de mandato político, desdeñoso de cualquier cosa que se parezca a un programa de gobierno

Lo más llamativo de la nueva agresión de Abelardo de la Espriella —esta vez contra Juan Daniel Oviedo, tipo decente donde los haya, pero mañana contra cualquiera— no es su puerilidad, ni su chabacanería sin remedio, ni tampoco lo más evidente y más grave: su homofobia hipócrita, que de inmediato muchos de sus corifeos trataron desesperadamente de maquillar con juegos de manos. No: es posible que lo más llamativo sea lo que el ataque, una burlita pendeja de veinte segundos en una de esas conversaciones frívolas que hoy pasan por campaña electoral, dice de nosotros y nuestro momento político. Digo bien: la burlita es frívola, frívola como el candidato, frívola como los que le ríen las gracias. Una imitación que no es tanto una imitación, sino un remedo grosero, de la manera como otro habla: ¿de verdad se ha convertido en esto nuestra conversación política? ¿De verdad tienen tan poca dignidad los candidatos? ¿Ya tendremos que comenzar a preguntarnos, como hemos hecho con Trump, adónde se han ido los adultos? Pero claro, el problema es que el remedo chabacano, aparte de ser infantil y frívolo, es además violento: violento como tantas otras de las palabras que han salido de la boca violenta de este candidato, cuya candidatura misma es síntoma de tantas cosas que andan mal en Colombia.
Anteayer, De la Espriella dedicó su retórica de violencia a la izquierda entera, a la que prometió destripar; y luego dijo con mil ambigüedades que no, que lo habían sacado de contexto, que en realidad etcétera y etcétera y etcétera. Ayer se lanzó contra la periodista Ana Bejarano, que señaló sus vínculos –que ya conocemos todos– con la gente más corrupta y deshonesta de las últimas décadas: el testaferro de Maduro y el responsable de una estafa colectiva que destruyó miles de vidas humildes. Y la acusó de activista (y a ver si ustedes entienden por qué es malo eso) y enseguida su ejército digital salió en masa a atacarla y a intentar desprestigiarla, pero nunca a contradecirla; y luego De la Espriella se hizo la víctima y etcétera y etcétera y etcétera. Y ayer llegó la burlita o el remedo de adolescente, lanzada con indirectas e insinuaciones de un nivel que debería ruborizar a cualquier adulto más o menos funcional, y luego salió De la Espriella a decirnos, como nos dicen tantos políticos de su estirpe en estos tiempos confundidos, que en realidad no habíamos visto lo que habíamos visto. Que lo malinterpretaban, que lo sacaban de contexto, que habían editado el video.
Y etcétera. Y etcétera. Y etcétera.
Pero la verdad es que De la Espriella es un perfecto candidato de nuestro tiempo: malhablado, tosco, carente de toda experiencia de mandato político, desdeñoso de cualquier cosa que se parezca a un programa de gobierno. Ha comprendido, como han comprendido tantos otros en otros países, que en nuestro tiempo no hay nada más contraproducente que la experiencia, el conocimiento, la preparación y las ideas. Lo que se necesita es la actuación vacía: hacer el ridículo con el saludo militar (y de paso ofender a los militares, que se toman el gesto mucho más en serio), dejarse hacer rituales evangélicos después de haberse declarado ateo, decir en todo momento lo que el público del circo quiera oír. Lo que me he preguntado siempre es si sus seguidores lo siguen por ese personaje cuidadosamente construido, tan acartonado y artificial, o por esos momentos en los que sale a la superficie el personaje auténtico, intolerante y grosero, vendedor de miedos baratos y de odios a granel. Es un misterio. Pero uno les pregunta a los votantes futuros de este candidato (yo lo he hecho varias veces, por pura curiosidad antropológica) cuáles son las propuestas más atractivas de su campaña, y la inmensa mayoría de las veces no saben señalar ni una sola. “Es que hay que salvar este país”, dicen.
Esto es Colombia hoy: aquí la mitad de la gente cree que hay que salvarnos a todos de la otra mitad. Es un país fundamentalmente roto y dividido, y lo es desde hace años. Ya se va haciendo lejana la última vez que no votamos contra alguien: por Duque se votó contra Santos; por Petro se votó contra Duque; los votos que las encuestas le auguran a De la Espriella son votos contra Petro. Y sería fácil entender por lo menos esa parte: que se vote contra la corrupción, la incompetencia y el desorden. Pero yo tengo mis dudas de que eso sea lo que les importa a sus votantes. Es posible que me equivoque, pero creo que los seduce más el discurso de violencia que quiere destripar a la izquierda, aunque luego salga a echarse para atrás; creo que los seduce más la ramplonería infantil de ataques como el que lanzó De la Espriella contra Oviedo.
Nos llenamos la boca con justificaciones más o menos verosímiles sobre intuiciones más o menos políticas, pero a veces me pregunto si todo no será más bien un gran acto de maquillaje: en el fondo, votamos por los que nos representan con sus actos, con sus palabras, con sus comportamientos visibles. El voto es a veces aspiracional (el ciudadano vota por lo que le gustaría ser) y a veces es proyección psicológica: el ciudadano vota por el que dice lo que el ciudadano quisiera decir. O por el que dice con púlpito y altavoz lo que el ciudadano dice sin ellos.
Y ahí es cuando deberíamos preocuparnos.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.









































