Destino Ciudad Bolívar: la localidad al sur de Bogotá se convierte en un foco de turismo social y “barrio adentro”
Asociaciones comunitarias convierten en atractivos turísticos los procesos sociales con los que se ha buscado mejorar la calidad de vida de los habitantes de una de las zonas más empobrecidas de la capital colombiana


En Ciudad Bolívar cabe el mundo entero. La localidad del empobrecido sur de Bogotá ha sido por cinco décadas un punto de llegada para miles de personas que han escapado de la violencia o que han migrado buscando oportunidades. Por eso, sus habitantes la llaman una pequeña Colombia. Una que no solo quiere acoger a quienes buscan un futuro, sino a quienes llegan de visita: turistas de todo el mundo, curiosos por conocerla. “Queremos pasar de ser el culo del mundo, a ser la ventana del mundo”, dice Andrea Ochoa, fundadora de la asociación de turismo comunitario Amigos del Turista.
Seria y de sonrisa solo ocasional, a Ochoa se le ilumina la cara cuando cuenta la historia de su localidad y de su barrio, Mirador del Paraíso. Habla sin parpadear, con una determinación casi desafiante que parecería decir: “Este es mi barrio, atrévete a hablar mal de él”. En los ocho años de vida de la asociación, asegura haber paseado a más de 5.000 visitantes. Camina por la Calle de La Memoria, uno de los puntos de ese recorrido y donde, a través de murales, se cuentan historias locales. “Queremos contar nuestra propia historia y rescatar la memoria colectiva del sector con los cambios de los últimos 30 años”, asegura la lideresa.

La llegada del cable aéreo TransmiCable, en 2018, marcó un punto de inflexión para la zona. Un trayecto que antes tomaba una hora, ahora se hace en 10 o 15 minutos, explican los locales. Con ello, la cantidad de visitantes comenzó a aumentar. “Identificamos una oportunidad”, cuenta Ochoa, y la diversidad cultural que hay en la localidad marcó el camino a seguir. “Como cada uno tiene un saber, decidimos tomarlo como una oportunidad de trabajo”. Una que se ha convertido, según la subdirectora de Desarrollo y Competitividad del Instituto Distrital de Turismo, Katherine Eslava, “en uno de los desarrollos más importantes que tenemos en Bogotá”.
Turismo centrado en el tejido social
Se trata de una apuesta turística que gira alrededor del tejido social y la asociatividad. “Es la fuerza para poder salir adelante”, dice Ochoa. Explica que muchos de los habitantes actuales son primeros pobladores del lugar, o hijos o nietos de ellos, personas que llegaron a lotes baldíos y de a poco fueron erigiendo directamente los barrios. “Por eso, siempre ha estado la ayuda del vecino, la olla comunitaria y el almuerzo de los domingos para ayudar a construir la casa. Esa apuesta social de ‘vecino, venga, ayúdeme”, cuenta Ochoa.

Pensando en cómo aprovechar el turismo en colectivo, representantes de 14 proyectos crearon en 2020 la Red Tejiendo Sur, una alianza para vincular al turismo iniciativas diversas, que van desde artesanías tejidas con bolsas plásticas hasta danza afro y muralismo. Durante los recorridos que realiza Ochoa con su asociación por los barrios El Mirador del Paraíso, El Paraíso y Bella Flor, también visitan proyectos productivos que promocionan así sus productos. “El turismo nos ha permitido generar una economía solidaria”, asegura Ochoa, quien además de ser guía tiene un taller de serigrafía y estampado donde vende camisetas y postales. También se han asociado con el IDT, que imparte capacitaciones en temas como mercadeo o gestión empresarial y contribuye a “mejorar las condiciones del territorio para hacerlo atractivo al turismo” a través de “campañas para el embellecimiento del espacio público o el fortalecimiento de la seguridad”.
Magaly Peña, lideresa y creadora de la Casa Mayor, un espacio que trabaja con población anciana en la recuperación de su memoria y sus tradiciones, recuerda que ya en 2015 se hablaba de turismo comunitario en Ciudad Bolívar. “Viendo la oferta tan amplia que había, comenzamos a trabajar con la Junta de Acción Comunal del barrio para convencer a la gente de que viniera”, dice. Pero no tenían éxito. El miedo lo impedía.
Ciudad Bolívar marca la frontera entre lo urbano y lo rural en Bogotá. Es una frontera que, entre fines del siglo pasado a inicios del actual, fue disputado por guerrillas, paramilitares y ejército. “Pasaban drogas, pasaban secuestrados, se dio para ‘falsos positivos [ejecuciones extrajudiciales cometidas por militares]”. “La guerra fue dura”, explica Peña, “y el territorio quedó marcado como zona roja”. Aunque el conflicto cesó, el estigma persiste, alimentado por los altos índices de pobreza y criminalidad, pero también por desconocimiento y prejuicio.

Desarticulando el estigma
Peña cuenta que los visitantes primerizos llegan con miedo. “Piensan que les van a robar el celular o la cámara apenas los saquen, pero durante el recorrido hay que apurarlos para que dejen de tomar fotos y podamos avanzar”, relata. Admite que no pueden garantizar seguridad, pero asegura que el turista es visto por los vecinos como alguien que aporta. Al final, sus recorridos consisten de “procesos sociales que se vuelven atractivos turísticos, sin dejar de ser sociales”.
El Colectivo Monarca y la Biblioteca Comunitaria Violetta, fundados por Carlos Solano, son ejemplo de ello. Monarca ha plagado de murales las calles de los barrios más altos de la localidad montañosa. Y mientras “recupera espacios y embellece el territorio” con ellos, ofrece talleres de graffiti para los turistas, que forman parte del recorrido de la asociación de Ochoa. Violetta genera espacios de aprendizaje y ocio sano para los niños de la localidad, al tiempo que realiza picnics literarios y lecturas inmersivas con los turistas. “Hasta changua literaria hemos hecho con los visitantes”, asegura Solano. “Queremos que los turistas lleguen barrio adentro, porque no todo está al lado de la estación del cable. Hay mucho más”, agrega.

Tanto más que hay turismo rural. “74% del área de la localidad es rural”, recuerda Gabriel Díaz, fundador de la Asociación de Turismo Rural Comunitario de Ciudad Bolívar, que reúne a 42 familias campesinas. Legalizada en 2011, fue la primera asociación de turismo comunitario y ha recibido a unos 12.000 visitantes. “Queremos mostrar los saberes y la tradición de la parte campesina”, asegura. En sus recorridos, los visitantes reciben información sobre los usos tradicionales de hierbas como el toronjil y la hierbabuena, realizan talleres de siembra de papa, atraviesan senderos ecológicos por el bosque andino y visitan un museo de antiguas herramientas de trabajo del campo.
El turismo se ha constituido como una oportunidad para que los habitantes de Ciudad Bolívar se narren como quieren. “La gente viene pensando en crimen, drogas, violencia; estando acá se dan cuenta de que aquí hay gente resiliente que trabaja con amor”, dice Ochoa. “Esta localidad me ha dado todo: mi pasión, amor, triunfos, metas. Tengo sueños, ideales, gracias a ella; me veo realizada acá. Gracias a Dios llegamos acá, donde nadie nos quiere, pero donde vimos oportunidades. Somos transformadores de vidas, impulsores del cambio”, concluye.
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