Trump y la tradición republicana
Trump y compañía, es evidente, no pueden mirar a nadie a los ojos y sostener su mirada de igual a igual. Pues ellos ejercen dominio sobre los demás, tanto frente a sus conciudadanos como con el resto de la humanidad

Es una verdadera lástima, para quienes gustamos de la política, que por culpa de Donald Trump se haya pervertido el sentido de la palabra republicanismo. Aunque es cierto que el Partido Republicano —el otrora partido de Abraham Lincoln y de la causa de la libertad— ya había asumido posturas anti-republicanas hace rato, es gracias a su brutal toma de dicho partido que el sentido de la palabra republicanismo se terminó de desdibujar, al menos en lo que se refiere al debate político cotidiano. Como quiero explicar en este texto, el republicanismo es una tradición del pensamiento político que, hoy más que nunca, quienes creemos en la libertad y la democracia debemos recuperar. Esto debido a que nos provee un vocabulario moral, político y jurídico para cuestionar el proceder de quienes, sin vergüenza alguna, se autoproclaman republicanos para imponer su voluntad arbitraria tanto sobre sus ciudadanos como sobre el resto del mundo.
El republicanismo es, por decirlo de una manera deliberadamente amplia, una vieja corriente del pensamiento político que se remonta a la antigua Grecia y Roma, más específicamente a la polis ateniense y a la República Romana, y que llega hasta nuestros días por medio de ciudades-estado italianas del Renacimiento como las Repúblicas de Siena, Venecia y Florencia, pasando por pensadores ingleses como James Harrington y, cómo no, los Padres Fundadores de los Estados Unidos, que se rebelaron legítimamente contra el Reino de la Gran Bretaña, la potencia extranjera que les dominaba.
La última palabra del párrafo anterior está en cursiva no por una razón arbitraria, sino porque introduce el concepto central alrededor del cual gira el republicanismo, al menos en la voz de su más prominente exponente contemporáneo: el filósofo político Philip Pettit. En efecto, Pettit retoma esta noble tradición política, una tradición emancipatoria, para proponer una visión republicana de la democracia basada en el ideal de la no-dominación. De acuerdo con esta, la libertad no consiste simplemente en no ser objeto de interferencia por parte de un tercero (una persona, una empresa, un Estado), pues una persona puede no sufrir ningún tipo de interferencia e incluso así no ser genuinamente libre en cuanto está sometida a la voluntad arbitraria de otro.
El ejemplo clásico es el de la relación de un esclavo con su amo (no, esto no es la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, no huyan). Supongamos que yo soy esclavo de un amo. Este amo, resulta, es un buen amo: es un amo compasivo que no interfiere, jamás, con mi libertad porque está convencido de que esa intervención es moralmente prohibida. Debido a ello, a su buena voluntad, yo soy libre de hacer lo que quiero con mi vida. Pero, ¿realmente soy libre? Nadie interfiere con mis elecciones, así que parecería que, en cierto sentido, lo soy. Sin embargo, esta situación produce, en cualquier persona razonable, una incomodidad moral. Después de todo, nuestra capacidad de juicio moral, que compartimos personas de las más distintas tendencias políticas, se activa ante la descripción de una situación que nos permita calificar una sumisión como la de un esclavo con su amo como una instancia de libertad. Eso sería absurdo y estoy seguro de que nadie medianamente razonable, de derecha, izquierda o centro, lo aceptaría.
Esto por una razón básica: en el anterior ejemplo, yo, como esclavo, puedo incluso vivir mi vida entera sin enterarme de que soy esclavo, pues mi amo, mi benevolente amo, decide no interferir nunca con mi libertad. Pero, no por ello yo dejó de ser esclavo, pues la posibilidad de decidir libremente sobre mi vida siempre estuvo en manos de otro. Este amo tal vez nunca interfirió sobre mí, pero siempre estuve sujeto a su dominio.
Hemos llegado al núcleo de la concepción republicana de la libertad. Pettit nos dice que la persona libre, para el republicanismo, está representada por la imagen de una persona que goza de un estatus que le permite caminar erguida y mirar a los ojos a los demás sin temor a sostener la mirada de igual a igual; un estatus que le permite no depender de la gracia ni la simpatía de otros para elegir su propio modo de vida. Solamente una sociedad en la cual todas y todos podamos mirarnos unas a otros de igual a igual sin temor a represalias, sin vernos forzados a inclinarnos ante los demás para complacerles y ganar su favor, es una sociedad con ausencia de dominación. Solamente en una sociedad así existe la libertad como no-dominación.
La tradición republicana es, como se ve, normativamente demandante: exige mucho de la libertad. Y tal como la presenté aquí plantea un modelo de sociedad que puede ser deseable, pero que es fácticamente inalcanzable. Eso es algo que afecta a toda filosofía política, pues después de todo, dicha disciplina, palabras más palabras menos, se preocupa más por el deber ser que por el ser (esta distinción se puede problematizar, pero este no es el momento ni el lugar). Pero el punto es que, como toda buena filosofía política, nos provee un vocabulario normativo amplio que permite pensar mejor el mundo que nos rodea para cuestionar, como dice Rainer Forst —otro notable filósofo político republicano— las relaciones sociales que nos sitúan en una situación de dominación al carecer de justificación.
En Estados Unidos de América, país fundado con base en ideales republicanos, carecen de justificación muchas cosas hoy, empezando por la persecución y opresión de inmigrantes y de minorías raciales por parte de ICE (el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) y el correspondiente ataque a las ciudades santuario por esta especie de policía secreta puesta al servicio del supremacismo blanco. Una policía secreta que, valga recordarlo, ya ha matado y está matando tanto a inmigrantes como a ciudadanos de Estados Unidos.
Carecen de justificación las deportaciones de inmigrantes a los cuales se les negó el debido proceso (el debido proceso es, precisamente, una garantía justificativa) a una prisión de máxima seguridad en El Salvador. Carece de justificación externa o internacional la abducción de Nicolás Maduro, aunque entiendo que para muchos venezolanos y venezolanas tenga una especie de justificación interna o nacional. El debate sobre este hecho admite matices y sensibilidades importantes que aquí no puedo desarrollar. Pero lo que sí carece de justificación, sin ningún matiz, es que Donald Trump, Pete Hegseth y Marco Rubio se atrevan a afirmar, sin ruborizarse, que ellos van a gobernar Venezuela. Como si a ellos les correspondiera, por sacrosanto derecho, tomar esa decisión, en lugar de al pueblo venezolano, que bastante opresión ha soportado ya como para conformarse no con ser libre, sino meramente con cambiar de amo.
Trump y compañía, es evidente, no pueden mirar a nadie a los ojos y sostener su mirada de igual a igual. Pues ellos ejercen dominio sobre los demás, tanto frente a sus conciudadanos como con el resto de la humanidad. No son los únicos en hacerlo, por supuesto, pero sí son el caso más notorio. No solo por la brutalidad de su accionar, producto del desbordado poder en sus manos, sino también porque osan llamarse a sí mismos republicanos. En el nombre de Cicerón, hablan y actúan como Julio César. Solo que en la versión del siglo XXI. Una vergüenza.
Y si no me creen, vayan y miren la foto que se tomaron Trump y María Corina Machado después de que ella de manera “libre” le hizo entrega de la medalla del Nobel de la Paz, y pregúntense si Machado podría mirar a Trump a los ojos y sostener su mirada de igual a igual. No, no podría. Después de todo, Trump no es un buen amo, ni siquiera con quienes dócilmente se inclinan ante él para complacerle. Tiempos recios estos que nos tocó vivir.
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